Un hombre pinta con su cerebro y no con sus manos».

Miguel Ángel Buonarroti

 

Algunos cambios y descubrimientos en mi modo de enseñar me hicieron desechar una creencia muy extendida: que el dibujo es una habilidad reservada para unos pocos. Bajo esa premisa, se plantean ejercicios con expectativas mínimas, perpetuando prácticas que no logran más que una tímida aproximación al dibujo y al arte.

Durante mis primeros años de ejercicio profesional, yo mismo caí en ese error. Hoy lo reconozco como una idea equivocada, cuyas consecuencias en el alumnado son evidentes: un profundo desconocimiento de cuestiones que, sin embargo, están a su alcance.

Después de ver los resultados conseguidos, creo que es importante revertir esta situación, y que ello es posible con una enseñanza adecuada. Un alumno que domina los problemas espaciales y la visión analítica, es también un alumno con mayores posibilidades de expansión en otras ramas del conocimiento.

Tal y como expusieron Viktor Lowenfeld y W. Lambert Brittain en su obra «Desarrollo de la capacidad creadora», el dibujo atraviesa varias etapas en la evolución personal. Una de las más importantes es la adolescencia, el final de la etapa infantil.

¿Qué ocurre en ese momento? El adolescente cambia psicológicamente: abandona el estilo esquemático, ingenuo y subjetivo del dibujo infantil, como tantas otras cosas de su personalidad. Su pensamiento se vuelve sumamente autocrítico y solo le satisface un tipo de dibujo que responda a la realidad. En esa etapa le fascina el dibujo minucioso y preciso, se incrementa el interés por el naturalismo, se toma conciencia del mundo real, y esto se plasma en su modo de dibujar. Es un periodo que abarca precisamente la Educación Secundaria.

Es un momento crucial en su evolución. Si no encuentra la técnica adecuada, su frustración ante la incapacidad de cubrir sus propias exigencias le lleva a dejar de dibujar. Así, nos encontramos con muchos adultos que dibujan igual que niños pequeños: nunca dieron el paso para subir el siguiente escalón y prefirieron abandonar. Puede que alguno de los que me lea se reconozca en esta situación.

Sin embargo, si en ese momento se le proporcionan las herramientas adecuadas, la progresión del adolescente es vertiginosa. Es algo que realmente desea hacer: indagar en la realidad de forma objetiva, en paralelo con la mayor toma de conciencia que experimenta de su entorno.

Quizás la casualidad o «no sabría decir bien qué» me llevó a comenzar algunos ensayos con metodologías que seguían un proceso científico-deductivo para alcanzar un alto grado en la representación de la realidad. Al principio solo ocupaban una pequeña parte de la materia, pero el resultado fue espectacular desde el primer momento. Alumnos que apenas habían dibujado antes, y que se describían a sí mismos como pésimos dibujantes, comenzaron de repente a realizar dibujos de una complejidad sorprendente. Les resultaba fácil, y su progresión era muy rápida. Dibujar se volvió algo accesible: tenían una herramienta que lo posibilitaba.

Aprender a dibujar es aprender a ver. Si entendemos cómo funciona nuestra percepción visual, seremos capaces de representar aquello que vemos en un papel. No se trata de una cuestión de habilidad, sino de comprensión intelectual. Es un proceso que activa áreas y razonamientos que habitualmente no se trabajan. Hay personas que poseen ese talento y lo han desarrollado de forma intuitiva, pero también existen métodos ¿algunos muy sencillos¿ que, partiendo de un desconocimiento absoluto, permiten adquirir un nivel alto en la representación de la realidad.

He llamado «capturar ángulos» a uno de esos métodos, que se apoya en una herramienta muy elemental, al alcance de cualquiera. Y en todo este proceso solo hago una cosa: enseñar a ver.

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El progreso ha sido rápido y eficaz en alumnos de primer y segundo ciclo de secundaria. Los trabajos que se muestran son de esos niveles. En nuestro centro no hay bachillerato artístico, aunque ofertamos una optativa en bachillerato.

Los espacios exteriores del centro son uno de los enclaves habituales de trabajo. La ruptura con la rutina del aula es también un aspecto interesante. Los alumnos se ubicaban en distintos emplazamientos, desde la cafetería hasta otras dependencias. Las escaleras, con sus complejos problemas espaciales, eran uno de los lugares más recurrentes.

