Decía Jude Law en la pasada Mostra de Venecia que no temía las repercusiones por interpretar a Vladímir Putin en su última película, El mago del Kremlin. “Es un personaje dentro de una historia mucho más amplia, por lo que no intentamos definir nada sobre nadie”, señalaba el actor, según recogía este periódico en la crónica. Sin embargo, lo que está empezando a suceder es todo lo contrario: crece un cierto murmullo sobre una interpretación demasiado cercana a la imagen propagandística que lleva décadas exportando al mundo el régimen ruso, la de Putin como un superespía, inteligente y metódico casi con trazas de James Bond. Y hay quien ya ha asegurado que de eso nada.
La cinta, dirigida por Olivier Assayas y coescrita junto a Emmanuel Carrère, se estrenará el próximo 30 de enero en los cines españoles. Cuenta el ascenso del exmiembro de la KGB a la cima más alta del poder en Rusia rodeado de oligarcas como Boris Berezovsky, magnate de los medios de comunicación que hizo un dinero enorme en los viciosos y corruptos años noventa en la recién caída URSS de Borís Yeltsin, mientras un joven asesor procedente del mundo del teatro —un trasunto del muy real y enigmático Vladislav Surkov— empieza a mover los hilos para crear al gran Putin. Por ella se suceden acontecimientos como la guerra de Chechenia, el hundimiento del Kursk, la crisis de Crimea o los Juegos Olímpicos de Sochi, además de empresarios, modelos y personajes como Limonov y Kasparov.
Novela de Da Empoli
Está basada en la novela homónima de Giuliano da Empoli —hoy en día uno de los analistas más leídos para saber qué se cuece en los mentideros del poder mundial— publicada en España en 2023 por Seix Barral, que fue reseñada por la crítica literaria como un muy interesante mapa para entender la creación de la actual Rusia (y prácticamente el mundo en el que ahora mismo vivimos).
EL escritor Giuliano da Empoli en 2025 (EFE/Daniel González)
De hecho, el propio Da Empoli manifestaba en una entrevista con este periódico que la historia no se centraba tanto en el propio Putin, sino que era una mirada más hacia cómo funciona hoy el poder. “Mi novela es una reflexión sobre el ejercicio y la mutación del poder. Evidentemente, se centra en la actualidad rusa, en Putin y en Ucrania, pero es una reflexión sobre la naturaleza y el ejercicio del poder. Y añadía: “El poder de Putin nace del caos de los años noventa, surgido tras la caída del Muro, con ese cúmulo de transformaciones democráticas, económicas y sociales que Rusia experimentó. En aquel tiempo, Moscú era una Disneylandia para adultos que iban armados con Kaláshnikov. De esa situación caótica emergió un personaje como Putin, que restauró la verticalidad y el orden”.
Da Empoli: «Mi novela se centra en la actualidad rusa, en Putin y en Ucrania, pero es una reflexión sobre la naturaleza y el ejercicio del poder»
En la novela (y luego trasladado a la película) Da Empoli crea a Vadim Baranov, esa especie de alter ego de Surkov, un productor teatral que si se rastrea en la hemeroteca se entiende que se haya convertido en un personaje de ficción. Como apuntaba la BBC en un artículo de 2017, “Surkov ayudó a maquinar el creciente «autoritarismo disfrazado de pluralismo democrático» de Putin (del que lo acusan los críticos), y las poco convencionales —y hasta desconcertantes— participaciones rusas en conflictos recientes como los de Ucrania y Siria”. Y así retrataba sus artes de buen manipulador: “Como en una obra teatral de equívocos, la meta es crear una escena confusa para el público, en la que las cosas no son lo que parecen y es difícil determinar qué ocurre realmente (tal cual ha ocurrido —con algunas diferencias— en Ucrania y Siria)”. Es hasta poético (y muy trágico) que la creación de Putin proceda de un enamorado del teatro.
