Llegó a España como lo que era, un pionero. Pero sabedor de que su casi recién inaugurado arte tenía una vocación esencial: la de la inmortalidad. Charles Clifford era galés, y pronto sintió una especial atracción por aquel país del sur de Europa que no tardó en visitar cámara fotográfica en ristre.Se sabe de su presencia en la vieja piel de toro a mediados del siglo XIX. Hablamos del autor del Álbum Monumental de España, proyecto que protagoniza desde hace unas semanas -y hasta el próximo mes de febrero- una exposición en el museo de la Universidad de Navarra. A Clifford hay que atribuir las primeras imágenes fotográficas del Burgos de aquella época, algunas de las cuales pueden verse en esta muestra y que son un testimonio valiosísimo para conocer cómo era la Cabeza de Castilla en el ecuador de aquel siglo.

«La imagen de España durante el siglo XIX no puede concebirse sin la figura del fotógrafo británico Charles Clifford (1819-1863), pionero en utilizar la fotografía como un novedoso instrumento de proyección internacional de la imagen de nuestro país. Pertenece a la generación de primeros profesionales de la fotografía que usaron el calotipo como herramienta de investigación y proyección de nuevos temas y formas de expresión.

Apasionados todos ellos por las posibilidades expresivas que aportaba la nueva tecnología fotográfica, abrieron nuevos caminos para conectarla estrechamente con las actuaciones de modernización que marcaban el presente y también con ese culto al pasado que alimentaba los discursos nacionalistas, expresado magistralmente en el inventario gráfico de su patrimonio monumental», explican Javier Piñar y Carlos Sánchez, comisarios de esta exposición.

Imagen de la Catedral.Imagen de la Catedral. – Foto: Álbum Monumental de España

Clifford ( 1820-1863) fue uno de los primeros viajeros románticos que recorrieron España con mirada limpia y atenta y que supieron condensaron en álbumes fotográficos esa visión única de una tierra que para el resto del continente europeo constituía un enigma asaz atractivo: puro atavismo. Sus daguerrotipos e imágenes obtenidas por otras técnicas -todas de enorme calidad-, retrataron monumentos, paisajes, ciudades, aldeas y personas: nada escapó a su ojo curioso y ávido. Llegó a convertirse Clifford en fotógrafo personal de la mismísima reina Isabel II.

En su Álbum Monumental de España, Burgos tiene protagonismo, como no podía ser de otra manera tratándose de una ciudad con un ingente patrimonio histórico y artístico. Clifford se vio deslumbrado, en primer lugar, por esa Catedral que, más de un siglo después, obtendría la categoría de Patrimonio de la Humanidad: su imponente perfil gótico -con esas agujas apuntando al cielo- o sus maravillosas capillas hechizaron al singular fotógrafo británico.

También lo hicieron rincones céntricos y castizos de aquella urbe abigarrada, así como otros monumentos de trascendente importancia histórica y artística, caso de la Cartuja de Miraflores y sus innumerables riquezas, o panorámicas que dibujaban el perfil de una ciudad que parecía dormir en un sueño antiguo, entre medieval y místico. Todas las fotografías que forman parte de aquella espléndida colección fueron tomadas entre los años 1853 y 1863, e introducen innovaciones que el galés implantó para estandarizar la información de esas imágenes, empleando cartelas en las que incluía un número de referencia así como la descripción de la estampa o las pruebas que hizo para grabar toda la información sobre la placa de cristal del negativo.

Como no podía ser de otra manera, Burgos forma parte de una colección única de imágenes

«Tras la aparente continuidad y unidad de estilo que manifiesta su trabajo, pueden detectarse en este muchas mutaciones tecnológicas impulsadas por la adopción de nuevas cámaras, nuevos soportes sensibles y personales procedimientos de revelado, del mismo modo que se suceden en su obra numerosos cambios en los motivos de interés fotográfico. Interesado por todo lo que acontecía en España, pero condicionado también por la variada naturaleza de los encargos que había de aceptar para sobrevivir, conviven en su obra asuntos dispares. Y conviven con una gran dosis de armonía, como si formaran todas ellas parte de un mismo discurso fotográfico destinado a mostrar a los españoles los valores de su propio país y sorprender a los espectadores europeos con la singularidad de ese mundo que se extendía tras los Pirineos, mitad en oriente y mitad en occidente, a caballo entre el pasado pintoresco y la modernidad», apostillan los responsables de la citada exposición.

Una referencia. Como se recoge en la introducción a la muestra, Clifford inició su andadura con la fotografía en torno a 1850, concluyéndola abruptamente con su fallecimiento en enero de 1863. «Durante poco más de una década de actividad, fue evolucionando técnicamente desde el daguerrotipo al calotipo y, a partir de 1855, al negativo de colodión y positivo sobre papel albuminado. Al mismo tiempo, abandonó tempranamente la actividad del retrato, se orientó hacia el registro del paisaje urbano y monumental, y diversificó sus clientelas y canales de difusión conforme ampliaba y consolidaba sus temáticas, acogiendo encargos muy diversos de académicos, arquitectos, ingenieros, nobleza y familias reales española, francesa y británica. Para buena parte de ellos confeccionaría álbumes monográficos, y gracias a las oportunidades temáticas proporcionadas por los encargos, así como por las imágenes recogidas por propia iniciativa, generó un amplio archivo con imágenes de España, parte del cual publicó en sendas iniciativas editoriales Scramble through Spain y el Álbum Monumental de España, que dieron a conocer su obra en toda Europa y lo convertirían una referencia ineludible de la imagen de España».