El sonido de Europa vivió un trauma desorbitante con la explosión de la Segunda Guerra Mundial. Los cañones partieron en dos el continente y tras la derrota de Hitler costó volver a construir una armonía. Pero de eso se encargaron en gran parte las orquestas que fueron recomponiéndose después de la destrucción más cercana al apocalipsis experimentada —y promovida— por la especie en toda la historia occidental. Se lo impusieron como obligación: el horror debía abrir paso, cuanto antes, a la belleza.

De ese impulso nació en 1949 la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera (Alemania), una formación que juntó varios elementos de orquestas preferentes en la región. La aventura arrancó bajo la dirección titular de Eugen Jochum. Este eligió a los mejores músicos para su gusto, cumplió con su cometido de retransmitir los conciertos por radio, apostó por repertorio contemporáneo y comenzó un largo itinerario de giras que la consagraron con los años como una de las mejores en el mundo.

Actuación en Viena (Austria) de la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera bajo la dirección de su nuevo y sexto director titular, el británico Simon Rattle.Vídeo: FIMC

De esa manera fue labrando un ideal de sonido estético junto a una función ética: la difusión sistemática de la mejor música para ampliar públicos. A eso se unieron varias orquestas en el continente, pero fue a más en la década de los noventa del pasado siglo cuando Claudio Abbado formó la Mahler Chamber Orchestra (MCO) en 1997, justo para encarar de manera completamente moderna en el ámbito de la música clásica el siglo XXI.

Que llevara el nombre de cámara en su enunciado la dotaba de una identidad propia. La idea vertebradora por la que el maestro italiano se guio siempre y supo transmitir a otros directores jóvenes: saber escucharse entre los músicos de las formaciones sinfónicas como lo hacen las de cámara.

Esa máxima implica un mensaje para la vida y la convivencia que cobra todo el valor en tiempos de polarización. Más cuando Abbado quiso construir la orquesta con músicos europeos en sus inicios para reivindicar la demostrada utopía posible de la unión. Cuando hoy, ambos principios y aspiraciones —el diálogo y la unión— andan en horas bajas y permanentemente amenazados por delirios antidemocráticos, la Mahler Chamber se erige como un símbolo fundamental.

José Vicente Castelló

Primer trompa de la Mahler Chamber Orchestra. En 2007 se convirtió en el primer español de la formación

La presencia española actual refleja el enorme salto de calidad que ha dado la formación musical en nuestro país

José Vicente Castelló, trompa alicantino de la orquesta desde que en 2007 Abbado lo invitara a ocupar sus filas, conoce muy bien el espíritu de la formación: “Ha desarrollado un sello muy característico: combina la precisión centroeuropea con la flexibilidad de un ensemble de cámara y una energía casi operística”, asegura. “Es una orquesta que piensa y respira como un cuarteto de cuerda ampliado: cada músico asume responsabilidad artística, la escucha es radical y no hay espacio para que se nos ocurra funcionar con un piloto automático”.

Esa seriedad y eficiencia en el trabajo, unida al altísimo nivel de sus miembros y a la internacionalidad del grupo, crea, según el músico español, “un sonido transparente, ágil, con una pulsación viva y una intensa voluntad de contar algo en cada proyecto”.

Castelló llegó 10 años después de la creación de la orquesta. En un principio no existía ningún músico español en sus filas, pero con el tiempo llegaron a copar el 30% de los atriles. Eso responde, comenta él, a una evolución musical indiscutible en España durante las últimas tres décadas: “La presencia española actual refleja el enorme salto de calidad que ha dado la formación musical en nuestro país”, asegura. “Creo que aportamos una mezcla muy valorada: rigor técnico, versatilidad estilística, pasión y una energía expresiva muy directa. Hay algo en nuestra forma de frasear y en nuestra relación con el ritmo que encaja naturalmente con la identidad de la MCO. Y quizá también aportemos un elemento intangible: calidez, humor y un espíritu de equipo que favorece ese ambiente creativo de la orquesta”.

