Ben Healy no busca ser un rebelde por sistema, sino ser honesto
Dice Ben Healy, ganador de etapa y amarillo en el Tour, corredor fetiche de este mal anillado cuadero, que es imposible asegurar que el deporte está cien por cien limpio.
Y no lo dice un cualquiera, lo dice uno de los mejores ciclistas del mundo, sintiendo el rigor y la velocidad de un ciclismo que hoy se mueve a niveles de ciencia ficción.
Sus palabras no deben leerse como una simple polémica de titular rápido, sino como un baño de realidad para quienes prefieren la narrativa del cuento de hadas, al que sinceramente, nos agarramos, aquí los primeros, muchas veces.
Lo que Healy pone sobre la mesa es la gran paradoja del ciclismo moderno: mientras la UCI y las estructuras de los equipos venden una transparencia cristalina, un corredor de vanguardia admite que la duda es inherente al sistema.
No está acusando a nadie con nombres y apellidos, ni señalando sospechosos habituales; está señalando la incapacidad humana de garantizar la pureza total en un entorno de alta competición donde el margen de error es inexistente.
Healy sabe que el ciclismo arrastra una hipoteca reputacional que no se cancela con un par de años de controles negativos, y su honestidad resulta una rareza en un pelotón de respuestas precocinadas por agencias de comunicación.
Existe una brecha tecnológica evidente: entre que se inventa la trampa y se detecta, siempre hay un vacío, y afirmar que todo es limpio es, para el corredor del EF, equipo que me encanta incluso siendo dirigido por un tipo curioso, una temeridad estadística.
El ladrón va por delante…
Su filosofía es clara y pragmática: identificó cómo ganar y lo hizo, “le guste o no a la gente”.
Esa mentalidad utilitaria choca frontalmente con la visión romántica del aficionado, pero es la que impera en el World Tour actual.
Ben Healy no busca ser un rebelde por sistema, sino ser honesto con la naturaleza intrínseca del deporte profesional de élite.
En un mundo de relaciones públicas medidas al milímetro, admitir que el riesgo cero no existe es lo más parecido a una verdad incómoda que vamos a encontrar.
El ciclismo ha cambiado, los vatios son otros y la nutrición parece de otro planeta, pero la sombra de ese cien por cien de limpieza sigue siendo el techo de cristal que nadie, salvo Healy, parece atreverse a tocar.
Al final, lo que nos queda es la certeza de que la sospecha es la compañera de viaje eterna de este deporte, y negarlo solo contribuye a perpetuar una venda que el propio protagonista se ha encargado de rasgar.
Imagen: A.S.O./Billy Ceusters

