Hay finales que se deciden a golpe de talento y otras que se sostienen en silencio, desde atrás, con las manos firmes y la cabeza fría. La Supercopa del Barça también se explica desde la portería. Desde Joan Garcia. Seis meses después de llegar al club y en su primer Clásico oficial, el portero catalán ya sabe lo que es levantar un título vestido de blaugrana. El primero que gana jugando. Cambió su historia para darle al Barça una mejor.

Encajó dos goles, sí. Pero ninguno era suyo. Vinicius y Gonzalo le batieron en acciones imparables, de esas que no manchan el expediente ni erosionan la confianza. Porque, mientras el marcador se movía, Joan seguía intacto. Y cuando el Madrid volvió a apretar, apareció. Una y otra vez. Siete paradas en 90 minutos, cuatro de ellas en estirada, seis dentro del área, un 89% de precisión en el pase y diez recuperaciones. Números de portero grande. Sensaciones de portero decisivo.

Vinicius fue quien más peligro le generó, atacándole por fuera y por dentro. Joan le aguantó la mirada siempre, menos en el primer tanto blanco. La primera gran intervención del partido fue suya, en un mano a mano con el brasileño que marcó el tono de la final. Luego llegaron otra a Gonzalo y, sobre todo, las dos del añadido: dos remates, de Asencio y Álvaro Carreras, que podían haber llevado la final a los penaltis y que terminaron mansamente en sus manos. Como si sus guantes tuviesen un imán.

Una de las paradas de Joan Garcia a Vinicius en la final de la Supercopa

Una de las paradas de Joan Garcia a Vinicius en la final de la Supercopa / Associated Press/LaPresse

Impactante fue su sangre fría. La seguridad con la que blocó esos últimos centros y remates, provocando que sus compañeros celebraran cada acción como un gol. Dos veces. Firme por alto, en los duelos, sobrio, sin gestos innecesarios. Un portero que da tranquilidad y seguridad, que ordena, que no contagia nervios. Aunque se rompió su racha de imbatibilidad tras cinco partidos y 517 minutos sin encajar —la 12ª más larga de la historia del club (datos de Oriol Jové)—, su impacto volvió a ser total. Una vez más.

La euforia del más discreto

Joan ya fue campeón olímpico en 2024 con la selección española, aunque el peso bajo palos recayó entonces en Arnau Tenas, ahora en el Villarreal. Aquello fue un triunfo colectivo; este es un poco más personal. Se marchó del Espanyol porque quería ganar títulos y el primero llegó en seis meses. Siempre discreto, perfil bajo, pero en Jeddah fue uno de los más felices. En el centro de la piña, medalla al cuello, Copa en mano y haciendo el gesto de un ‘uno’, con convicción y una sonrisa delatadora. Porque el primero es siempre muy especial.

Sus actuaciones han encendido el debate en la portería de la selección en las últimas semanas y no son una moda pasajera. Joan Garcia es hoy el mejor portero español y uno de los más determinantes del mundo. El Mundial no debería ser una discusión. Debería ser una consecuencia