
© Molly Riley / The White House
En un parpadeo, la atención de un mundo insomne se ha trasladado de Venezuela a Groenlandia. El 3 de enero, con una operación militar, Estados Unidos capturaba al dictador Nicolás Maduro en su fortaleza de Caracas, abriendo un compás de incertidumbre sobre el futuro político del país y sobre el control de sus recursos petrolíferos, que Donald Trump aseguró se pondrían a disposición de empresas norteamericanas. Apenas tres días después, y mientras Maduro comparecía ante un juez en Nueva York, Trump declaraba que Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca, era esencial para garantizar la seguridad del país, y debía por tanto formar parte de Estados Unidos, sin descartar para lograrlo el uso de la fuerza. Vivimos tiempos vertiginosos, pero los compases iniciales de 2026 ponen a prueba nuestra capacidad de procesar reflexivamente la secuencia de acontecimientos, sin obtener apenas ayuda de las referencias históricas: Maduro no es Noriega 2.0, porque la invasión de Panamá en 1989 y la detención de su dictador se produjo en un contexto hegemónico de pax americana; y la amenaza de Trump sobre Groenlandia es muy distinta de la oferta de compra por parte de Truman en 1946, porque en los albores de la Guerra Fría la relación de Estados Unidos con Europa Occidental era indiscutida, a diferencia de la actual.
Si Ucrania y Gaza han sido episodios ambiguos, con Trump oscilando entre Putin y Zelenski, o apoyando a la vez a Israel y a los regímenes conservadores árabes, Venezuela y Groenlandia ilustran nítidamente la Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre, que establece la prioridad del continente americano, rescatando la doctrina Monroe de 1823 bajo la jocosa denominación ‘Donroe’. El ejercicio desnudo del poder militar, que en eso sí recuerda la ‘diplomacia de las cañoneras’, es en efecto el instrumento a través del cual se impone un nuevo orden mundial, que, al margen de las normas y las instituciones internacionales, establece las esferas de influencia continentales de las grandes potencias nucleares. Y en ese reparto geográfico, América es el territorio propio de Estados Unidos, que puede ejercer su voluntad sin restricciones desde el Cabo de Hornos hasta un océano Ártico que ya no se acepta dominado por Rusia; un control del hemisferio que se practica sin otra guía que el interés estratégico y que ya no exige el respeto retórico a la soberanía o al derecho. La Rochefoucauld escribió famosamente que «la hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud», y no se puede sino lamentar que la hipocresía sea otra de las víctimas del nuevo orden.
La suerte de Groenlandia —que Estados Unidos ya controla militarmente a través de su base en Pituffik— es importante para los europeos, al afectar a un país del continente que es además miembro de la OTAN; y el futuro de Venezuela —como el de otras naciones del Caribe golpeadas por este tsunami geopolítico, de Cuba, Nicaragua o Colombia a Panamá o incluso México— interesa especialmente a España, donde residen tantos exiliados y a la que está unida por tantos lazos históricos y culturales. No me resisto a mencionar que mi primera visita al país fue ya en 1988, para impartir un seminario en Maracaibo sobre ‘Arquitectura, cuerpo y lenguaje’, y desde entonces —antes y después de su conversión en la República Bolivariana— he tenido ocasión de conocer algo la Caracas admirable de Carlos Raúl Villanueva, del cerro El Ávila y la Cota Mil. Pero el recuerdo más nítido es el de la capital petrolera del país, a cuyo lago llegaron en 1499 Alonso de Ojeda y Américo Vespucio para hallar las viviendas palafíticas que todavía subsisten en la Laguna de Sinamaica, y que inspiraron el nombre afortunado de ‘pequeña Venecia’. No menos feliz es la denominación ‘tierra verde’ para Groenlandia, y ojalá los nombres contengan buenos auspicios para las gentes de estas naciones tropicales o árticas hoy en el ojo del huracán.