Otra vez la caída trunca una carrera de Van Aert
Justo antes de la carrera de ciclocross en Mol, nos preguntábamos por las 10 cosas para ver este 2026 y sí, Wout van Aert, sin caída, sin percance, fue tema de reflexión.
¿Qué le va a deparar el 2026?
Espero que no lo de esta tarde de viernes, porque hay tardes que nacen para ser leyenda y mueren en la camilla de una ambulancia.
Lo vivido en el Zilvermeercross de Mol tenía todos los ingredientes de un cuadro flamenco de época: una espesa tormenta de nieve, el frío calando hasta el tuétano y los dos colosos del ciclismo moderno, Wout van Aert y Mathieu van der Poel, batiéndose en un cuerpo a cuerpo que recordaba a sus mejores años.
Era, sin duda, la mejor versión de Van Aert en lo que va de temporada de ciclocross.
Se le veía fluido, potente, capaz de sostenerle la mirada a un Van der Poel que suele ser tirano en estas condiciones.
Pero en el ciclismo, y especialmente en la trayectoria de Wout, la épica suele ir de la mano con la tragedia.
El mano a mano era total, completado por el carrerón de Felipe Orts.
Bajo la nieve, la carrera se había convertido en un ejercicio de supervivencia y técnica pura.
Van Aert no solo aguantaba; proponía, le recortó una distancia otrora decisiva a Mathieu.
Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos, la bicicleta se convirtió en un potro indomable.
Una caída violenta, seca, de esas que el espectador siente en sus propios huesos antes de que el corredor toque el suelo, terminó con la función.
Mientras Van der Poel seguía su camino hacia una victoria solitaria y gélida, Van Aert quedaba descolgado, con el tobillo tocado y el alma, una vez más, magullada.
No es un hecho aislado, y ahí radica la amargura del análisis. Desde hace un tiempo, la trayectoria de Van Aert parece escrita por un guionista cruel.
Cuando no es una valla en el Tour, es una caída masiva en medio de las clásicas, y cuando parece que recupera el brillo en el barro, el destino le pone una placa de hielo o una raíz traicionera.
Es la maldición del corredor total. Aquel que está en todas las guerras acaba, inevitablemente, recibiendo más impactos.
Lo de Mol no es solo una lesión de tobillo; es un recordatorio de que a Van Aert la fortuna le debe tanto como el ciclismo le exige.
La tarde perfecta en la nieve se fundió en negro, dejándonos de nuevo con la misma pregunta: ¿cuánto peso puede soportar la moral de un ciclista que siempre vuelve para volver a caer?
¿Te gustaría que profundizara en las implicaciones que esta lesión tiene para su temporada de clásicas de primavera o prefieres que analicemos otro contenido?

