Tiene cinco años intensos por delante y el reto de comprobar que la idea disruptiva que un día surgió en el laboratorio es real y puede abrir una nueva forma de investigar la enfermedad de Alzheimer. Maite Solas Zubiaurre, investigador de la Facultad de Farmacia y Nutrición de la Universidad de Navarra, recibió recientemente una ayuda europea dotada con dos millones de euros, la ERC Consolidator Grant, que le permitirá una mejor tecnología y doblar su equipo de investigadores, que pasarán de cinco a diez científicos, para desarrollar un proyecto innovador que apunta a la relación de los astrocitos, un tipo de células del cerebro, con el desarrollo de la enfermedad. 

 ¿Por qué se fijan en un tipo de célula como los astrocitos?

La célula más conocida en el cerebro es la neurona, sin duda, y se creía que otras células cerebrales, las de la glía, solo servían  de sostén para la neurona. Sin embargo, en los últimos 30 años se lesido prestando cada vez más atención,  porque hacen mucho más que ser sostén. Un tipo de célula en la glía son los astrocitos, que ofrecen muchísimas cosas a la neurona. Una de sus grandes funciones es  dar soporte metabólico a la neurona, darle de comer, dicho en lenguaje coloquial. Es en esa  función en  la que enfocamos nosotros nuestra investigación, en ese papel de control del metabolismo. Creemos que la célula central reguladora de la necesidad de energía en el cerebro es el astrocito.

Entiendo que lo que piensan es que una alteración en esa necesidad o en ese metabolismo, el comer más o comer menos, puede llevar a la enfermedad.

En la enfermedad de Alzheimer hay muchísimos cambios, algunos muy estudiados, otros menos. Nosotros postulamos que el cambio metabólico que ocurre en el cerebro afectado por alzhéimer no es solo un síntoma,  como se ha descrito hasta ahora, sino uno de los motores que lleva a la enfermedad. Planteamosque esos cambios metabólicos  ocurren en los estadios iniciales de la enfermedad,que  empiezan mucho antes que la pérdida de memoria. Y se produce sobre todo en los astrocitos.

¿Qué es lo que lo produciría? ¿Tiene que ver con la acumulación de proteínas que se da en la enfermedad de alzhéimer?

Creemos que la clave para poder llegar y quizá curar la patología es atacarla desde estadios tempranos. ¿Cuál es el problema? Que todavía no tenemos marcadores con los que podamos detectar en pacientes que ese estadio temprano ha empezado. No podemos detectar, por ejemplo, en una analítica de sangre que algo ha empezado a ir mal. Creemos que nuestro estudio y analizar cómo el astrocito cambia puede darnos biomarcadores. Quizá con una imagen cerebral se pueda ver un cambio ya en esos astrocitos . También nos pueden abrir la puerta a marcadores en sangre o en líquido cefaloarraquídeo que pudiesen también detectar la patología pronto. Para nosotros sería un logro muy grande.

¿Y cómo van a estudiar esto?

Trabajamos con animales de experimentación. También vamos a tener muestras de cerebros humanos post-mortem, de diferentes estadios de la patología, para compararlos. Además podemos  también acceder a líquidos cefalorraquídeos de pacientes, que es una muestra bastante valiosa. Sin embargo, el grueso de la patología la estudiamos con animales de experimentación. Son ratones transgénicos que desarrollan la  enfermedad cuando más o menos tienen nueve o diez meses. Eso nos permite tener ese tiempo de margen para poder estudiar al animal en estadios muy iniciales, cuando ya ha avanzado un poco, o cuando ya está muy avanzado.

¿Cómo se detecta ese cambio?

Hacemos pruebas de conducta en las que podemos estudiar la memoria del animal, detectar si ese animal empieza a tener pequeños fallos de memoria, si esos fallos de memoria han avanzado o si ya tiene unos fallos de memoria muy acusados.

 En los tejidos, cómo se detecta que un metabolismo está alterado?

Lo que vamos a hacer es estudiar genes relacionados con metabolismo en esos cerebros. En concreto, además, solo en el astrocito. Esperamos ver al principio de la  patología ese mayor consumo metabólico, que se convierte en hipometabolismo en estadios muy avanzados, cuando ya el cerebro ya tiene mucha menos actividad. Postular que no toda la patología es hipometabólica, que al principio hay un hipermetabolismo que podríamos frenar, es un cambio total. Es un cambio total de paradigma.

