Enero llega cada año con la sensación de que hay que empezar de cero. Después de semanas de comidas abundantes, horarios desordenados y poco descanso, muchas personas sienten que algo no va bien. La tripa se hincha, aparecen gases, pesadez, digestiones lentas o esa incomodidad constante que hace pensar que «algo me está sentando mal».

No suele ser casualidad. Tampoco significa que el cuerpo se haya estropeado de repente. En la mayoría de los casos, lo que ocurre en este mes es una especie de resaca fisiológica. El sistema digestivo viene de un periodo intenso y necesita tiempo para volver a la calma.

Durante las fiestas, se acumulan pequeños factores que, sumados, generan inflamación: más comida de la habitual, platos más grasos, más alcohol y azúcares, menos verduras y fibra, cambios continuos de horarios y un nivel de estrés más alto.

La dieta puede resentir tu intestino.

Aunque hayan sido solo unas semanas, el organismo lo registra, y el intestino es uno de los primeros en notarlo.

Cuando el sistema está inflamado, todo se vuelve más sensible. La digestión se ralentiza, se producen más gases y aparece una sensación de hinchazón, incluso comiendo cantidades normales.

Es común que alimentos que antes se toleraban bien empiecen a generar molestias. El café, el pan, los lácteos o incluso algunas frutas pueden sentar peor de lo esperado. Esto lleva a muchas personas a pensar que han desarrollado una intolerancia de forma repentina. En ese punto puede llegar a cobrar sentido realizarse tests médicos.

Sin embargo, lo que suele estar ocurriendo no es eso, sino un intestino reactivo. Un tejido inflamado responde más a los estímulos, igual que una piel irritada reacciona ante cualquier roce. En este contexto, el cuerpo se vuelve más sensible de forma temporal.

En ocasiones, incluso la fruta puede causar malestar digestivo.

En ocasiones, incluso la fruta puede causar malestar digestivo.

Foto de Anastasia Zhenina en Unsplash

Por eso, enero es un mes delicado para lanzarse a hacerse determinadas pruebas. Cuando hay inflamación, los resultados tienden a no reflejar la situación real del organismo. Estudios de intolerancias, digestivos o incluso analíticas pueden verse alterados por el estado inflamatorio, el estrés acumulado o los cambios recientes en la alimentación.

Esto aumenta el riesgo de obtener resultados confusos, de interpretar como crónico algo que es transitorio o de empezar a eliminar algunas propuestas nutricionales sin una base sólida.

El problema es que estas decisiones suelen llevar a un círculo difícil de romper. Se quitan alimentos, la dieta se vuelve cada vez más restrictiva y, lejos de mejorar, la digestión se resiente aún más. El cuerpo, que ya venía estresado, recibe un estímulo adicional de alerta.

Imagen de archivo de una mujer haciéndose la comida.

En enero es muy habitual caer en el enfoque del castigo. Después de los excesos, aparece la urgencia por ‘compensar’: dietas estrictas, protocolos depurativos, ayunos forzados o suplementos tomados sin criterio.

Pero un cuerpo inflamado no necesita más presión, sino lo contrario. La restricción extrema suele aumentar el estrés digestivo, alterar la microbiota y prolongar las molestias.

Antes de pensar en diagnósticos, pruebas o planes nutricionales complejos, te propongo algo mucho más sensato: volver a una alimentación sencilla y consciente.

Recuperar horarios, priorizar comida real, sentarse a la mesa con calma y dar protagonismo a lo que nutre de verdad suele ser suficiente para que la inflamación empiece a bajar. Cuando esto ocurre, la tripa se deshincha, las digestiones mejoran y muchas de esas supuestas intolerancias desaparecen por sí solas.

Las restricciones alimentarias nunca son buena opción.

Las restricciones alimentarias nunca son buena opción.

Foto de Farhad Ibrahimzade en Unsplash

El cuerpo en enero no necesita perfección, necesita coherencia. Y también regularidad, descanso y unas pautas que acompañen en lugar de exigir. Poco a poco, el sistema digestivo recupera su capacidad de adaptación y sensibilidad habitual.

Imagen de archivo de una chica haciendo una comprobación de su sensor de glucosa.

Uno de los errores más frecuentes es empezar quitando elementos antes de aprender a comer. Y debería ser al revés. Una alimentación bien planteada, variada y suficiente reduce la hinchazón, mejora la función intestinal y fortalece la microbiota. Un intestino cuidado suele asumir bien más propuestas, no menos.

Cuando la inflamación se mantiene en el tiempo, es más fácil que aparezcan intolerancias reales o que se desarrollen problemas persistentes. Por eso no conviene normalizar vivir hinchados ni asumir que la solución pasa siempre por eliminar y restringir. Muchas veces se trata de cuidar mejor el conjunto.

Enero puede ser un buen punto de partida si se entiende desde otro lugar. No como un mes de castigo, sino como un momento para escuchar al cuerpo, recuperar hábitos básicos, aprender sobre nutrición y construir una relación más tranquila con la comida. Las decisiones más drásticas pueden esperar.

Un organismo nutrido, descansado y en calma ofrece respuestas mucho más claras.