“Un artista no puede ser egocéntrico; es imposible. Tiene que nutrirse del mundo, de las historias ajenas o cercanas”. Sofía Ellar lo dice mientras prepara café en su casa, sin interrumpir el gesto. Habla desde un espacio que parece pensado para lo cotidiano: luz constante, pocos ornamentos, colores repartidos sin un orden evidente y gatos que atraviesan las estancias como si no hubiera visita.
En la planta superior está el estudio donde acaba de terminar ‘ELLAR’, su cuarto disco. Invita a subir. El lugar es atípico: paredes cubiertas de tonos vivos, figuras que remiten a lo infantil —unicornios, objetos pequeños— y una sensación de permanencia, como si ese imaginario no hubiera sido abandonado del todo. “Mi primera canción la escribí con trece años”, cuenta. Fue una poesía dedicada a su abuelo, escrita después de un sueño: ella volaba en una cometa, daban la vuelta al planeta y, al final, él se marchaba. Aquella fue su primera canción; hoy, una de las más recientes vuelve a nombrarlo a él y a su abuela, que sigue viva.
«Nuestro trabajo no puede depender de estar todo el día con el corazón partido»
Sofía Ellar durante el rodaje de ‘chelsea road’, single de su cuarto disco: ELLAR. (Cortesía)
Ellar no presenta esa historia como excepción, sino como método. “Cuando escribes hay un instinto casi indeleble, autobiográfico”, explica. Aprendió, sin embargo, que no todo puede depender de la herida abierta. Lo dice al recordar una conversación con Diego Cantero, Funambulista, con quien comparte oficio y mirada: el trabajo —entendió entonces— no puede sostenerse únicamente en el desgarro.
De esa misma genealogía familiar nace ‘Palomita’. Sus abuelos se conocían desde la infancia y, cuando ella partió a París, él le enviaba cartas que viajaban en palomas mensajeras. Años después se reencontraron y se casaron. Ellar tomó esa historia —ajena y propia a la vez— y la convirtió en canción.
Sofía Ellar en una imagen cariñosa junto a su abuela. (Cortesía)
Antes de pensar la música como oficio, Sofía Ellar la pensó como lenguaje. Leía poesía —Neruda aparece en sus primeras referencias—, escuchaba a Silvio Rodríguez y componía desde muy joven. Sin embargo, al llegar a la universidad tomó una decisión pragmática: estudió Administración de Empresas en el Instituto de Empresa“. En los números no era tan buena como en marketing, que también formaba parte de la carrera, pero lo sacaba todo. Tuvimos profesores muy buenos”, recuerda.
Durante esos años no se desvinculó de la música, aunque ocupaba un lugar secundario. Cantaba de manera esporádica en bares por cincuenta euros, mientras el público conversaba y bebía. “Tú eras el fondo”, dice. Seguía escribiendo, componiendo, con la guitarra siempre cerca, pero el deseo de dedicarse a ello no se formulaba todavía como posibilidad real. “Nunca veía ese sueño de ser artista como una realidad. Pensaba que quizá podría trabajar en el sector musical, pero desde la parte del negocio”.
Sofía Ellar durante la presentación de su cuarto disco ‘ELLAR’. (Cortesía)
Esa intuición se convirtió en proyecto académico. Su trabajo de fin de grado fue un plan de negocio centrado en una artista independiente dispuesta a apostar por su carrera y a autofinanciarse. “En ese momento empezaban a florecer las redes sociales, la industria estaba cambiando y aparecían plataformas que te permitían mostrar tu trabajo al mundo entero”, explica.
La frontera entre teoría y experiencia se difuminó de forma inesperada. Una tarde, tomando una caña con un compañero de clase, le contó el tema de su trabajo de fin de grado. Él le respondió que su madre era Rosa Lagarrigue. Ellar lo recuerda como una anécdota decisiva. Lagarrigue había sido mano derecha de Miguel Bosé, fundado su propia compañía de representación y acompañado la carrera de artistas como Mecano, Alejandro Sanz o Maná, hasta convertirlos en fenómenos capaces de llenar estadios.
