El sueño de una diabetes tipo 1 sin insulina ya no se vende como un gadget más preciso para pincharse, sino como un cambio de guion: dejar de ir siempre por detrás del azúcar y empezar a intervenir en las dos causas que lo desencadenan todo. La primera es inmunológica (el sistema inmune se equivoca y destruye las células beta del páncreas).
La segunda es biológica (esas células beta, una vez perdidas, no se recuperan solas). De ahí que las terapias más punteras se estén concentrando en frenar el ataque y reponer la fábrica —y, si es posible, hacerlo sin pagar el precio de una inmunosupresión de por vida.
En ese mapa destacan tres tratamientos que, por distintas vías, empujan hacia la idea «sin insulina». No son equivalentes, no sirven para los mismos pacientes y todavía no están pensados para uso masivo, pero juntos explican por qué el tema ha pasado de utopía a conversación seria en congresos y agencias reguladoras.
Retrasar el debut “clínico” de la tipo 1
La primera gran puerta se llama teplizumab (Teizeild; antes conocido por su marca en EE. UU., Tzield). Es una inmunoterapia dirigida contra CD3 que «rebaja» la actividad de ciertos linfocitos T, los que lideran el ataque autoinmune.
La clave es cuándo se administra: en fase 2 de diabetes tipo 1, un estadio silencioso en el que hay autoanticuerpos y alteraciones de glucosa, pero aún no se ha cruzado el umbral de la diabetes clínica (fase 3) con necesidad continuada de insulina.
Los datos que han puesto a teplizumab en primera línea son muy fáciles de entender: dobla el tiempo mediano hasta progresar a fase 3. En el resumen de opinión positiva del CHMP (EMA), la mediana fue de 49,5 meses con Teizeild frente a 24,9 meses con placebo. En otras palabras: años ganados antes de entrar en la rutina de la insulina diaria.
La EMA lo presentó en noviembre de 2025 como un tratamiento “first-in-class” para retrasar el inicio de la fase insulinodependiente, con una administración en infusión diaria durante 14 días.
Ese «ganar tiempo» no es un detalle menor: en tipo 1, el desgaste no es solo médico, también mental y logístico. Pero la letra pequeña importa, porque hablar de inmunoterapia significa hablar de seguridad.
En la documentación del CHMP se mencionan como reacciones frecuentes la linfopenia, leucopenia, neutropenia y rash, y como reacción grave más habitual el síndrome de liberación de citocinas.
Además, para que esta estrategia funcione a gran escala hay un cuello de botella: identificar a quienes están en fase 2.
Islotes ‘fabricados’ con células madre
La segunda puerta es la que ha encendido los titulares de «curación» con más fuerza: la terapia celular con islotes pancreáticos derivados de células madre, conocida por su nombre clínico zimislecel (VX-880). Aquí la estrategia es directa: si el cuerpo perdió su capacidad de fabricar insulina, se le devuelve con células funcionales ya “entrenadas” para secretarla.
En el ensayo fase 1-2 publicado en ‘The New England Journal of Medicine’, los participantes pasaron de no tener C-péptido detectable (señal de producción endógena) a recuperar secreción de insulina tras la infusión. En quienes recibieron dosis completa y tuvieron al menos un año de seguimiento, 10 de 12 lograron independencia de insulina al día 365.
Es una imagen potente: islotes «fabricados» a partir de células madre que se implantan en el hígado tras una infusión única. En ese pequeño estudio, 10 de 14 dejaron de necesitar insulina en unos seis meses y el efecto se mantenía al año; otros dos redujeron dosis (se hablaba de recortes del 36% y del 70%).
Es un salto clínico real, pero viene con el peaje que todavía limita el sueño: la inmunosupresión para evitar el rechazo, con el aumento de riesgo de infecciones y complicaciones que eso implica.
Islotes “hipoinmunes” editados con CRISPR
Y ahí aparece el tercer gran nombre propio del “cómo hemos llegado hasta aquí”: Douglas A. Melton. Su laboratorio fue pionero en convertir células madre en células beta productoras de insulina, y su trabajo —reconocido con el Abarca Prize— se ha centrado no solo en fabricar una buena «pieza de recambio», sino en el gran problema de fondo: cómo proteger esas células del ataque autoinmune para que la sustitución no sea pan para hoy.
En otras palabras: la ciencia ha aprendido a construir un páncreas en miniatura… y ahora necesita aprender a cuidarlo dentro de un cuerpo que, por defecto, lo considera enemigo.
La tercera puerta intenta resolver justamente ese bloqueo con una idea que parece de espionaje biológico: hacer “invisibles” las células trasplantadas para evitar inmunosupresión.
En 2025, un equipo publicó en NEJM el caso de un paciente con tipo 1 al que se le trasplantaron islotes alogénicos modificados genéticamente (producto UP421) y, lo relevante, sin inmunosupresores.
Las células fueron editadas para reducir señales de reconocimiento inmunitario (depleción de HLA mediante ediciones) y para aumentar CD47, una proteína asociada al mensaje de “no me ataques”.
El resultado es una prueba de concepto con más prudencia que épica: la dosis fue baja y el seguimiento inicial, pero a las 12 semanas se observó secreción de C-péptido (insulina propia) sin evidencia de respuesta inmune contra el injerto, y la cobertura especializada subrayó que este tipo de trasplante podría abrir un camino hacia terapias celulares sin convertir al paciente en inmunodeprimido crónico.
El punto crucial es que esto no “sustituye” todavía a la insulina para todos; lo que hace es demostrar que el camuflaje inmunológico podría funcionar y, si escala, cambiar el balance riesgo-beneficio del trasplante.
Vistas juntas, estas tres líneas no compiten tanto como se complementan. Teplizumab intenta retrasar (y quizá modular) la enfermedad antes de que sea plenamente clínica. Zimislecel intenta restaurar una función cuando ya se perdió, aunque hoy dependa de inmunosupresión.
Y los islotes hipo-inmunes editados buscan que esa restauración sea sostenible sin apagar defensas. De hecho, una inmunosupresión más selectiva podría volver “viable” el trasplante de islotes con un perfil de seguridad más razonable.
¿Estamos ya en una tipo 1 sin insulina? No en el sentido literal y universal. Pero sí estamos en un punto nuevo: por primera vez hay una terapia que retrasa la fase insulinodependiente en personas de alto riesgo, otra que consigue independencia de insulina en un grupo seleccionado bajo inmunosupresión, y una tercera que sugiere que el futuro del trasplante podría ser sin inmunosupresión si la bioingeniería mantiene lo prometido.