Cuando el 10 de enero de hace diez años el mundo despertó con la noticia de que había muerto David Bowie, pocos se lo podían creer. ¿Cómo era posible? Apenas un par de días antes, en su 69 cumpleaños, había lanzado ‘Blackstar’, su vigesimoquinto álbum, una colección de canciones tan extraña y difícil como genial y estimulante, que recuperaba al duque blanco más experimental y atrevido. Tres años antes, Bowie había puesto fin a una década de silencio discográfico con ‘The Next Day’, un brillante álbum que, como bien apuntaba Fidel Oltra en la crítica que escribió para Muzikalia, sonaba a «una especie de grandes éxitos donde todas las canciones son nuevas». Así que cuando llegó este nuevo LP, anticipado por dos singles esta vez y sin el efecto sorpresa, todo el mundo dio por sentado que el músico británico había dejado atrás su bache creativo y se reincorporaba con inusitado entusiasmo a los engranajes de la industria musical. Si hasta las fotografías promocionales del disco, realizadas por Jimmy King unos meses antes, mostraban a un elegante Bowie, con traje gris marengo y sombrero, sonriendo abiertamente, con un desparpajo casi infantil.