«Rosa Lagarrigue me dijo: púlete, búscate y encuentráte en los escenarios»
Sofía Ellar durante el rodaje de ‘chelsea road’, single de su cuarto disco: ELLAR. (Cortesía)
Cuando llegó a casa y comprobó quién era Rosa Lagarrigue, la sorpresa fue inmediata. Le pidió a su compañero de clase si podía hablar con ella. El primer recuerdo que conserva de aquella conversación sigue siendo una frase concreta: “Púlete. Encuentra tu esencia. Búscate en los escenarios, cantante”. Ellar la cita sin énfasis, como quien repite una consigna que terminó volviéndose práctica. A partir de ahí, el vínculo fue también formativo. Lagarrigue le mostró estrategias de promoción, modelos reales de contratos o dinámicas internas del sector.
“Me dijo que, cuando entregara el trabajo y tuviera la foto con la orla, la llamara”, recuerda. Ella respondió que no quería esperar. Fue directamente a su oficina. Lagarrigue le ofreció trabajo. Ellar declinó. Le recordó aquellas primeras palabras y añadió: “Lo quiero intentar”.
Sofía Ellar en una imagen de su cuarto disco ‘ELLAR’. (Cortesía)
El proyecto académico se defendió ante un tribunal habituado a trabajos centrados en banca y finanzas. Sofía estructuró una primera parte rigurosa, ejecutiva, y cerró sacando la guitarra. Cantó. “Recuerdo la cara de los profesores deseándome suerte”, dice. El gesto no era una excentricidad: el plan que presentaba se ejecutaba al mismo tiempo. Mientras lo escribía, abría perfiles en redes, compartía canciones, ensayaba una forma de presencia pública. Cuando terminó la carrera, con veintiún años, tenía claro el coste de su primer disco: siete mil euros.
Los consiguió pidiendo apoyo económico a personas cercanas, con la promesa de devolverlo con intereses. Antes incluso de publicar el álbum, llenó una sala de Joy Eslava. “La gente había empezado a escucharme por YouTube”, explica. ‘Seis Peniques’ fue ese primer proyecto.
«Se puede vivir de la música, producir siendo mujer, con poco dinero y mucha formación»
Sofía Ellar en una imagen durante la producción de la portada de su disco: ELLAR. (Cortesía)
Desde entonces, constituyó su propia sociedad limitada y durante diez años ha producido su música de manera independiente. Reconoce que hubo caminos más sencillos y ofertas que rechazó. No se detiene en ellas. “No me arrepiento de nada”, afirma. Lo dice desde una convicción que traslada a quien lea: “Si alguien tiene ese sueño, que sepa que se puede. Siendo mujer, con poco dinero y con mucha formación”. Insiste en ello: el conocimiento —en su caso, el dominio de la parte empresarial de la industria— fue una herramienta decisiva.
Habla también del público que la acompaña, el de la canción de autor. Lo define como minoritario, pero constante. “Agradecido, sensible, educado”, enumera. Se emociona al referirse al vínculo que mantiene con quienes la escuchan. Frente a la idea externa del éxito, introduce un matiz: “Cuando la gente te habla de éxito, yo preguntaría más por el fracaso”. Recuerda conciertos llenos y otros, pensados para miles, en los que acudieron cien personas. En esos casos —dice— hay que volver a la niña que cantaba en bares, mantener la misma actitud y el mismo agradecimiento. “Cada persona que ha venido ha pagado por verte. Cantes para cien o para un pabellón lleno, hay que hacerlo igual”.
«El artista lo es desde que se acuesta hasta que se levanta»
Sofía Ellar durante la presentación de su disco ‘ELLAR’. (Cortesía)
Ellar lo resume con una certeza aprendida con el tiempo: ningún lugar al que se llega es individual. Detrás hay trabajo, equipo y una arquitectura invisible de decisiones. Un puzle cuidadosamente construido en el que, aun así, nadie puede garantizar el resultado.
La imagen de Sofía sentada en el sofá de su casa, descalza, acariciando a los gatos o encendiendo una vela, diluye por momentos la idea de estar ante una artista. La escena, doméstica y sin énfasis, contrasta con la proyección pública que la acompaña. Ella misma pone palabras a esa tensión constante: “Esto no es un trabajo del que puedas desconectar. No existe una capa invisible como la de Harry Potter, ojalá. Eres Sofía Ellar desde que te levantas hasta que te acuestas”.
Habla de una identidad compartida, sin compartimentos estancos. “Hay mucho de tu persona en el personaje y también del personaje en la persona. Son dos en una”, explica. Esa dualidad atraviesa incluso la imagen de su último disco. “Por eso la portada es así: las dos Sofías que construyen a Sofía Ellar”. Por un lado, la niña de raíces londinenses que pasaba horas escribiendo letras en un cuaderno; por otro, la mujer que terminó subiéndose a los escenarios, formando equipos, produciendo y sosteniendo una estructura profesional. No lo presenta como conflicto, sino como convivencia.