Alexandra Preucil, violinista norteamericana formada en Cleveland que se incorporó en 2018 a la MCO.S. Dondero

Un ambiente que también pone de relieve Alexandra Preucil, violinista norteamericana formada en Cleveland que se incorporó en 2018. Lo hizo cuando la orquesta había ampliado su foco también fuera de Europa. “Desde mi primer ensayo sentí que la formación ofrecía exactamente el elemento de cámara que lleva su nombre y más. Una intensidad y seriedad a la hora de abordar la música, paralela a una alegría y un sentido profundo de atmósfera de colaboración colectiva”. Según ella, eso se debe a la estructura democrática en la que se basan. “No solo es una idea, sino parte fundamental de su funcionamiento a la hora de ensayar e interpretar: cada miembro escucha, respeta a sus compañeros y se implica personal y responsablemente en el éxito del grupo como un todo”.

Eso le proporciona un sonido único, consecuencia de su carácter. “Al no contar con una base permanente, sus miembros vienen de diferentes países y suman sus procedencias. Esa diversidad se traduce en un sonido tremendamente versátil y sensible, moldeado también por los lugares en que tocamos, pero siempre ceñido a una fuerte concepción camerística, con gran sentido de esa conexión que respira y se expresa en conjunto”.

Una orquesta poderosa está marcada por la sucesión de sus directores, sobre todo cuando son magistrales y saben transmitir su carisma en doble dirección: frente a los músicos y hacia el público. En el caso de la Mahler Chamber Orchestra, la huella de Abbado como fundador es evidente pero no cuentan con titulares fijos. Se autogestionan entre los músicos, principalmente, con figuras asociadas de manera estable en la actualidad, los directores Daniele Gatti o Daniel Harding, o pianistas como Mitsuko Uchida y Yuja Wang. El caso de la Sinfónica de Baviera va unido a varias leyendas del podio desde que Jochum lo dejara en 1960. Le sustituyó el checo Rafael Kubelik hasta 1979 y después el británico Colin Davis, el estadounidense Lorin Maazel o el letón Mariss Jansons. Actualmente, el inglés Simon Rattle es su titular. Con esta lista no extraña que en el ranking de la publicación Bachtrack, elaborado por periodistas musicales de todo el mundo, ocupe el tercer lugar entre las mejores del planeta.

Ramón Ortega

Oboe solista de la Sinfónica de la Radio de Baviera desde 2008, este granadino también fue oboísta principal de la Sinfónica de Los Ángeles

Nos escuchamos muy bien unos a otros y el nivel técnico de los músicos es muy alto

Ramón Ortega, oboe de la formación desde 2008, la describe: “Está muy marcado en el ADN de la orquesta el deseo de hacer música al más alto nivel y dar todo lo que se tiene en cada concierto. Como buena formación alemana, el sonido es muy cálido y compacto, pero con una gran variedad de colores y texturas. Al ser orquesta de radio, nos escuchamos muy bien unos a otros y el nivel técnico de los músicos es muy alto”, afirma.

David Santos Luque (Córdoba, 2001) toca el contrabajo con la Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera.

Ortega entró en la época de Jansons, un director de un prestigio total entre sus colegas de podio y muy querido por los músicos. “Con él, alcanzamos un nivel estratosférico”, dice el músico español. Pero Rattle, gran admirador de Jansons y, para ellos, un recambio natural después de su etapa en la Filarmónica de Berlín y su trabajo con la Sinfónica de Londres, está explotando con mucha sabiduría sus cualidades. “Suma, además, una variedad de repertorio mayor con una forma de tocar juntos muy armónica y libre. Tenemos una suerte enorme de contar con él como titular”, afirma Ortega. También el público que lo disfruta en directo y el mundo musical en sí, como comprobarán en el próximo Festival de Canarias. Con figuras como Rattle al frente de un podio, la garantía del mejor sonido viene dada. Pero también, y ante todo, la defensa de los valores éticos, la lucha por los derechos universales y ese eje simbólico de toda gran orquesta como un cuerpo de escucha y constante diálogo.