Observada en un sistema planetario de
apenas 20 millones de años, la formación de los planetas más
comunes de la Vía Láctea —más grandes que la Tierra, pero más
pequeños que Neptuno— ofrece nuevas pistas sobre cómo nacen
estos mundos.

   
Publicado en la revista Nature, el estudio fue liderado por
John Livingston, del Centro de Astrobiología de Tokio, y contó
con la participación de los investigadores italianos Lorenzo
Pino, del Observatorio de Arcetri del Instituto Nacional de
Astrofísica, y Alessandro Trani, del Instituto Nacional de
Física Nuclear de Trieste.

   
«En 1992 se descubrió el primer planeta fuera de nuestro
sistema solar y, desde entonces, los astrónomos han catalogado
miles de exoplanetas, la mayoría de ellos en sistemas
planetarios muy distintos al nuestro», señala Valerio
Nascimbeni, del Observatorio de Padua del INAF, en un comentario
publicado en el mismo número de la revista.

   
Existe un verdadero «zoológico» de sistemas planetarios, en
el que los planetas más frecuentes pertenecen a dos categorías
ausentes en nuestro sistema solar: las supertierras, planetas
rocosos con un diámetro aproximadamente el doble del terrestre,
y los subneptunos, gigantes gaseosos más pequeños que Neptuno.

   
Al analizar el sistema compuesto por cuatro planetas que
orbitan la estrella V1298 Tau, los astrónomos lograron despejar
varios enigmas relacionados con la formación de estos dos tipos
de planetas.

   
V1298 Tau tiene apenas 20 millones de años, una edad
insignificante frente a los 4.500 millones de años del Sol, y
sus cuatro planetas —de tamaños similares al de Saturno, pero
con una densidad extremadamente baja, comparable a la del
poliestireno— estarían evolucionando con rapidez, ya que están
perdiendo gran parte de su masa.

   
«Lo emocionante —afirmó Livingston— es que estamos
presenciando una especie de adelanto de lo que será un sistema
planetario completamente normal, en el que los cuatro planetas
probablemente se contraerán hasta convertirse en supertierras y
subneptunos».

   
Los propios investigadores describen esta observación como
un golpe de suerte, una instantánea única que permite ver por
primera vez la transformación de planetas recién nacidos.

   

   

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