Un lujo sin ostentación, monumental en escala, pero austero en alma. Ortega lo resume con precisión: “Más que lujoso, es importante. La monumentalidad está en la proporción, no en los elementos”, dice.

Banco brasileño de mediados del siglo XX, de la escuela Nakashima, en Rue Vintage 74; y sobre la peana Malung, de Vical, esfera de Yoyo Balagué.
Silencio, se vive
Cuando Pilar Goutas encontró esta casa, lo sintió antes de entenderlo. “Yo buscaba silencio”, recuerda. “A pesar de estar en el centro, aquí solo se escucha el piar de los pájaros. Y cuando empezamos a desnudar el espacio y aparecieron esos ladrillos, todo cambió. Quise que mandara el lugar, no nosotros”, dice esta nieta de españoles que emigraron a México cuando en el convento aún se escuchaban los maitines a medianoche.
Durante el Barroco, era común que los conventos se integraran con patios, huertas y claustros, creando pequeños barrios. Chueca ofrecía entonces un terreno ideal para esta tipología de arquitectura. La mirada de Pilar, atravesada por sus raíces mestizas, por la memoria del campo mexicano, por los pigmentos naturales y por la devoción artesanal –que, según reconoce, guía su vida– impregnó el proyecto de una materialidad terrenal, casi ritual.
“¿Cuál es mi estilo? Yo lo llamo rural brutal”, dice, entre risas, “que huela a tierra, a cal, a historia”, para acto seguido recordar su casa de niña –“todo era rosa”– y el rancho al que suele ir a las afueras de Ciudad de México. “Me gustan la naturaleza y los caballos; pertenezco a ese lugar”.

Los trillos que la propietaria compró en El Rastro de Madrid adornan la planta superior.

En el estudio, butaca Kangaroo, de Cassina, en Naharro.

En la cocina, con el ladrillo visto y exquisitos nichos para respetar la estructura original, platos y tazas Ecru, de Rue Vintage 74.
El verdadero lujo de las cosas
De esos suelos jóvenes–cenizas volcánicas, basaltos y andesitas– que rodean a la capital mexicana, hablan los tonos –arcilla, cal, tierra quemada– de su nuevo hogar madrileño. Son pigmentos naturales que no compiten con el pasado, sino que lo acarician.