¿Cómo llegó a esta hipótesis?

Es una idea que viene forjándose muy despacio. Ya trabajaba en  un proyecto en el que quería modular el metabolismo de los astrocitos, porque creía que podían jugar un papel en la patología de Alzheimer. En el laboratorio bajamos el metabolismo de esos astrocitos en un ratón transgénico pensando que desarrollaría la enfermedad.  Lo que encontramos es que el ratón estaba bien, que no enfermaba. Fue un caso de serendipia. Tú esperas un resultado y encuentras todo lo contrario. En ese momento te derrumbas y crees que tu proyecto ha ido a la basura. Pero tiramos del hilo y nos dijimos: ¿Qué pasaría si bajamos el metabolismo  más tarde? Resultó que ese beneficio no aparecía. Con  nuestros propios datos postulamos esta idea que ahora queremos demostrar con mucha más solidez.

¿Hasta qué punto es una puerta a la esperanza?

Sí, es una puerta de esperanza, lo cual es maravilloso. Aunque nos da miedo que se generen falsas expectativas. Tenemos una hipótesis basada en datos, pero lo que nos permite este proyecto es demostrar si esto es así o no. Queremos ponerlo todo junto con los datos que tenemos, hacer más experimentos con tecnología avanzada. La financiación nos permite avanzar en estudios más detallados y, ojalá, demostrar esta hipótesis. Abriría una forma diferente de entender la enfermedad, una puerta diferente de tratamiento.

¿Cómo llega a ser investigadora del cerebro?

Por alguna razón que nadie sabe, desde pequeña decía que quería ser investigadora. Me gustaba el laboratorio, quería estudiar farmacia. Me gustaba porque mezclaba biología con química. También por el servicio a las personas, pero sin llegar a ser médico, porque supongo que no quería ver la muerte de las personas. En mi casa no hay sanitarios. Mi hermano es ingeniero. Mi padre era delineante. Vine aquí, hice la carrera y me entusiasmó. Creo que tengo mucha curiosidad, muchas preguntas,  y eso  se saciaba un poco en el laboratorio. En la carrera, lo que más me gustó, sin ninguna duda, fue la farmacología, buscar fármacos, saber  por qué tomamos un comprimido y eso te quita el dolor de cabeza. A la hora de hacer la tesis doctoral,  fui al departamento de farmacología, que en los últimos años estaban estudiando el sistema nervioso central, el cerebro, en tres grandes líneas: drogas de abuso, depresión y enfermedad de Alzheimer. No he tenido caso familiar de alzhéimer, lo cual es una fortuna enorme, pero esa enfermedad toca de forma especial, porque es devastadora. Es terrible ver la degeneración de alguien que ha sido totalmente  capaz. Y estudiar cómo un cerebro va creciendo y luego apagándose  es fascinante en cuanto a entendimiento de cómo funciona.

Ya estudió el alzhéimer en su tesis doctoral. ¿Por alguna razón?

Mi tesis trató sobre cómo el estrés impacta en la enfermedad de Alzheimer. En general, siempre he estado estudiando factores de riesgo que impacten o precipiten la enfermedad de Alzheimer, porque los casos genéticos son muy poquitos, un 5%, el 95% de los casos son ambientales. Siempre que hacíamos modelos de estrés en animales, el estrés cambiaba el metabolismo. Así que en  el periodo postdoctoral, cuando  me fui a un laboratorio de metabolismo en Alemania, un grupo que estudiaba cómo el cerebro controla el metabolismo periférico y nada de alzhéimer, le propuse a mi jefe mezclar en el estudio metabolismo y alzhéimer, y le gustó. Después tuve la suerte de volver, de  establecerme otra vez en la universidad, en el departamento de Farmacia, y decidí que ese quería que el centro de mi trabajo sería cómo el metabolismo afecta a la enfermedad de Alzheimer. Di un paso más allá de empezar a interesarme por el astrocito, la celula capaz de entender que hace falta más comida, menos…

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