Es superviviente del rock. Lo mismo se arranca con un número clásico de Elvis Presley o bien prefiere un rockabilly de lo más desenfadado. El caso es que José María Sanz Beltrán lleva enganchado a ese género musical cerca del medio siglo, desde sus inicios como locutor hasta consagrarse a estas alturas como un veterano rockero.
Puede mantener en su repertorio los viejos rockanrolls, para mezclarlos con piezas de hoy. Y ha tenido la valentía hace pocos meses de presentar un doble álbum junto a compañeros y amigos de la vieja guardia que ha titulado «Corazones legendarios» donde figuran duetos con legendarios artistas que van desde Miguel Ríos a Raphael. Su salud estuvo en juego no hace mucho: pudo perder la voz, y eso habría constituido el final de su carrera. A su vera tiene a una mujer comprometida en defensa del feminismo, que comparte con José María una ya larga vida en común junto a un hijo, con quienes mantiene una vida familiar estable.
Dejó el baloncesto por la música
José María Sanz nació en diciembre de hace sesenta y cinco años en El Clot, a las afueras de Barcelona. Y era como muchos otros chicos quien estaba buena parte del día callejeando, haciendo travesuras. Una le pudo costar la vida: encontró jugando al fútbol en un descampado un extraño objeto para él, que resultó ser una bomba sin explotar de los tiempos de la guerra civil, que acabó en una comisaría, donde fue felicitado. Si por casualidad hubiera manipulado la espoleta no lo hubiera contado, volando por los aires, con el cuerpo deshecho. Se convirtió en el héroe del barrio. Como también estrenada su juventud se enroló en varios grupos de música donde como vocalista trataba de imitar a los grandes del rock and roll norteamericano de los años 50, uno de los cuáles llevó por nombre el de ‘Los intocables’.
Como era alto y llegó a medir 1,95 el deporte en el que destacaría fue el baloncesto. Tuvo la fortuna de tener como entrenador a Aíto García Reneses, y como compañero a Epi, que fue quien le puso el mote de «Loquillo», aludiendo a su manera de ser y jugar. Hubiera podido ser un profesional del deporte de la canasta, pero al final triunfó su alma rocera y fundó un grupo que hizo historia en aquellos tiempos en los que en España iban naciendo conjuntos juveniles que estrenaban sus primeras guitarras eléctricas.
Al frente de una banda salvaje que destrozaba hoteles
«Yo he vivido al límite siempre«, concede Loquillo, recordando su juventud con ‘Los Trogloditas’. Eran los años 80 y ese grupo fue considerado por él mismo como salvaje: «Destrozamos hoteles, tomábamos todo tipo de drogas, haciendo un sinfín de barbaridades que ahora mismo no serían posibles, por impropias». Si no acabó en la cárcel, poco le faltó. En cuanto a tomar drogas, probó una de las más peligrosas: la heroína. «En mi barrio barcelonés corría por todas partes, la tomé por error, me equivoqué. Lo que no se me ocurrió nunca es seguir pinchándome. Me acordaba que estando en el colegio tuve hepatitis, lo que se comprobó al hacernos unos análisis de sangre hasta detectarse que nos habíamos contagiado varios por culpa de una aguja infectada».
Pese a su arrepentimiento ahora que disfruta de un bien ganado lugar como veterano del rock, dice que «una banda de rock como era entonces tenía que ser peligrosa. Yo grabé mi primer disco con Los Trogloditas en 1981, dos años antes de irme a la mili. Lo grabamos en un solo día».
Lo chusco es que, antes de haber dado aquel paso, Loquillo animaba un programa de radio, a finales de los 70, que se llamaba «La hora del pájaro loco», donde presentaba novedades musicales, por lo común de rock y rockabilly, impartiendo a veces sentencias como si fuera un pope del género.