Allí, el alumno trabaja con total autonomía. La asistencia del profesor se limita a breves revisiones del avance del trabajo. Las correcciones se enfocan en ayudar al alumno a descubrir qué detalles perceptivos puede estar pasando por alto, para trasladar la imagen que contempla al papel con un grado adecuado de exactitud.

Descubriendo detalles perceptivos.

 

Una alumna me comentó que su padre, al ver la calidad de los trabajos y el gran formato usado, le preguntó qué hacía yo para conseguir esos resultados tan extraordinarios. Ella le contestó: «Nada, no hace nada, nos deja que lo hagamos todo solos». Y es una respuesta estupenda. Esa alumna había entendido perfectamente el objetivo: su ojo estaba educado y ya no necesitaba nada más.

Desde que estos procedimientos se convirtieron en el eje de la asignatura, han sido múltiples las muestras y exposiciones en salas municipales y plazas.

Los visitantes a menudo preguntan si las obras son de una academia o de un estudio de pintura. Cuando les digo que son de los niños de un instituto, se sorprenden. Además de fortalecer las bases para un dibujo sólido empecé simultáneamente a consolidar la confianza y autoestima de los alumnos trabajando en formatos de gran tamaño.

Dos alumnas presentan su interpretación del Joker, resultado del proyecto de dibujo basado en observación y análisis visual.

«El lenguaje Gráfico del Cómic». Exposición de alumnos del IES Alonso Cano de Dúrcal (Granada)

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En un primer momento, el mundo del cómic «en sus estilos de mayor realismo» me pareció ideal para el estudio de la anatomía humana. Hace unos años era un tema de gran interés entre el alumnado, impulsado por la ola de películas sobre esa temática. Esta idea fue evolucionando en paralelo a la sensibilidad y los gustos cambiantes de los alumnos, sin abandonar ya las grandes dimensiones.

Esta ha sido otra ruptura, como la del espacio de trabajo. De repente, un papel, a veces de tamaño mayor a la estatura del alumno, crea una nueva relación: ya no se trata de un ejercicio, sino de una producción personal, algo que se hace para uno mismo, para el disfrute propio. Y eso hace que se involucren intensamente en sus dibujos.

El retrato es otro de los objetos de estudio. Después del confinamiento, cuando los rostros volvieron a descubrirse, celebramos ese momento con un taller que implicó a todo el centro. El objetivo era volver a mirarnos con profundidad. Se hicieron más de trescientos retratos en un centro de unos 500 alumnos.

Bajo el porche, en los recreos, varios alumnos de tercero y cuarto ¿e incluso algunos profesores¿ hacíamos (o nos hacían) retratos a todo aquel que se sentaba junto a la silla de pala en la que trabajábamos. Además de las cuestiones técnicas, está el factor humano: ver a otra persona, mirar con intensidad y de forma limpia, con un objetivo estético. Mirar la belleza del otro. Es una actividad que me fascina por todo lo que conlleva.

Estudiantes y modelos posan juntos: un retrato que une generaciones y celebra la mirada artística del alumnado.

 

Por último, apareció otro ingrediente más que ha creado una tradición y un empuje emocional hacia estas actividades. Al principio, al final de curso, realizaba una muestra de trabajos en el centro. Pero casualmente, el técnico de la Casa de la Juventud, Carmelo Espinosa, vio alguna y me propuso llevarlas a la sala de exposiciones municipal.

 

 

 

Los alumnos contemplan esas exposiciones año tras año, y cuando solicitan la optativa, ya vienen con una idea clara de lo que quieren realizar.

Se me hace difícil resumir todo lo realizado, ha fluido y crecido de forma natural, una actividad ha atraído a otra, y sobre ella han surgido nuevas variantes. Espero que los vídeos que comparto ayuden a conocer más a fondo esta forma de trabajar y sirvan como estímulo creativo. Son muchas las posibilidades, muchos los enfoques desde los que se puede lograr que un alumno experimente un crecimiento personal que refleje a través de sus dibujos. Aprendiendo a ver, el dibujo deja de ser una técnica y se convierte en una forma de conocimiento.