Con la victoria a domicilio ante el Pisa por 3-0, el Como se había colocado momentáneamente en la cuarta posición, alcanzando a Roma y Juventus, que sin embargo ganaron ambos sus partidos. Pero los lariani tienen un encuentro menos: si el próximo jueves ganaran al Milan en el partido aplazado, el cuarto puesto -el que vale la Champions– sería suyo.
Fàbregas, en el fondo, sabe que es legítimo soñar, aunque por ahora sigue sin querer hablar de clasificación: “Os juro que no la miro nunca. Hoy alguien del staff me lo ha dicho y yo he dicho: basta. No me gusta, no es nuestro momento para hablar de este objetivo”, declaró en el post partido de Pisa. Los números de su Como, sin embargo, son de zona alta: cuarto mejor ataque con 26 goles a favor y, sobre todo, la mejor defensa del campeonato junto a la Roma, con solo 12 goles encajados. Ahí reside la originalidad del Como de Fàbregas.
Parte de la prensa italiana lo denigra, encasillándolo en la categoría de los “entrenadores-filósofos que quieren hacer el fútbol más complicado de lo que es”. Italia, futbolísticamente, es un país históricamente tradicionalista y reaccionario. Basta pensar que los técnicos de los grandes son los mismos que rotan desde hace 10 o 15 años: Allegri, Spalletti, Conte…
Fàbregas es la novedad, y molesta un poco. Molesta también porque su Como no tiene ni un solo italiano en la plantilla. Pero si Italia corre el riesgo de quedarse fuera del Mundial por tercera vez consecutiva, quizá habría que preguntarse más por la pobreza de talento del país que por la supuesta voluntad de Fàbregas de evitar futbolistas italianos.
Es cierto: el Como gastó mucho en verano, más de 100 millones. Y quizá por eso no se puede hablar de un cuento de hadas o de un milagro. Pero también hay que analizar cómo se ha invertido ese dinero: no en jugadores de perfil internacional, listos para marcar diferencias de inmediato en un campeonato tan exigente como el italiano; sino en talentos de altísimo potencial que, en la práctica, están viviendo su primera experiencia como titulares en una liga profesional.
Es el caso de Jacobo Ramón, que el año pasado apenas jugó tres partidos con el Real Madrid; o el de Jesús Rodríguez, formado en el Betis; o Addai, fichado del AZ Alkmaar tras una temporada con solo un gol (este año ya lleva tres). El Como apuesta por el talento, lo inserta en un sistema de juego dominante, valiente y moderno, y lo potencia hasta prepararlo para la élite: es el camino de Nico Paz, que previsiblemente este verano regresará al Real Madrid.
Pero la excepcionalidad del trabajo de Cesc se aprecia en que no solo
está ayudando a los chicos a crecer -en lo humano, lo técnico y lo táctico- en una temporada extraordinaria de futbolistas como Ramón o Perrone (mediocentro 2003 fichado del City por unos 13 millones de euros); al mismo tiempo, Fàbregas los está haciendo competitivos contra superpotencias del país como Milan, Roma y Juve, clubes con ambiciones y recursos -sobre todo en salarios- muy distintos a los del ya de por sí rico Como. Y lo hace con un estilo que podría definirse como un híbrido italo-español, como un almuerzo en el que a unos entrantes de tapas les sigue un plato de espaguetis al tomate.
Por un lado, su Como es un equipo ideológicamente de matriz española: mucho control del balón, jugadores formados para este tipo de fútbol, el portero Butez utilizado como un mediocentro más y ni un pelotazo sin sentido. Por otro, representa también la quintaesencia del fútbol italiano: el cuidado obsesivo de la fase defensiva.
El Como tiene la mejor defensa del campeonato, pero defiende de una manera que no tiene nada que ver con el histórico “catenaccio”. Al contrario: defiende atacando, con el pressing más intenso de la Serie A (es el equipo con el PPDA más bajo del campeonato, indicador de la intensidad de la presión) y recuperando el balón con una agresividad feroz.
Fàbregas parece haber entendido que, en Italia, para triunfar no basta con traer tus ideas: hay que adaptarlas al contexto cultural del país. Y lo está haciendo de forma brillante, pese a las críticas totalmente injustas de quienes, tras el 4-0 encajado ante el Inter, lo habían tachado de extremista incapaz de adaptar su fútbol a escenarios distintos.
Protegidos por los Prealpes comascos, hay un grupo de jóvenes que, junto a su entrenador, están desmontando los prejuicios que impregnan el fútbol italiano. En la desconfianza que los rodea, en la antipatía que generan, se esconde una evidencia: van por el camino correcto. Y no deben dejar de soñar.