Sebastião Salgado en una foto de 2024. POL RIUS
Este artículo ha sido publicado originalmente en Catalunya Plural. Puedes leerlo en catalán aquí.
Los lectores de los diarios se alarman cuando advierten que una imagen ha sido modificada con algún retocador o incluso con inteligencia artificial. Los defensores del lector de algunas cabeceras ya han tenido que hacer advertencias al respecto a sus redacciones. Pero mientras tanto se nos ha colado un enemigo peor para la fotografía periodística: la práctica desaparición del fotoperiodismo de impacto y calidad de las páginas de los diarios y de los sitios web.
El lector atento que siga ahora los medios informativos verá muchas ilustraciones, pero muy pocas fotografías periodísticas. Es decir, que capten un instante de la actualidad de manera que expliquen de un vistazo lo que está pasando y si es posible vayan un poco más allá, situando el hecho en su contexto y añadiendo elementos humanos que aporten sentido a lo mostrado. Muchas imágenes chatas, de circunstancias, de las que muy pocas aportan los valores mencionados y que a menudo están producidas en circunstancias muy desfavorables, condicionamientos impuestos desde el exterior del medio y los intereses de los lectores.
Lo que publican ahora los medios no es fotoperiodismo sino ilustración editorial, y hay una diferencia entre uno y otra. Paradójicamente, nunca la tecnología había posibilitado tanto la técnica fotográfica y he ahí que vemos al periodismo fotográfico encogerse de un modo difícil de imaginar hace pocos años. El scroll continuo y la rudimentaria estructura en el diseño informativo de los sitios web no representa precisamente un medio favorable a la presencia de un fotoperiodismo impactante.
¿Exageramos si decimos que no hay fotoperiodismo? Siempre es arriesgado hacer afirmaciones taxativas de este tipo, de manera que argumentaremos las razones. Por una parte, las políticas informativas y editoriales de los medios actuales no favorecen el fotoperiodismo pues confunden éste con la toma de imágenes sensacionales y las rutinas informativas tampoco lo hacen: hay que trabajar rápido y barato. Por otra, no se siente la necesidad de un compromiso, por parte de los medios, con la capacidad de la imagen para dar cuenta de la realidad de un modo que vaya directo a la mente del público y no se limite a ilustrar la noticia sino a erigirse autónomamente en noticia por sí misma.
Hay fotoperiodismo en las grandes agencias internacionales o en muestras como Visa pour l’image pero no en los medios que sirven diariamente a nuestros lectores. No hay que echar la culpa en este caso a los avatares tecnológicos, a la apropiación de la red por las grandes compañías o a la dificultad de percibir nuevas tendencias: una foto periodística sigue siendo un testimonio de primera magnitud que habla por sí mismo, interesa a los lectores y aporta calidad al medio que la publica.
El fotoperiodismo de calidad ha sido un logro de los profesionales y las empresas que tuvieron la voluntad de mejorar los medios para explicar el país. En los años 50 y 60 cuatro fotógrafos en toda Barcelona cubrían la información diaria y la suministraban a los diarios de manera general y uniforme. Formaban un pool avant la lettre con una sindicación peculiar que ponía al alcance de los medios una fotografía de actualidad que cada uno de ellos no hubiera podido pagar por sí mismo. Aseguraban al régimen una domesticación profesional que no superase los límites y mantenía un cerco profesional que impedía el acceso a los diarios a otros fotógrafos al margen de estos intereses. Gentes como Xavier Miserachs, Oriol Maspons o Colita no podían acceder a la prensa diaria y construyeron un fotoperiodismo del futuro y tardaron años en hacerlo.
Contra esta situación la nueva prensa democrática creó las secciones de fotografía –inexistentes hasta la fundación de El Periódico— que aportaron un periodismo informativo de calidad. Debemos a la creatividad y coraje de Carlos Pérez de Rozas y Antonio Franco, con Pepe Encinas y Carlos Bosch Foggia, esta mentalidad renovadora, ellos fueron los autores de la ruptura con la precariedad previa, sin sospechar que les sucedería la marcha atrás actual. Ahora ya no hay gente como Pepe Baeza o Pedro Madueño al frente de la edición fotoperiodística en la prensa barcelonesa.
Con la celebración de los Juegos Olímpicos los lectores de los diarios barceloneses comprobaron cómo el periodismo recogía como nadie la fuerza de un sentimiento popular. Pero la aportación de los nuevos fotógrafos fue más allá, pues educaron visualmente a la ciudadanía de un modo que no se había hecho antes. La diferencia entre la ilustración y la fotografía es que esta enseña a mirar, porque conlleva una actitud crítica y una intención artística; la primera no, porque es de naturaleza instrumental y no interpela ni a lo que se muestra ni a quien se muestra.
Esto pudo ser porque los fotoperiodistas catalanes habían hecho el trabajo de educar visualmente al público asumiendo el trabajo de realizar una crónica cotidiana, directa y contundente de los cambios que se estaban produciendo en el país. El amable lector recordará la foto que fue el pistoletazo de salida de este cambio de era: la imagen de los manifestantes pidiendo la amnistía en febrero de 1976 sentados en el suelo mientras eran golpeados por la Policía Armada, tomada por Manuel Armengol, en la que destacaba Ferran García Faria, ya mayor, con barba blanca y jersey. También la protesta feminista en la Rambla con el cartel «Yo también soy adúltera», de Colita, o las imágenes de los militantes de Fuerza Nueva pidiendo el regreso del franquismo, de Carlos Bosch Foggia.
Hoy día las condiciones actuales de trabajo en la prensa y la tendencia de sus líneas informativas no favorecen el fotoperiodismo. No exageramos: véase cómo la infografía ha desaparecido completamente de las páginas de los medios; por la laboriosidad de su confección, por la necesidad de especialistas bien pagados, por la creencia de que por el hecho de ser prescindible no afecta la comercialidad del producto. Lo mismo que pasó con la infografía está pasando con el fotoperiodismo.