La Primera Guerra Mundial no solo dejó cicatrices en los mapas de Europa, redibujando fronteras con la tinta roja de la sangre; dejó cicatrices, mucho más profundas y atroces, en la carne de quienes la combatieron.

Cuando se habla de la Gran Guerra, la mente vuela hacia las trincheras del Somme o de Verdún, hacia el gas mostaza y el barro. Pero existe otra historia, mucho más silenciosa y profundamente conmovedora, que a menudo queda sepultada bajo las estadísticas de bajas: la historia de los gueules cassées (las «caras rotas») y la de la mujer que, armada con pinceles y cobre, decidió devolverles la dignidad que la artillería les había arrebatado. Hablamos de Anna Coleman Ladd, la artista que demostró que la belleza no es un fin estético, sino un imperativo moral.

La tragedia de los hombres sin rostro

La guerra moderna trajo consigo una paradoja cruel. Los avances en la medicina permitían sobrevivir a heridas que antaño hubieran sido mortales, pero la tecnología armamentística —la metralla, los lanzallamas, los francotiradores— provocaba mutilaciones espantosas. Miles de jóvenes regresaban del frente sin nariz, sin mandíbula, sin ojos. Eran héroes, sí, pero héroes a los que la sociedad no podía mirar a la cara sin apartar la vista con horror.

El drama de estos hombres era absoluto. Se les llamaba los «monstruos». Muchos eran repudiados por sus propias familias; las novias rompían los compromisos, los niños huían gritando al verlos. Se les condenaba a una muerte civil, a vivir recluidos en hospitales o en habitaciones oscuras, sin espejos, avergonzados de haber sobrevivido. Francia, en su desesperación, no sabía qué hacer con ellos. Y entonces llegó ella.

El taller de los milagros

Anna Coleman Ladd no tenía ninguna necesidad de estar allí. Nacida en Filadelfia y educada en las mejores academias de Europa, era una mujer de la alta sociedad bostoniana, escultora de éxito y escritora. Podría haberse quedado en la seguridad de su estudio en Massachusetts, esculpiendo ninfas y fuentes para jardines aristocráticos.

Pero la caridad cristiana y el sentido del deber, valores que hoy parecen en desuso, la empujaron a cruzar el Atlántico en 1917. Su marido, el Dr. Maynard Ladd, había sido destinado a dirigir un hospital de la Cruz Roja en Francia. Ella, conociendo el trabajo pionero del escultor británico Francis Derwent Wood en Londres, decidió fundar en París el «Estudio de Máscaras para Retratos» (Studio for Portrait Masks), bajo el amparo de la Cruz Roja Americana.

Anna Coleman Ladd y los demás escultores del Atelier des Masques, en el número 70 bis de la rue Notre Dame des Champs.

El proceso de creación de estas prótesis era único puesto que Anna y sus ayudantes no trabajaban en serie; sino que cada rostro estaba diseñado para un solo hombre. Primero, se tomaba un molde de yeso del rostro desfigurado. Sobre ese molde, Anna esculpía en arcilla las facciones perdidas, utilizando fotografías del soldado antes de la guerra para recuperar su verdadera identidad. De esta forma, no inventaba un rostro nuevo; recuperaba el perdido.

Una vez modelada la pieza, se galvanizaba en cobre muy fino, ligero como una pluma, y se plateaba. Pero lo más asombroso era el acabado final. Anna Coleman pintaba la máscara con esmalte directamente sobre el metal, estando el soldado presente y con la prótesis puesta. Incluso Anna pedía a los soldados que fumaran mientras ella pintaba, puesto que como ella decía, el humo del tabaco relajaba sus facciones y le permitía captar la expresión de sus ojos con mayor veracidad.

Finalmente, se añadían bigotes, cejas y pestañas hechos con pelo real. Las máscaras se sujetaban con gafas o con finos alambres ocultos tras las orejas. El resultado, visto en las fotografías de época en blanco y negro, es sobrecogedor. Hombres que parecían condenados a la oscuridad volvían a tener un rostro.

«Gracias por dejarme volver a casa»

El impacto de este trabajo no fue estético, sino espiritual. Anna Coleman no devolvía la funcionalidad (las máscaras no permitían masticar y apenas gesticular), pero devolvía algo más importante: la pertenencia a la raza humana. Se conservan cartas desgarradoras de agradecimiento.

Un soldado le escribió: «Gracias a usted, tendré una vida. Mi mujer ya no me tendrá miedo». Otro confesó que, gracias a la máscara, podría volver a su pueblo y entrar en la iglesia los domingos sin que los feligreses se santiguaran con espanto al verlo. Coleman Ladd les permitió recuperar su puesto en la mesa familiar y en el banco de la parroquia. Les permitió volver a ser padres, esposos e hijos.

Algunas de las máscaras del taller

Al contemplar la historia de Anna Coleman hoy, en pleno siglo XXI, la comparación con nuestra realidad resulta impactante. Vivimos en la era del culto al cuerpo, de la cirugía estética por capricho, de los filtros de Instagram que deforman la realidad para alcanzar un canon de belleza artificial y vacío. Gastamos fortunas en corregir «defectos» imaginarios, guiados por una vanidad narcisista. Frente a esta frivolidad, las máscaras de Anna Coleman se alzan como un monumento a la verdad. Aquellos soldados no querían destacar, querían ser normales, querían pasar desapercibidos, querían la bendición de la cotidianidad que nosotros despreciamos.

El legado de una heroína olvidada

El estudio cerró en 1920, cuando la mayoría de los soldados ya habían sido atendidos y regresaban a sus hogares. Las máscaras, hechas de cobre y esmalte, no duraron para siempre. Con el uso, se desgastaban, se abollaban. Los hombres que las portaban acabaron muriendo y, con ellos, sus rostros artificiales. Hoy quedan muy pocas de esas piezas en los museos.

Sin embargo, lo que perdura es el ejemplo. Anna Coleman Ladd fue nombrada Caballero de la Legión de Honor francesa, pero su mayor condecoración fue la sonrisa tímida, rígida pero auténtica, de los «valientes» (como ella los llamaba) al mirarse al espejo y reconocerse a sí mismos después de años de oscuridad. En un mundo donde el arte contemporáneo a menudo busca el feísmo, la provocación estéril o el nihilismo.

Anna Coleman fue la escultora que, en lugar de mármol, trabajó con el dolor para convertirlo en dignidad. Y eso es algo que ningún museo de arte moderno podrá igualar jamás.