Una obra «de propaganda»
En el periódico The Guardian, la periodista freelance rusa Natasha Kiseleva, que vive en Alemania y suele escribir sobre cultura en la Novaya Gazeta Europe —sobre todo de teatro, cine y cómo la cultura también afecta a la política—, ha sido una de las primeras en manifestar (con lo que se trasluce como un cierto fastidio) que El mago del Kremlin patina en su retrato de Putin y de por qué fue el elegido para sustituir a Yeltsin: “La película se alinea tanto con la versión mitificada que promueven los medios rusos que, a nivel nacional, se interpreta como un cumplido más que como una afrenta”, escribe. Y argumenta: “La representación de Putin se asemeja a un manual del Kremlin titulado Breve guía para idealizar al líder. Es presentado como el elegido por Berezovsky y Baranov para estabilizar el país, por ser «joven, atlético y espía». Pero, según ella, esto no fue así.
Natasha Kiseleva: «La representación de Putin se asemeja a un manual del Kremlin titulado «Breve guía para idealizar al líder»
“La clave era que el candidato no podía ser comunista, ya que estaban en guerra con ellos en ese momento, ni tampoco liberal: el tipo de persona con gafas y buen traje que irritaba a los votantes y parecía demasiado prooccidental. Eso descartó a la mitad de los contendientes, pero Putin era perfecto: un leal servidor del Estado», insiste. Así que fue más un descarte que una elección directa. También tira por tierra la imagen de superespía de la KGB. Al contrario, lo caracteriza como un funcionario gris de los servicios de inteligencia: “Se encargaba del papeleo y las tareas técnicas, no de las operaciones. En esencia, era un empleado de bajo nivel que pasó 10 años en el sistema de inteligencia interna, no alguien que se dedicaba a la labor de agente». A la periodista le molesta a su vez que la película tampoco se detenga en otros aspectos menos gratos para el régimen como las protestas o personajes como Alexei Navalny.
Malas críticas
Hasta la fecha —todavía no se ha producido su estreno comercial— otras críticas también han deslizado esto que apunta Kiseleva aunque con menos contundencia (quizá porque no se tiene tanto conocimiento del personaje). En general, las reseñas en Venecia no fueron muy buenas (aunque la reviste Vulture sí la defendió). “Jude Law prescinde de un acento de pantomima o gestos evidentes para sumergirse de lleno en esta invención que no pretende representar tanto al presidente ruso como la versión de Law. El resultado es una amalgama fascinante que se presta a la perfección a la idea de un dictador moldeado y acogido por la cultura pop”, decía la revista Little White Lies.
«El resultado es una amalgama fascinante que se presta a la perfección a la idea de un dictador moldeado y acogido por la cultura pop»
La crítica de la BBC también manifestaba que “la película podría decepcionar a quienes esperan ver a Law enfurecerse y amenazar a sus subordinados, como lo hizo cuando interpretó a otro gobernante de la vida real, Enrique VIII, en 2023. Su Putin (que habla inglés con acento inglés) es una figura tranquila y afable, y ni siquiera es el personaje principal de la película”. En el gran medio británico esperaban otro tipo de dictador. Y desde The Guardian, cuya crítica apenas alcanzaba un 2 (de cinco), se insistía en que la cinta le retrata desde el inicio como un zar con mucho poderío y no se llega a ahondar en una verdadera personalidad. “Me encantaría ver, en cambio, una película sobre Putin que mostrara la verdadera historia de cómo Putin, muy emocionado por la victoria del director ruso Andrei Zvyagintsev en el León de Oro de Venecia por El regreso en 2003, lo invitó a tomar el té en el Kremlin y blandió con exuberancia su copia (pirateada) en DVD de la película”, escribió el crítico Peter Bradshaw.
Película mala, buena o regular, lo que sí que parece es que, tal y como está el mundo, El mago del Kremlin no va a dejar indiferente.
Decía Jude Law en la pasada Mostra de Venecia que no temía las repercusiones por interpretar a Vladímir Putin en su última película, El mago del Kremlin. “Es un personaje dentro de una historia mucho más amplia, por lo que no intentamos definir nada sobre nadie”, señalaba el actor, según recogía este periódico en la crónica. Sin embargo, lo que está empezando a suceder es todo lo contrario: crece un cierto murmullo sobre una interpretación demasiado cercana a la imagen propagandística que lleva décadas exportando al mundo el régimen ruso, la de Putin como un superespía, inteligente y metódico casi con trazas de James Bond. Y hay quien ya ha asegurado que de eso nada.