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Durante milenios, el océano ha sido el gran pulmón silencioso del planeta, absorbiendo sin descanso el exceso de dióxido de carbono que nuestra atmósfera no logra disipar. Sin embargo, recientes hallazgos científicos revelan que en el corazón del océano profundo, mucho antes de la industrialización humana, una masa de agua densa y salina pudo haber desempeñado un papel crucial en la regulación climática global. 

Un descubrimiento que no solo reescribe lo que sabemos sobre la última era glacial, sino que también replantea el rol del océano en el contexto del calentamiento actual.

Océano

Concretamente, un equipo de investigadores de Rutgers, liderado por Elisabeth Sikes y Ryan Glaubke, ha identificado un aumento abrupto de salinidad en las aguas del océano Índico hace aproximadamente 20.000 años, justo al inicio de la deglaciación. 

Esta «burbuja salada», atrapada durante siglos en las profundidades abisales, emergió a la superficie en el momento justo en que el planeta comenzaba a calentarse rápidamente. El estudio, publicado en Nature Geoscience, sugiere que este fenómeno no fue una simple coincidencia: el aumento de salinidad en las aguas intermedias habría contribuido significativamente a mantener el CO₂ confinado en el fondo marino, retrasando así su liberación a la atmósfera.

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La conexión con el clima global

La conexión entre la salinidad profunda y el clima global ha sido durante décadas objeto de especulación científica. Lo innovador de este trabajo radica en el uso de microfósiles marinos (diminutos restos de foraminíferos planctónicos) cuya química permite reconstruir la temperatura y salinidad de las aguas donde vivieron. Al estudiar los sedimentos extraídos del límite entre el océano Índico y el Austral, frente a la costa occidental de Australia, los investigadores lograron trazar un registro continuo de los cambios en la composición del agua durante la transición glacial.

Este aumento sostenido de salinidad, que persistió por varios milenios, coincide también con un envejecimiento del agua en las capas profundas, lo cual sugiere un intercambio prolongado con masas de agua más antiguas y ricas en sal. La sincronía de ambos eventos fortalece la hipótesis de que una reserva salina glacial se movilizó hacia la superficie, modificando así el comportamiento de las masas de agua subantárticas y su rol en la circulación global del océano.

Circulación oceánica

La circulación oceánica (también conocida como la «cinta transportadora global») se ralentiza durante las épocas frías y acelera en los períodos cálidos. Esta dinámica determina no solo el transporte de calor en el planeta, sino también la capacidad del océano para almacenar y liberar carbono

En épocas glaciares, las aguas frías y densas del sur se hunden más fácilmente, llevando consigo grandes cantidades de CO₂ hacia las profundidades. En ausencia de un mecanismo eficiente para su retorno a la atmósfera, el carbono queda confinado, enfriando progresivamente el planeta.

Durante la última glaciación, según Sikes, esta dinámica funcionó a la perfección: el océano profundo actuó como una enorme cámara acorazada para el carbono. Sin embargo, al finalizar el período glacial, ese equilibrio se rompió. El aumento de salinidad en las aguas intermedias, vinculado al surgimiento del “globo salado”, habría sido uno de los detonantes del cambio. 

Elisabeth Sikes y Dale Hubbard Universidad de Rutgers

Elisabeth Sikes (izquierda), con Dale Hubbard de la Universidad Estatal de Oregon, junto con el gran bloque de extracción de núcleos utilizado para recolectar muestras de sedimentos de océano profundo durante el crucero de investigación.

Modelos oceánicos sugieren que esta masa densa y salina, al filtrarse eventualmente hacia el Atlántico, pudo haber intensificado la formación de aguas profundas, reconfigurando así la circulación global hacia el patrón moderno.

Aunque esta investigación se centra en eventos ocurridos hace miles de años, sus implicaciones son inquietantemente contemporáneas. En el contexto actual de calentamiento acelerado, la eficiencia del océano para absorber CO₂ se ve cada vez más comprometida. “El océano ha sido nuestro mayor aliado contra el cambio climático”, explica Glaubke, “pero sin una burbuja salada como la que existía en la era glacial, su capacidad de retener carbono es limitada”.

Hoy, la mayor parte del carbono emitido por actividades humanas es absorbido por los océanos superficiales. Sin embargo, sin una circulación eficiente hacia las profundidades (y sin esa densidad salina que ayuda a formar capas estables) gran parte de ese CO₂ podría regresar más fácilmente a la atmósfera, acelerando aún más el calentamiento global.

Este estudio pone en evidencia el rol decisivo del océano Austral, una de las pocas regiones donde las aguas profundas cargadas de carbono emergen y “exhalan” su contenido. “Si queremos entender hacia dónde se dirige el clima del planeta”, afirma Sikes, “debemos mirar con más atención a lo que ocurre bajo la superficie del hemisferio sur”.