Tal vez, el mayor privilegio para un arquitecto, frente a otros oficios artísticos, sea el de poder soñar con la inmortalidad. A fin de cuentas, ¿qué sucede cuando uno de ellos muere y su obra queda a medio hacer? Esto podríamos pensar de Frank Gehry, quien nos dejó el pasado 5 de diciembre a los 96 años. Algo queda en el mundo cuando tu obra no está finalizada y otros la harán por ti. Gehry, quien fue galardonado con el Premio Pritzker de Arquitectura en 1989, es internacionalmente conocido por su estilo desconstructivista. Y aquí, los vascos le conocen bien por haber diseñado el excelso Museo Guggenheim de Bilbao.
Sin embargo, la obra más ambiciosa del arquitecto pasa por su hogar natal, en Toronto. Allí, en pleno centro de la capital de Ontario, se espera que se ubiquen dos de los edificios más impresionantes del mundo, el Proyecto Forma, el cual consta de dos rascacielos de 84 y 73 pisos respectivamente y que albergarán más de 2.000 viviendas de lujo, encargando el interior de los mismos al arquitecto de interiores canadiense Paolo Ferrari. «Nuestra intención fue crear espacios que tuvieran una intención», aseguró Gehry, por lo que tendrá un uso cultural, con salas de coworking y clubes creativos.
Aunque el proyecto se planteó por primera vez en 2013, fue en 2022 cuando Gehry desveló varias imágenes del proyecto, anunciando que parte del complejo sería una extensión del Ontario College of Art and Design. «Cada ciudad del mundo tiene su propia luz, y esta se ve modificada por los edificios de la ciudad», afirmaba el genio, en declaraciones recogidas por la Revista AD.
Así, se propuso diseñar un edificio que «captara la esencia de Toronto». Para ello, se inspiró en el Grupo de los Siete, un colectivo de pintores canadienses, y entre sus materiales escogió piedra caliza, muebles escultóricos de inspiración escandinava y una instalación artística colgante que creó inspirándose en las hojas de arce, el símbolo de Canadá.
Fotos del Proyecto Forma. (FORMA Project)
La fachada y parte exterior es puro Gehry. Cada torre quedaba dividida en bloques, que se apilan uno a uno, retorciéndose para dar una sensación como de danza, y luego quedarían cubiertos de facetado y acero, siendo fiel a sus construcciones pasadas de titanio. «El proyecto parecía ser más una declaración estética que un estímulo para su ego», asegura Ari Alstedter, periodista de Bloomberg, quien nada más enterarse de su muerte decidió desplazarse a la zona cero del proyecto.
«Quería que las dos torres tuvieran personalidad propia, pero también que se comunicaran entre sí, creando un añadido dinámico»
«Cuando nos conocimos, tuve la impresión de que aunque ya muchos le consideraban como el mejor arquitecto de todos los tiempos, él quería embarcarse en el proyecto porque tenía todavía algo que demostrar», señalaba el periodista. Aunque pasó la mayor parte de su vida en Los Ángeles, Gehry nunca ocultó su vínculo con Toronto ni sus amistades, entre las que destaca el empresario cultural David Mirvish, impulsor inicial del proyecto.
«Quería que las dos torres tuvieran personalidad propia, pero también que se comunicaran entre sí, creando un añadido dinámico y que cambiara el skyline», aseguró Gehry, en declaraciones recogidas por Dezeen. Por esto mismo, el arquitecto canadiense vivirá para siempre, ya que cada vez que alces la vista, estos dos rascacielos serán la impronta y herencia más inmediata a su ciudad natal.
Tal vez, el mayor privilegio para un arquitecto, frente a otros oficios artísticos, sea el de poder soñar con la inmortalidad. A fin de cuentas, ¿qué sucede cuando uno de ellos muere y su obra queda a medio hacer? Esto podríamos pensar de Frank Gehry, quien nos dejó el pasado 5 de diciembre a los 96 años. Algo queda en el mundo cuando tu obra no está finalizada y otros la harán por ti. Gehry, quien fue galardonado con el Premio Pritzker de Arquitectura en 1989, es internacionalmente conocido por su estilo desconstructivista. Y aquí, los vascos le conocen bien por haber diseñado el excelso Museo Guggenheim de Bilbao.