En una Eucaristía presidida por el Cardenal Fernando Chomali y concelebrada por monseñor Luis Migone, obispo auxiliar de Santiago, la Iglesia de Santiago celebró la fiesta del Bautismo del Señor, momento que marca el cierre del tiempo de Navidad y la apertura del Tiempo Ordinario en el calendario litúrgico.

Santiago, 11 de enero de 2026. “Este es mi Hijo amado”. Con estas palabras del Evangelio, la Iglesia celebró este domingo en la Catedral Metropolitana de Santiago la fiesta del Bautismo del Señor, en una Eucaristía presidida por el Cardenal Fernando Chomali y concelebrada por monseñor Luis Migone, obispo auxiliar de Santiago. La liturgia, que reunió a fieles en el principal templo de la arquidiócesis, marcó el término del tiempo de Navidad y el comienzo del Tiempo Ordinario, período en el que la comunidad cristiana es invitada a contemplar la vida pública de Jesús y a vivir la fe en lo cotidiano.

En su homilía, el Cardenal destacó que esta fiesta revela un misterio central de la fe cristiana: Jesucristo, siendo verdadero Dios, quiso compartir plenamente la historia humana. “Jesús no necesitaba el bautismo como nosotros, y sin embargo lo pide, porque quiere participar de nuestra historia, de nuestra vida, de nuestra suerte”, afirmó, subrayando que el Hijo de Dios se hace solidario con la humanidad para sanar aquello que más hiere al corazón del ser humano: la incapacidad de amar, de comprender y de vivir en fraternidad.

El Bautismo de Jesús en el Jordán, explicó, manifiesta también una verdad que toca directamente la identidad de cada cristiano. Así como el Padre proclama: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo puesta toda mi predilección”, esas mismas palabras se hacen realidad en cada bautizado. “Cada vez que bautizamos a un ser humano, niño, adulto o anciano, el Señor dice: ‘Este es mi hijo amado’”, afirmó el Cardenal, recordando que por el bautismo todos somos incorporados al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

“El Señor bendice a su pueblo con la paz”

A partir del Salmo proclamado en la liturgia —“El Señor bendice a su pueblo con la paz”—, el Cardenal puso el acento en una realidad que atraviesa al mundo actual: el progreso material no ha sido capaz de traer verdadera paz al corazón de las personas, a las familias ni a los pueblos. “La paz es un don de Dios”, señaló, invitando a ser una comunidad orante que pida cada día ese don para la vida personal, social y mundial.

Desde esa identidad filial, el pastor de la Iglesia de Santiago llamó a vivir una fe sin exclusiones, recordando que “Dios no hace acepción de personas”. Frente a las heridas del clasismo, el racismo y las divisiones, subrayó que la base más profunda de la comunidad cristiana es saberse hijos de un mismo Padre, más allá de la raza, el origen o la nación. “Somos pecadores, pero hemos sido santificados por la gracia de Dios para vivir conforme a esa dignidad”, concluyó.

La fiesta del Bautismo del Señor no solo cierra litúrgicamente el tiempo de Navidad, sino que abre un nuevo período en la vida de la Iglesia: el Tiempo Ordinario, en el que los creyentes están llamados a encarnar, día a día, la gracia recibida, haciendo visible en la historia la fraternidad, la esperanza y la paz que brotan del Evangelio.

En comunión con la Iglesia universal

En este mismo contexto litúrgico, el Papa León XIV recordó en Roma el sentido profundo del bautismo para la vida cristiana. Al reflexionar este domingo  sobre el Bautismo del Señor, señaló que por este sacramento “somos liberados del pecado y hechos hijos de Dios”, subrayando que el bautismo no es un simple rito del pasado, sino un acontecimiento que marca toda la existencia. El Santo Padre invitó a los fieles a redescubrir su propia condición de hijos amados del Padre y a vivir de acuerdo con esa identidad, como testigos de una fe que transforma la vida personal y la historia.

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