Loquillo: «El rock me salvó la vida»
Toda la filosofía, la cultura del rock, la ha ido acumulando Loquillo a lo largo del tiempo. Además de aquellos programas radiofónicos, que le sirvieron para conocer los entresijos de este medio de comunicación, se estrenó en los años 80 como comentarista en publicaciones musicales, caso de «Disco Express», que se editaba en Pamplona, y era en esa época de las más acreditadas. Me viene a la memoria que en sus páginas también colaboraba Joaquín Luqui, nacido en Navarra, desaparecido en un trágico accidente casero, rodando por las escaleras de su piso.
«El rock me salvó la vida«, refiere Loquillo. Tomando la frase con todo su significado. Como el de ganársela gracias a convertirse en una estrella de este género musical. Aunque, con buen sentido, también las pasó canutas: «Si no pasas por eso, el fracaso, la travesía del desierto, es que no sabes lo que es de verdad nuestra profesión».
Convencido vocacionalmente que estaba en el camino que creía, conoció sus primeros éxitos, como «Hawái 5-0». Cuando estaba cumpliendo el servicio militar un sargento se le acercó: «Eh, Loquillo, ¡que está sonando mucho en la radio una canción tuya…!» Era la antes citada, que el responsable de un programa de Radio Nacional la había elegido sintonía.
Una de las satisfacciones de Loquillo es haberse codeado con algunas estrellas del rock, una de ellas el ídolo francés Johnny Halliday, con quien actuó en un espectáculo.
Una boda después de 40 años
Loquillo es buen conversador. Si en el escenario actúa con traje, descorbatado. Se expresa correctamente, dando detalles, explicaciones, opiniones, sin recurrir a tópicos o palabras banales de otros colegas suyos. Confiesa, no obstante, ser introvertido, tímido, lo que no aparenta. Y esa actitud algunos piensan equivocadamente que es la de alguien distante. Todo lo contrario.
Ha publicado cinco libros de carácter biográfico. En ocasiones, cuando llegaba a Madrid, era cliente habitual de un bar singular, «Balmoral», sito en el barrio de Salamanca, lugar de reunión de algunos intelectuales, artistas. Uno de sus últimos álbumes lo dedicó Loquillo a evocar ese rincón donde tantas veces compartió impresiones con buenos amigos y profesionales. Y en 2001 le dedicó una canción a John Wayne: «Feo, fuerte y formal». Parece que se refería a lo que el veterano actor de tantos «westerns» mandó que figurara en su tumba como curioso epitafio.
Lo importante en este artista del rock es que se mantiene en activo desde finales de los 70 y comienzos de los 80. Un veterano, al que sólo lo aventaja en permanencia el granadino Miguel Ríos. Con él ha contado en ese espléndido doble álbum aparecido en el pasado otoño, «Corazones legendarios (título que le inspiró Lou Reed con su «Legendary hearts»), conteniendo veintitrés temas, duetos con estas otras figuras, entre algunas más: Leiva, Dani Martín, Andrés Calamaro, Manolo García, Bunbury, Los Secretos, Ismael Serrano, Miguel Poveda, Alaska, Ramoncín y Raphael. Pareciera que el ídolo de Linares no pintaba nada en un disco rockero. Pero ahí lo tienen con su todavía estimable voz con la de Loquillo: «Confié en él, pasó por su enfermedad, pero no faltó a su compromiso conmigo. Los grandes como él nunca fallan».
Tuvo en 2021 un buen susto cuando padeció bocio multinodular. No se operó por miedo a perder la voz. Afortunadamente superó muchos malos ratos. También el corazón le dio un aviso, lo intervinieron quirúrgicamente de una arritmia severa en una clínica de Navarra y a los cinco días estaba actuando en La Coruña.
En un recital en la localidad guipuzcoana de Lasarte conoció a una interesante mujer con la que se comprometió en seguida a vivir juntos. Se trata de la actriz y documentalista Susana Koska. Tienen un hijo. «Los dos hemos crecido en una locura absoluta y los dos hemos aprendido mucho el uno del otro», concluye sonriente Loquillo. Residieron un tiempo en Laguardia, bella ciudad riojana y actualmente en San Sebastián. Cuando al cantante le entra la nostalgia, viaja a Barcelona y se reencuentra con sus viejos amigos, y así recupera sensaciones del pasado.