Luis de Haro. Director general de iSanidad
La sanidad moderna se apoya en tecnología, evidencia científica y protocolos que buscan garantizar calidad y seguridad. Sin embargo, detrás de esta estructura se esconde una realidad incómoda: la burocracia ha colonizado cada rincón del sistema. Formularios, trámites y procesos interminables se han convertido en protagonistas, desplazando el tiempo clínico y la capacidad de respuesta. Lo que nació como un mecanismo de orden y control hoy amenaza con asfixiar la esencia misma de la atención sanitaria.

La burocracia ha colonizado cada rincón del sistema sanitario asfixiando la propia esencia de los objetivos y necesidades

Entre el 30 % y el 50 % del tiempo médico se dedica a tareas no clínicas: informes, justificaciones y registros interminables. Este exceso interfiere en el juicio clínico y reduce la exploración del paciente. Formularios y alertas digitales fragmentan la comunicación, fomentan la medicina defensiva y priorizan el registro sobre la observación. El resultado es una atención menos humana y más centrada en cumplir requisitos que en cuidar personas. Los médicos sufren disonancia moral: saben lo que el paciente necesita, pero no pueden hacerlo por trabas administrativas. Esta tensión alimenta el burnout y erosiona y reduce la motivación. A ello se suma una estructura rígida que prioriza normas y jerarquías sobre agilidad e innovación. La burocracia no solo consume tiempo del sistema y del profesional, también bloquea la capacidad de respuesta ante retos sanitarios.

Las convocatorias MIR y las OPEs se han convertido en maratones de resoluciones y alegaciones que retrasan la incorporación de profesionales y generan insatisfacción. La verificación manual de méritos añade demoras y errores, mientras los hospitales siguen con déficit de personal. En paralelo, la financiación de medicamentos se enfrenta a comités, informes y trámites autonómicos que duplican burocracia. Cada paso ralentiza el acceso a terapias innovadoras, dejando al paciente en espera.

El burnout aparece también ante la carga administrativa de una estructura rígida que prioriza normas y jerarquías sobre atención, agilidad e innovación

La burocracia ha pasado de ser un mecanismo de control a un actor estructural que condiciona todo el sistema. Consume recursos, genera inequidad y reduce la agilidad para responder a necesidades sanitarias. Así, la sanidad no avanza: languidece en un laberinto administrativo que la aleja de su razón de ser.