Muerta el pasado 28 de diciembre, Brigitte Bardot dispuso en su testamento adónde iría a parar su fortuna, estimada en sesenta millones de euros. Gran parte de ella para beneficiar a su fundación de animales, cuyos responsables podrán dedicarles el cuidado y extrema atención que ella mantuvo obsesivamente en vida. El resto de ese patrimonio será para su hijo Nicolás-Jacques Charrier, de sesenta y seis años, al que nunca quiso, a partir del mismo día de su nacimiento. Probablemente se lo pensó dos veces a la hora de registrar notarialmente esa parte de su herencia para quien apenas trató, quien reside en Noruega con su esposa, dos hijas y un par de nietas, totalmente ajeno a cuanto tiene que ver con su madre. Mas ha de recordarse que los hijos son herederos obligatorios según las leyes francesas y según ellas, éstos han de recibir, siquiera, una mínima parte de cuanto conste en las testamentarías. Respecto a su marido, el cuarto de su lista matrimonial, Bernard d’ Ormarle, lo ha olvidado en ese reparto, ni siquiera le ha dejado un solo euro.

Dejado aparte el dinero contante y sonante que tenía depositado en bancos, B.B era propietaria de su chalé «La Madrague», sito en la localidad costera del sur de Francia, Saint-Tropez, donde ha vivido la mayor parte de sus noventa y un años. También en ese pueblo era propietaria en sus colinas de otra residencia, en la zona de La Garrigue. Y de la finca de enormes dimensiones donde se encuentra la fundación, de la que se ocupa un buen número de empleados y hasta voluntarios sumados a ese centro. Brigitte tenía además una villa en Cannes.

Brigitte Bardot quería ser enterrada junto a sus queridos animales (en eso coincidía con el difunto Alain Delon), pero las autoridades no lo han consentido y su sepultura será en el panteón familiar, frente al Mediterráneo.

Aunque estaba retirada del cine desde que cumplió cuarenta años, la leyenda de B.B. ha continuado hasta el final de sus días. Era un mito, pionera en la defensa de la libertad de la mujer. Excéntrica en su comportamiento social. Intratable para los periodistas, como pude comprobar un lejano verano cuando me acerqué a ella en el Marbella Club, elegante hotel propiedad de Alfonso de Hohenlohe. Era media tarde de julio cuando bajó a la playa. Me acerqué a ella con la pretensión de una entrevista, siquiera breve. Levantó la cabeza y en perfecto español me dijo: «Si no me dejas tranquila, tendré que irme». Y me fui, claro. A sabiendas de que era uno más de los reporteros que ella despreciaba olímpicamente, pero al menos, no sé si reconfortado o ufano por haber intercambiado unas frases con la antipatiquísima estrella francesa.