Gijón ha dejado de ser una promesa emergente para convertirse en una plaza artística validada por el mercado y el tiempo. Si 2024 fue un año de eclosión, el del anuncio del modelo cultural de la vía gijonesa en un acto organizado por LA NUEVA ESPAÑA, el balance de 2025 y el arranque 2026 marcan el inicio de la madurez para un sector que ha sabido encontrar su lugar en el mapa nacional e internacional. Desde ese contexto, además, existe un consenso entre las principales galerías –Galería Aurora Vigil-Escalera, Galería Llamazares, ATM, Galería Bea Villamarín y Espacio Líquido– de que el perfil del comprador ha mutado. El mercado gijonés cuenta con una figura clave: el coleccionista de «segunda residencia». Se trata de un perfil, tanto español como extranjero, que ya no solo visita Asturias, sino que la habita por temporadas con el consumo de arte integrado en su estilo de vida. Este fenómeno ha permitido conseguir ventas y visitas constantes, desestacionalizando en parte la actividad, aunque el periodo estival siga siendo el rey. Sin embargo, la madurez también trae nuevos retos y divergencias, según cada cual. Por ejemplo, ante la proliferación de nuevos espacios y el mayor «ruido cultural», donde cada vez se alzan más voces y que algunos celebran sin concesiones como síntoma de salud, otros, también satisfechos con el incremento de la divulgación, apelan eso sí a no dejar de lado la excelencia.
Una de las grandes voces de la experiencia la aporta Aurora Vigil-Escalera, quien dirige una sala que es historia viva del galerismo en la región. Tras celebrar el hito de los 40 años de trayectoria –iniciada por sus padres y continuada por ella con un sello propio–, su diagnóstico para este 2026 es de una calma optimista. Para Vigil-Escalera, el mercado ha transitado hacia un estado de «menos euforia, pero más solidez». En su análisis del tejido cultural destaca que en la ciudad tiene «fondo y continuidad».
Vigil-Escalera identifica que quien acude a su instalación hace gala de un «coleccionismo tranquilo y reflexivo», alejado de la compra impulsiva, que valora por encima de todo la confianza en el criterio del galerista. Este perfil, cada vez más formado, se integra tanto por el comprador local histórico como de ese nuevo residente temporal. Su estrategia para el futuro pasa por el equilibrio entre renovar y proteger. Esto implica cuidar a los artistas consolidados que han crecido con la galería, pero abriendo a las puertas a nuevas generaciones y poniendo foco especial en las mujeres artistas, una reivindicación necesaria en el mercado contemporáneo.
Además, Vigil-Escalera manifiesta explícitamente su gratitud por la colaboración con el mundo del arte de las administraciones, instituciones y complejos museísticos. Para ella, la labor pedagógica en torno a la pintura, la escultura y la fotografía es inseparable de la venta y educar la mirada del público es garante del buen futuro del sector.
«Ruido cultural»
En la calle Instituto, la Galería Llamazares ha cerrado un 2025 «para el recuerdo». Diana Llamazares, quien asumió en 2021 la dirección del espacio que fundó junto a su madre, Gema Llamazares, celebró el 20.º aniversario de la sala con la satisfacción de haber superado las expectativas. Su visión del momento actual es exigente y es de las defensoras dentro del «ruido cultural» de que la calidad «marca la diferencia siempre». Para ella, el tiempo es el juez que legitima las propuestas expositivas y celebra que la oferta sea cada vez mayor por el objetivo concreto que es «posicionar a Gijón como referente cultural»
Llamazares ha detectado una evolución interesante en su modelo de negocio, desde el que gusta de «arriesgar y sorprender» con artistas inéditos en la villa y por «exposiciones que no son fáciles». A la venta tradicional en sala y ferias, ha sumado con éxito una línea de consultoría, una herramienta que le ha permitido conectar de forma directa con un nuevo perfil de cliente que desea «convivir con arte».
