Verónica Viñas

La historia de la saga de los Díez Rollán es de tragedia griega. León apenas conoce la magnitud de uno de sus artistas más internacionales, colaborador directo de Dalí y del cineasta Fassbinder. Su hijo, Manuel Donato Díez, también artista, muy conocido en Francia y, sobre todo, en Alemania, reivindica en sus exposiciones la obra de su padre, autor de la escultura La familia, instalada en Burgo Nuevo en 1992.

Díez Rollán, nacido en Boñar en 1924, pintor, escultor y escenógrafo que trabajó mano a mano con genios de su época, sigue siendo un enigma envuelto en niebla, como las montañas de su tierra natal. Fallecido en 2009, a los 84 años, dejó un legado que su hijo se empeña en rescatar adquiriendo cada obra de su padre que sale a subasta.
Admirado por Dalí, quien lo invitó a su refugio en Portlligat, Díez Rollán no fue solo un colaborador ocasional, sino un cómplice en la creación. Juntos forjaron el Cristo de los Escombros, hecho con restos de un aguacero en Portlligat, una obra surrealista de doce metros nacida de la basura arrastrada por un temporal a la playa de Cadaqués. Dalí ordenó depositar aquellos restos en su jardín: una barca de madera como abdomen, una mina magnética de la Guerra Civil como cabeza oxidada… «Este Cristo lo olvidaré aquí y volverá a la tierra muy lentamente», profetizó el catalán. El leonés asumió la responsabilidad diaria, revisada al amanecer por el maestro. En Cadaqués, Díez Rollán se hizo amigo del arquitecto y artista austríaco Ernest Fuchs. También su hijo entabló una «amistad hasta la muerte» con el propio Dalí. Influido por el expresionismo y el surrealismo, Díez Rollán bebía de fuentes como Picasso y Miró, con quienes mantuvo amistad, y su obra destila esa sutileza emocional.
Su peripecia vital es de esas que superan la ficción. Formado en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en los sesenta emigró a Alemania con sueños de conquistar el mundo artístico. «Creí que me iba a comer el mundo, pero las circunstancias reales pueden con cualquier fantasía», confesaba en una entrevista. Terminó en una fundición de Hannover, enfundado en un mono azul. Participó en una exposición colectiva que impresionó al Ayuntamiento, que compró tres de sus obras. De barrer suelos en la Ópera de Hannover pasó a ser escenógrafo en menos de un año. En Berlín, durante ocho temporadas, diseñó escenarios para los mejores teatros, y entre 1976 y 1978 colaboró con Fassbinder en proyectos cinematográficos y teatrales. De vuelta en España en 1981, trabajó con José Tamayo en montajes como La ópera de cuatro cuartos, de Brecht y Weill, una crítica ácida al capitalismo. En León, su huella es indeleble aunque discreta. Ahí está

La familia, esa escultura de acero icónica en Burgo Nuevo, que captura la esencia de lo cotidiano con un toque vanguardista. El Musac le redescubrió en 2010 con un documental que narraba su vida, y hoy un centro cultural en Boñar lleva su nombre. Pero Díez Rollán murió en el olvido, como tantos genios incomprendidos.
Ahí entra su hijo, Manuel Donato Díez, nacido en 1957 en Madrid, fruto del matrimonio de su padre con la pintora Arlette Jacob-Maquette, con la que tuvo otras dos hijas, Patricia y Cristina. Díez Rollán se casó otras dos veces. Criado en Berlín, aprendiz de su padre, estudió con Michael Croissant en la Städelschule de Fráncfort entre 1976 y 1979. Tras años como restaurador de madera y piedra —en la Catedral de Fráncfort, la Alte Oper, Freiburg y Hannover—, se estableció como escultor independiente en 1985. Vive en Nordstemmen, cerca de Hildesheim, con estudios en Burgstemmen y Samois-sur-Seine. Sus obras exploran temas clásicos españoles como la tauromaquia, junto a referencias bíblicas, y es miembro de la Fundación Taylor, la Société Nationale des Beaux-Arts de París y Le Cercle des Artistes Peintres et Sculpteurs du Québec.

Tras el legado paterno

En los últimos años, Donato ha tomado las riendas del legado paterno con una determinación que roza lo quijotesco. Compra obras de su padre en subastas internacionales, rescatándolas del anonimato mercantil para integrarlas en sus propias exposiciones. Su padre fue un puente entre el surrealismo y el expresionismo, un leonés que dialogó con los grandes. Entre sus amigos figuraban el escultor César Manrique, Tàpies, el artista francés Alain Bonnefoit, el pintor italiano Bernardino Toppi o el parisino Hervé Loilier. Al actor Karl Heinz Böhm, conocido por su papel de emperador Francisco José I de Austria en la trilogía Sissi, junto a Rommy Schneider, le vendió una escultura de una pelea de gallos. «Venía mucho por casa, como toda la troupe de actores de Fassbinder», relata Donato Díez.

Díez Rollán, montañés de pura cepa, nunca alardeó de sus amigos ni se aprovechó de ellos para impulsar su carrera. Este verano, su hijo quiso recorrer los paisajes de juventud de su padre. Un viaje sentimental en el que algunos vecinos mayores, que conocieron al artista de Boñar, le contaron historias inéditas sobre él.