Hace cuatro o cinco años, a finales de 2019 y principios de 2020, el mundo entero contuvo el aliento. Betelgeuse, la inmensa y brillante estrella rojiza que marca el hombro del cazador en la constelación de Orión, empezó a apagarse. Y no de una forma … sutil. Su brillo cayó en picado de una forma tan dramática que, a simple vista, parecía obvio que algo no iba demasiado bien allí arriba.
Las especulaciones se dispararon de inmediato. ¿Estábamos ante la antesala de una supernova? ¿Iba Betelgeuse a estallar ante nuestros ojos, convirtiéndose en un segundo sol en el cielo nocturno? La idea, desde luego, resultaba seductora, casi cinematográfica. Sabemos que Betelgeuse es una supergigante roja en la fase final de su vida y que su destino es explotar ‘pronto’. La pregunta no es si lo hará, sino cuándo, y muchos pensaron que ese extraño oscurecimiento era la señal definitiva del colapso final.
Sin embargo, y para sorpresa de todos, la estrella recuperó su brillo normal poco tiempo después, dejando a los científicos con la boca abierta y un un misterio de los gordos por resolver. ¿Qué había pasado? Durante estos últimos años, se han barajado todo tipo de hipótesis para explicar aquel ‘Gran Oscurecimiento’ y las variaciones más pequeñas de luminosidad que le siguieron.
Adivina adivinanza…
Primero se habló de nubes de polvo. Luego, la NASA sugirió que la estrella había sufrido una eyección de masa traumática, una especie de ‘estornudo’ monumental que expulsó material al espacio, el cual, al enfriarse, formó una cortina de polvo que bloqueó la luz de la estrella temporalmente. También se consideraron celdas de convección gigantescas en su superficie, e incluso el paso de un agujero negro demasiado cerca de ella.
Siwarha actúa como una lancha motora en un lago: no solo orbita, sino que deja tras de sí una estela de turbulencias en la inmensa atmósfera de la gigante
Pero había algo que no encajaba. Los astrónomos sabían que Betelgeuse tiene un ‘ritmo’ muy concreto, un ‘latido corto’, de unos 400 días, atribuido a las pulsaciones naturales de la estrella. Pero también hay otro ciclo, un ‘periodo secundario largo’ de unos 2.100 días (seis años), que traía de cabeza a los investigadores. ¿Qué demonios podría causar un cambio tan rítmico y prolongado en una estrella tan caótica?
La respuesta acaba de llegar de la mano de un equipo de astrónomos del Centro de Astrofísica Harvard & Smithsonian, que acaban de confirmar algo que ya se sospechaba: Betelgeuse tiene compañía.
En un estudio presentado hace apenas unos días en la 247 reunión de la Sociedad Astronómica Americana de Phoenix (Arizona), y que ya ha sido aceptado para su publicación en ‘The Astrophysical Journal’, los investigadores han puesto fin a todas las dudas. El extraño oscurecimiento de la estrella de hace unos años no se debió a manchas solares gigantes, ni a nubes de polvo aleatorias, ni al paso de un misterioso agujero negro que nadie ha visto. Y por supuesto, a pesar de que la estrella está muy cerca del final de su vida, su repentina caída de brillo tampoco era la señal de una explosión inminente.
Una compañera oculta
La culpa de todo, de hecho, la tuvo ‘Siwarha’, una estrella compañera hasta ahora invisible que orbita alrededor de la supergigante roja. Un órbita, por cierto, nada lejana y tranquila, sino extremadamente cercana y violenta.
Para conseguir verla, los astrónomos han tenido que exprimir al máximo las capacidades de observación del veterno Telescopio Espacial Hubble, y combinarlas con datos de observatorios terrestres, incluído el del Roque de los Muchachos en La Palma. Sólo así, y tras analizar durante casi ocho años hasta el más pequeño cambio en la luz, fue posible identificar al ‘culpable’.
«Es un poco como un barco moviéndose a través del agua -explica Andrea Dupree, autora principal del estudio-. La estrella compañera crea un efecto de onda en la atmósfera de Betelgeuse que realmente podemos ver en los datos».
Para resolver el misterio, los astrónomos han tenido que combinar la potencia del telescopio Espacial Hubble con la de los observatorios del Roque de los Muchachos
Imaginar la escena produce vértigo. Betelgeuse es una estrella monstruosa; si la pusiéramos en el centro de nuestro Sistema Solar, se tragaría a Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Y los bordes de su tenue y difusa atmósfera llegarían casi hasta Júpiter. Pues bien, ‘Siwarha’ no solo da vueltas a su alrededor, sino que lo hace, literalmente, a través de la atmósfera exterior de la gigante.
Según el estudio, la estrella compañera actúa como una especie de ‘quitanieves’ espacial, o como esa embarcación de la que habla Dupree, dejando tras de sí una estela de gas denso y arremolinado. «Por primera vez -sentencia la investigadora-, estamos viendo signos directos de esa estela, o rastro de gas, confirmando que Betelgeuse realmente tiene un compañero oculto que da forma a su apariencia y comportamiento».
Una detección complicada
El hallazgo mata dos pájaros de un tiro. Por un lado, en efecto, confirma los modelos teóricos según los cuales ese ciclo largo de 2.100 días solo podía explicarse por la presencia de un cuerpo orbitando ‘dentro’ de la atmósfera de la estrella. Por otro, explica por qué la luz de Betelgeuse cambia de color y por qué los gases de su atmósfera se mueven de forma tan extraña: se trata, de hecho, de la turbulencia provocada por el paso de Siwarha.
La detección no ha sido directa (la compañera es demasiado pequeña y la supergigante demasiado brillante para eso), sino que se ha logrado, precisamente, ‘cazando’ su estela. Para ello, los instrumentos han medido cómo cambia el espectro de la estrella (los colores de la luz que emiten los diferentes elementos químicos) y la velocidad de los gases. Y han revelado que, cada vez que la compañera cruza por delante de Betelgeuse (desde nuestra perspectiva), aparece un rastro de material más denso justo detrás. Blanco y en botella.
Ahora sabemos que los ‘latidos’ de seis años de Betelgeuse se deben a las violentas visitas de su compañera
«La idea de que Betelgeuse tenía una compañera no detectada -admite Dupree- ha ido ganando popularidad en los últimos años, pero sin pruebas directas, era una teoría no probada». Ahora, la evidencia es firme.
La confirmación de la existencia de Siwarha convierte a Betelgeuse, que en términos cósmicos está ‘aquí al lado’ (‘sólo’ a unos 650 años luz), en un laboratorio perfecto para estudiar la evolución de este tipo de estrellas. «Con esta nueva evidencia directa -asegura Dupree-, Betelgeuse nos da un asiento en primera fila para ver cómo cambia una estrella gigante con el tiempo». Y, eventualmente, también cómo explotó en el futuro.
Ahora, y desde nuestro punto de vista, Siwarha está ‘escondida’ detrás de la gigante roja, pero los astrónomos ya están marcando un año en el calendario: 2027. Será entonces cuando la compañera vuelva a emerger. Y esta vez, con los telescopios listos y sabiendo exactamente qué buscar, el espectáculo está garantizado. Aunque cerca, Betelgeuse no está aún en las fases iniciales de su explosión (por lo menos, no todavía). Pero su ‘baile’ con Siwarha es algo que nos mantendrá entretenidos durante mucho tiempo.