Novak Djokovic no nació como leyenda del tenis. Hasta 2010, el serbio había ganado apenas un Grand Slam y sufría crisis físicas a mitad de partido que lo alejaban de la élite. Pero ese año, durante una eliminatoria de Copa Davis en Croacia, conoció al Dr. Igor Cetojevic, un nutricionista que cambiaría para siempre su carrera y su vida.
Cetojevic le diagnosticó intolerancia al gluten y a la lactosa, y le propuso una transformación alimenticia que el entonces joven Djokovic abordó con escepticismo inicial.
El tenista decidió hacer una prueba de dos semanas sin gluten. Los resultados fueron tan contundentes que, tras catorce días de exclusión, una simple ingesta de un bagel lo dejó exhausto y sin energía, convenciéndolo definitivamente del cambio.

Doce meses después de esa primera consulta, había perdido cinco kilos, alcanzado el número uno del mundo y ganado tres de los cuatro Grand Slam de la temporada 2011. En 2014, en su autobiografía Serve to Win, resumía esa revolución con una frase memorables: «De repente había un factor X, un cambio en mi dieta que permitía a mi cuerpo rendir como debía».
Desde entonces, Djokovic ha evolucionado más allá de la simple eliminación del gluten. Primero retiró productos lácteos y azúcares refinados; después migró hacia una alimentación basada en plantas, que ha mantenido durante más de una década.

Djokovic, en rueda de prensa del US Open
Europa Press
En una charla con Garbiñe Muguruza organizada por la ATP y WTA, el serbio compartió abiertamente cómo ha estructurado su nutrición. «Estoy haciendo un ayuno intermitente. Básicamente intento estar 16 horas sin consumir realmente muchas calorías o nada que requiera energía para hacer la digestión. Y luego como durante 8 horas», explicó.
Aclaró inmediatamente que no lo practica todos los días, pero que «llevo haciendo esto durante cinco años ya». El contraste con su infancia es radical: «Crecí en el lado opuesto, comiendo carne tres veces al día y de todo», añadió. Su familia, propietaria de una pizzería en Serbia, cedió ante su nuevo enfoque.
Su día comienza con agua tibia con limón y gotas de plata para lo que él considera desintoxicación bacteriana. Sigue un desayuno prácticamente idéntico cada día: un cuenco con muesli orgánico sin gluten, avena, frutas y dos cucharadas de miel de Manuka, acompañado de un smoothie verde con espinacas, espirulinas y algas.
A media mañana, fruta y mantequilla de cacahuete. Para comer, pasta sin gluten, ensaladas o carbohidratos complejos como quinoa. Al anochecer, verduras, tofu y proteínas magras de origen vegetal.
Cuando alguien le pregunta cómo maneja las comidas sociales -barbacoas familiares, eventos con amigos-, su respuesta es directa: «Hago barbacoas con mis amigos, pero como verduras. No tengo problema».
Esa flexibilidad en contexto social, combinada con una disciplina absoluta en competición, es parte de su filosofía. Él mismo se define como un «gran estudioso del bienestar«, concepto que trasciende la pura nutrición para incluir meditación, yoga y un control integral del entorno.
Su impacto ha sido tal que, años después, cuando otros deportistas comenzaron a eliminar el gluten, muchos lo citaban como precursor. Pero Djokovic insiste: no es una moda, sino una adaptación científica a su propio cuerpo que le permitió pasar de estar frustrado a convertirse en el tenista con más semanas en el número uno del tenis mundial: 428 en total.
Su «factor X» fue simplemente permitir que su cuerpo funcionara sin los obstáculos que él mismo desconocía que portaba.