En ese territorio incierto en el que todos hemos sucumbido, la figura de Vincent van Gogh (1853-1890) emerge como un espejo incómodo, pero profundamente humano. El pintor neerlandés no escribió nunca una lista de propósitos de año nuevo. Pero en sus cartas a su hermano Theo (1857-1891), especialmente en las fechadas entre los últimos meses de 1888 y los primeros de 1889, dejó algo más valioso que un catálogo de buenas intenciones: cinceló una actitud vital frente a la dificultad. Sus palabras no nacen del optimismo ingenuo, sino de la experiencia directa del dolor, la enfermedad y la soledad. Precisamente por eso siguen interpelándonos hoy en día.
Trabajar como meta
Uno de los propósitos más constantes de Van Gogh fue también el más sencillo en apariencia: seguir trabajando. En una de las muchas cartas que escribió a su hermano, que se conservan en el Museo Van Gogh de Amsterdam, decía que “a pesar de todo, volveré a coger el trabajo. El trabajo me distrae infinitamente mejor que cualquier otra cosa”, haciendo referencia a que quería continuar pintando. Lo más importante no era aquí el trabajo entendido como ruta hacia el éxito, sino el trabajo como meta en sí misma manteniéndose en movimiento cuando la mente amenaza con paralizarle. Para personas como Van Gogh, comenzar un nuevo año implicaba enfrentarse a situaciones que no ha elegido, como lidiar con una enfermedad, afrontar la precariedad o soportar la ansiedad.
Todos poseemos en nuestro interior un poco de aquel Vincent y en ese contexto el propósito no debe ser siempre llegar más lejos, sino simplemente no detenerse del todo. Así, Van Gogh pintaba para no desaparecer. Su deseo no era brillar; era no apagarse. Saber aceptar que habrá días en los que nuestra meta no sea ganar es un propósito más que honesto.
La aceptación
En otra carta de Vincent a Theo el primero reflexiona sobre la necesidad de aceptar su propia situación, dado que “hay que aceptar la propia condición humana, con paciencia y sin desesperarse”. Este profundo pensamiento choca de lleno con la cultura y mensaje actuales que más y mejor se venden en torno a la inmediatez y la autoexigencia. Nos proponemos cambios radicales en plazos imposibles y cuando no los cumplimos transformamos nuestra decepción en culpa. Si parafraseamos a Van Gogh, es preciso entender que la paciencia no es pasividad, sino una forma discreta de hacer frente a las adversidades externas y a los monstruos internos. Reconocer nuestras limitaciones sin tildarlas como fracasos es un propósito muchísimo más realista que cualquier canto de sirena que llama a la perfección.
Perseverancia
Otro de los grandes temas que aparece en sus cartas es el de la perseverancia. “Tengo la firme intención de seguir adelante, aunque muchas veces no vea el resultado”. Éste es un mensaje especialmente relevante para quienes no saben si su esfuerzo dará frutos, si su trabajo será reconocido. Vincent van Gogh pintó sin saber que algún día sería valorado, lo hizo sin público, sin aplausos, con los bolsillos vacíos.
Si fuera posible resumir las aspiraciones del genio neerlandés para aquel año de 1889, sólo habría que releer sus cartas. Esos deseos no eran grandiosos ni espectaculares. Tan sólo se centraban en continuar con su trabajo y saber esperar sin desesperarse. De hecho, ni tan siquiera fue capaz de rozarlos, ya que en mayo de aquel año ingresó en el sanatorio de Saint Paul de Mausole, en donde pintó La noche estrellada, una de sus obras más emblemáticas.
Tal vez esta enseñanza sea buena para el común de los mortales: no proponernos imposibles, sino comprometernos con lo esencial. Avanzar cuando se pueda, detenerse cuando sea necesario y sobre todo… no abandonar lo que nos da sentido. Eso es lo que nos recuerda la vida y la obra de van Gogh. En cierto modo, la vida no se mide por los lugares a los que llegamos, sino por los caminos que nos atrevemos a andar.