Su mirada hacia el 2026 es ambiciosa y profundamente internacional, aunque la galería ya mantiene una intensa relación con el exterior. «No hace falta estar en una gran capital europea para que te conozcan», asegura, defendiendo que desde Gijón se puede operar al más alto nivel si se trabaja con rigor y se acude a las ferias adecuadas. El reconocimiento reciente a la trayectoria de Gema Llamazares hace las veces de brújula porque el galerismo, recuerda Diana, «no se enseña en la universidad», sino que se aprende con «olfato, honestidad y trabajo«. Su objetivo es elevar la «marca Gijón» a la categoría de «paraíso cultural», transformando la moda turística en prestigio artístico.
En un espectro más conceptual se sitúa ATM, dirigida por Diego Suárez Noriega. Su propuesta se aleja de lo convencional para entender el arte contemporáneo como un «ejercicio intelectual». Suárez introduce en la ecuación elementos diferenciadores clave, como su programa de residencias artísticas, que sitúa a la galería en una posición destacada dentro del sistema español por su «singularidad». Para ATM, la galería no es solo un espacio de exhibición, sino un centro de producción de contenidos.
El público de ATM se define por su transversalidad. Suárez describe a una audiencia de entre 30 y 60 años, diversa en ideología y formación; por supuesto, también internacional. Su apuesta por la dimensión docente es fundamental y facilitar herramientas de conocimiento para que el espectador pueda «conectar con el presente».
De cara a 2026, la estrategia de ATM se reitera en la conexión con mercados como Italia y Portugal, además de confirmar su presencia en la próxima edición de ARCO, en Madrid. Su visión es la de generar contenidos con «sentido local e internacional», rompiendo las fronteras físicas de la galería para que los proyectos producidos en Gijón viajen y, a su vez, las tendencias globales aterricen en la ciudad.
La accesibilidad es la bandera de Bea Villamarín. Con más de una década de trabajo a sus espaldas, batalla por «quitar el miedo a cruzar la puerta de una galería de arte». «Personalmente hemos hecho mucho esfuerzo en acercarnos al público joven o a aquellos que nunca se habían atrevido a entrar», explica. Esta labor ha dado sus frutos, consolidando un público principal que oscila, igualmente, entre los 30 y los 60 años, y que demanda «nuevas experiencias».
«Nuevas experiencias»
Villamarín abraza el crecimiento del sector con entusiasmo, convencida de que el incremento de opciones beneficia al conjunto. Su enfoque es «dinámico», consciente de que la sociedad evoluciona a un «ritmo de vértigo». Esto se traduce en una gestión que combina la atención presencial con una fuerte captación a través de redes sociales. Para la galerista los altibajos son «una realidad con la que contamos y sabemos manejar», dependiendo del «atractivo de los artistas» y la época del año, destacando eventos como la Noche Blanca. Su filosofía para 2026 sigue siendo la de viajar para seleccionar lo mejor de fuera y mostrarlo en la región.
Cierra el análisis Nuria Fernández desde Espacio Líquido, quien arroja más luz a la relación entre arte y turismo. Fernández confirma que el arte se ha convertido en un factor decisivo a la hora de elegir destino vacacional: «El arte es cada vez más un motivo muy atractivo a la hora de organizar las vacaciones y el tiempo de relax». Gijón, como ciudad de mar y cultura, se beneficia directamente de esta tendencia, convirtiendo el verano en un momento clave de facturación.
Su filosofía se resume en que «desde lo local se mire a lo global». Fernández defiende que trabajar el entorno inmediato es lo que da «carácter» a la galería y evita la despersonalización, pero insiste en que salir fuera es «fundamental». La internacionalización enriquece el proyecto, haciéndolo más atractivo incluso para el cliente local.
Fernández también destaca el impacto de los eventos de ciudad, como hacía Villamarín con la Noche Blanca, y el «efecto llamada» de los artistas asturianos, que movilizan a su entorno social atrayendo nuevos públicos. Para Espacio Líquido, cuantas más galerías se abran, mejor para todos, ya que se fomenta ese «gusanillo» cultural que, una vez despierta, busca alimentarse en diferentes espacios, equiparando el consumo de arte al de la literatura o el cine.
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