Ante el joven Steven Spielberg había un horizonte de posibilidades. Un horizonte colocado a la manera que le había aconsejado John Ford: a la suya. Los setenta acababan de comenzar y Spielberg hacía autostop (de eso trata su primer corto, que daría nombre a la productora Amblin) con la esperanza de que algún productor lo recogiese en el camino. Para que el hambre no lo matase, estos le servían series, entre ellas el capítulo inaugural de Colombo, disponible en España gracias a SkyShowtime y Movistar Plus+.

Entre tanto, Robert Shaw apuraba la copa de la vida. Spielberg empezaría la siguiente década convertido en leyenda y Shaw moriría en la presente tras una vida de excesos. No obstante, los setenta le tenían reservado dos títulos capitales en su filmografía: El golpe y Tiburón. También, Caza humana, disponible en Prime Video y Filmin y que supuso el primer hermanamiento con quien luego sería su capitán de barco: Steven Spielberg. 

Vidas paralelas

Robert Shaw no era un hombre muy elocuente. Si Richard Dreyfuss y él no acabaron a puñetazos en Tiburón fue, entre otras cosas, porque el alcohol que alimentaba la agresividad de Shaw lo mantenía, también, en un permanente estado de embotamiento. Nada de ello evitó que interpretase a la perfección su monólogo acerca del USS Indianápolis.

Tampoco, que con Caza humana escribiese su segundo y penúltimo guion, además de protagonizarla él mismo. Al otro lado de la cámara, lo amparaba uno de esos directores de la hoy desvencijada segunda fila de oro de Hollywood, y a la que perteneció Rob Reiner: Joseph Losey. Losey había filmado El sirviente y El merodeador, dos obras magistrales, y venía de asistir a la enésima pelea en gran pantalla de Richard Burton y Elizabeth Taylor en La mujer maldita. Así que Robert Shaw y Joseph Losey acordaron rodar algo tan eficaz como falto de pretensiones. Algo con lo que pasar el rato.

Al otro lado del mar, la Universal le concede a Spielberg, al fin, su deseo: un telefilme con Dennis Weaver, que pronto se haría popular como el policía vaquero McCloud. No era mucho, pero, al fin y al cabo, Spielberg tenía 24 años. El guion se lo prestó Richard Matheson, autor de la novela Soy Leyenda. Su título sería Duel (en España, El diablo sobre ruedas). En definitiva, algo tan eficaz como falto de pretensiones. Algo con lo que pasar el rato. 

Un helicóptero, un camión y un tiburón

Caza humana, coprotagonizada por Robert Shaw (en origen, su papel lo iba a hacer Peter O’Toole) y Malcolm McDowell, tuvo la acogida esperada. Al público le gustó la premisa: dos tipos recién salidos de la cárcel a los que sigue por todas partes un helicóptero negro. En cambio, El diablo sobre ruedas no se ciñó a sus expectativas. En cuanto la ABC la estrenó en televisión, supo que se había equivocado. La pequeña pantalla no era digna de aquello. 

Spielberg acababa de filmar el que aún hoy se considera el mejor telefilme de todos los tiempos, una película sobre un navegante en la autopista al que un camión comienza a perseguir sin que jamás se sepa por qué. El diablo sobre ruedas fue homenajeado (en el primer tramo de Jeepers Creepers) y directamente plagiado (en Salvaje, con Russell Crowe) y, sobre todo, demostró que Spielberg tenía el horizonte justo donde lo quería. Tras desfogarse en el simpático y pendiente de reivindicación largometraje para cine Loca Evasión, Spielberg y Shaw se conocieron al fin en Tiburón. 

Ambos venían de un mismo lugar: de vagar sin rumbo, perseguidos por una bestia que los acechaba. Para uno, esa bestia era la falta de oportunidades y, quizá, la pérdida de confianza en el talento propio. Para otro, litros y litros de whisky que cuajaban ya en sus venas y el aliento cada vez más nítido de la muerte. Y recuperaron su sonrisa frente al animal más apropiado: el tiburón, que para eso tiene 300 dientes.