En una reciente entrevista en tres tiempos concedida al diario El País, el presidente Gabriel Boric no economizó palabras para criticar a las izquierdas. A partir de una rara lucidez de quien aun no ha abandonado el cargo, Boric instaló tres ideas importantes que marcarán el largo plazo: 1) “que la política democrática no es de heroísmo”, sino de transformaciones reales de la vida de las personas (las que no se consiguen a punta de “discursos incendiarios”); 2) que se puede perfectamente ser de izquierda sin renunciar a las convicciones, aunque eso supone (recordando a Albert Camus) someter constantemente a duda las razones propias; 3) de modo categórico y más vistoso, que hay dictadura tanto en Venezuela como en Cuba (destacando en este último caso la existencia de un sistema de partido único, que de democrático y representativo no tiene nada, un rasgo que sabemos es característico del totalitarismo). Esto quiere entonces decir que Venezuela es una dictadura y que Cuba es un totalitarismo: en ambos casos, no hay nada de admirable.
Sin embargo, la crítica a las izquierdas se quedó corta: hay dos izquierdas que no fueron ni siquiera aludidas.
La primera izquierda que no fue objeto de reflexión presidencial es esa que en la literatura se le conoce como izquierda o progresismo woke, la que ya había sido intelectualmente diseccionada por Mark Lilla (en The Once and Future Liberal) y, más recientemente, por Susan Neiman (en Izquierda no es woke). El argumento intelectual y el gesto conceptual ya habían sido realizados por estos dos autores, pero aún faltaba la descripción realista de los enormes límites del mundo woke. Esa descripción, fantástica, llegó de la mano de Giuliano da Empoli, quien, en su best seller La hora de los depredadores, describe de manera irónica este mundo ideológico que se desarrolló en modo defensivo tras la caída del muro de Berlín. En la cena inaugural de la fundación creada por Obama cuando abandonaba la Casa Blanca, allá por el mes de noviembre de 2017, decenas de progresistas y “liberales” (en el sentido estadounidense del término) se encontraban reunidos en un vastísimo comedor del Museo de la Ciencia de Chicago, distribuidos en mesas aleatorias. Lo serio comienza cuando da Empoli describe “con horror que el formato de la cena no prevé que los individuos interactúen espontáneamente unos con otros”, sino más bien a partir de un guion interactivo dirigido por un facilitador a partir de cinco preguntas: “¿Por qué me llamo como me llamo?”; ¿quiénes son los míos? ¿Quién me ha influido más? ¿Quién me gustaría ser? ¿En qué medida siento formar parte de mi comunidad?” No es necesario desarrollar mucho más la descripción, ya que las preguntas hablan por sí solas: da Empoli solo hace ver que un agente de seguridad italiano (el “capitán Rocca”, una de las pocas expresiones de algo parecido al pueblo que se encontraba allí) salió espantado (de ser estadounidense, de seguro votaba Trump). ¿Cómo no ver que esta izquierda ha sido nefasta, al reivindicar causas justas de grupos minoritarios, pero al precio de caricaturizarlas, y de asestar un golpe mortal al universalismo de izquierdas?
La otra izquierda que tampoco fue objeto de escrutinio presidencial fue el socialismo democrático (o si se quiere, la socialdemocracia), cuyo papel en el gobierno de Boric fue de tal trascendencia que literalmente salvó del colapso a esta administración presidencial: ¿a alguien le cabe alguna duda de que el gobierno de Boric y su alianza originaria entre frenteamplistas y comunistas (“Apruebo Dignidad”), habría sobrevivido a partir de sus propias fuerzas relativas y muy minoritarias? Los socialistas salvaron a este gobierno de su propio desplome. Esto no exime, sin embargo, al socialismo democrático de la crítica: no solo por haber asumido sin reflexión, y con no poco oportunismo labores de salvataje del gobierno de Boric. Más grave aún: rara vez hemos observado de modo nítido una contribución universalista de socialistas y pepedés, ni antes del gobierno de Boric bajo la presidencia de Piñera, ni durante este gobierno que se acaba. ¿Cómo no concluir que el socialismo democrático (especialmente los socialistas) no está asumiendo su déficit universalista, que es algo parecido a reconocer que es un déficit constitutivo de su ser de izquierda?
La crítica a la izquierda comunista y refundacional es una crítica fácil: a decir verdad, elemental. Sostener que no hay vida en la dictadura de Venezuela, tampoco en el comunismo cubano (el que se refugia en el mal argumento del bloqueo para “entender” la crisis alimentaria de la isla, en donde faltan huevos y leche, lo que tiene más que ver con el sistema económico cubano que con la histórica obstrucción estadounidense, que es también evidente), es reconocer que ese modelo de desarrollo económico no entrega prosperidad, y menos igualdad política al no haber democracia. El problema está en los fundamentos del modelo cubano y en su alergia por el intercambio a gran escala (el mercado): nada se saca con criticar al capitalismo (en eso coincidimos), si no se reconoce la superioridad del capitalismo para crear riqueza sin preocuparse de cómo distribuirla. En lo inmediato, el acento está en la creación de riqueza, que es en lo que flaquea dramáticamente el modelo cubano.
Todo esto debiese alentar una forma de prudencia socialista: mientras no exista una genuina renovación comunista (por ejemplo, inspirándose en el eurocomunismo de Enrico Berlinguer, quien entendió, rápidamente, lo que se jugó en la tragedia de la Unidad Popular), es políticamente criticable definir desde ya una alianza con el partido de la hoz y el martillo y con el Frente Amplio. A decir verdad, es incomprensible: el argumento de no regalar el electorado de izquierdas al Frente Amplio y al Partido Comunista por el solo hecho de que son dos partidos que podrían estar articulándose es reconocer que el PS no es, ni puede ser, un partido articulador: en simple, que no se la puede.
Hasta ahora, los socialistas han estado jugando la carta unitaria, cuando bien podría ser que la fórmula es la de separar aguas, de modo coordinado, entre una izquierda material y otra izquierda postmaterial. Lo que sorprende es la precipitación socialista con cálculo imperfecto, con cero reflexión sobre lo que la unidad de la izquierda puede significar para su propio devenir: la unidad, es todo mi argumento, no es garantía de crecimiento, tampoco de evolución política, aún menos de desarrollo intelectual. Proclamar la unidad antes de tiempo es renunciar a la propia libertad para pensar y, sobre todo, para pensarse como partido: el Frente Amplio ya lo está haciendo, el Partido por la Democracia también; los socialistas aún continúan en su letargo.
Sigamos durmiendo.
Alfredo Joignant es sociólogo y cientista político y columnista de EL PAÍS