«El mundo real está muy desatendido, debemos invitar a reflexionar»
La portada de ‘ELLAR’, el cuarto disco de la artista. (Cortesía)
Esa misma conciencia marca el límite que impone a su vida privada. Reconoce que no le gusta exponerla. “Hay una línea muy fina entre la naturalidad, la cercanía y la pérdida absoluta de la privacidad”, dice. Insiste en esa delgadez casi imperceptible y en la necesidad de cuidado. Lo que sí ha decidido mostrar —con intención— son las emociones. “A veces gente de mi entorno me dice que no me vulnerabilice”, cuenta. Ella discrepa. Cree que el espacio digital está saturado de estímulos y que, paradójicamente, el mundo real es lo que permanece desatendido. “Quienes tenemos un altavoz tenemos la posibilidad de invitar a reflexionar. Quizá algo que dijiste en una entrevista hizo que alguien se fuera a dormir pensando”. Normalizar la expresión emocional, sostiene, no es debilidad: es recordarse humano.
Esa lógica atraviesa también su relato creativo. Al hablar de Libre, su disco anterior, no elude el proceso personal que lo acompañó. Comenzó desde un lugar de ilusión —iba a casarse, estaba feliz— y terminó en ruptura. Lo cuenta sin dramatismo. “No todo es bonito”, resume. Para ella, narrarlo no implica herir a nadie, sino asumir que la experiencia también forma parte del lenguaje artístico.
Sofía Ellar, portada del tour que realizó con su disco ‘Libre’. (Cortesía)
Hoy, el punto vital es otro. Se ha casado y ha transformado esa historia en canciones que verán la luz próximamente. Lo dice desde un lugar sereno. Confiesa que había llegado a imaginar un futuro sola —bromea incluso con montar una protectora de gatos— y que no contaba con encontrarse con alguien como, el que ya es su marido, Fernando. “De repente llega alguien y piensas: ¿dónde has estado todo este tiempo?”.
Un ‘sí quiero’ discreto sin ornamentos
La misma determinación con la que ha trazado su camino musical la acompaña en lo vital; también entonces fue ella quien dio el paso. Encargó a una amiga una cruz: él tenía 33 años, la edad de Cristo; el 24 de diciembre era una fecha significativa para ambos. Ese día se lo pidió. La anécdota se cierra con un giro casi involuntario: sin saberlo, Fernando había pedido a la misma amiga que encargara un anillo. “Me adelanté yo”, dice, sin subrayarlo.
Sofía Ellar junto a su marido Fernando. (Cortesía)
Quizá todo se pueda resumir en esa imagen que atraviesa su música y su relato sin alzar la voz. ‘Palomita’ no como canción, sino como idea: algo que va y vuelve, que transporta mensajes, que necesita distancia para orientarse y precisión para regresar. Nada en la trayectoria de Sofía Ellar parece construido desde el impulso ciego. Hay intuición, sí, pero también cálculo, formación, ensayo y error. Vuelo, pero con memoria. Durante la conversación, insiste en una misma certeza: nada ocurre de forma aislada. Ni el talento, ni el éxito, ni el fracaso. Todo responde a una cadena de decisiones, de aprendizajes acumulados, de personas que acompañan y de otras que se quedan fuera. El romanticismo —si existe— está en el trabajo sostenido, en la conciencia de oficio, en la capacidad de convertir lo vivido en lenguaje compartido sin convertirlo en espectáculo.
Sofía Ellar en una imagen de su cuarto disco ‘Ellar’. (Cortesía)
Sofía Ellar no habla de la música como refugio ni como salvación, sino como responsabilidad. Una forma de estar en el mundo sin desaparecer de él. De ahí su empeño en nombrar lo que siente, en proteger lo íntimo sin blindarse, en recordar que detrás de cualquier escenario hay una estructura frágil, humana, falible. Y que cantar —como vivir— exige atención, respeto y una cierta disciplina emocional.
Cuando se apaga la grabadora, la escena vuelve a ser doméstica: la casa, los gatos, el silencio interrumpido por gestos mínimos. No hay clausura solemne. Quizá porque, como en sus canciones, nada se cierra del todo. Las historias —como las palomas— siguen viajando. Y en ese trayecto, lo único verdaderamente imprescindible es saber desde dónde se parte y a dónde se quiere volver.