Dice el refranero que “Más sabe el diablo por viejo que por diablo” y “Cuanto más vieja, más pelleja”, en alusión a que la edad no siempre trae virtud, sino a veces más astucia o picardía.
Ciertamente, la experiencia femenina siempre ha sido peligrosa e incómoda para las estructuras de poder. En esa línea, la escritora canadiense Margaret Atwood afirma que a partir de cierta edad se etiqueta a las mujeres como sabias ancianitas o brujas malvadas. De ahí que quiera poner orden con su Libro de mis vidas. Como unas memorias (2025).
Portada de la autobiografía de Margaret Atwood, Libro de mis vidas.
Penguin Libros
La tendencia de agrupar a las sociedades en grupos estereotipados enfrentados entre sí es muy cuestionada por los estudios feministas, culturales y decoloniales. En concreto, se critican los llamados binarismos jerárquicos, tales como hombre/mujer, cultura/naturaleza o mente/cuerpo.
Ahora, jóvenes y viejos son la yesca para encender otra hoguera polarizada más. Hay quien la define como guerra, antipatía o brecha intergeneracional entre los mayores (silent generation y boomers) y los jóvenes (millennials o generación Z). Pero culpar a unos, por ejemplo, de la falta de viviendas y tachar a otros de indolencia es, cuando menos, una simplificación.
Atwood frente al edadismo
Si alguien posee pericia imaginativa para arrojar luz sobre estos y otros problemas actuales, esa es Margaret Atwood. En sus ensayos recientes sobre feminismo, cultura contemporánea y el cambio climático, también aborda la discriminación por cuestión de edad. En Cuestiones candentes (2022) reflexiona sobre cómo la sociedad invisibiliza a las personas mayores. En particular a las mujeres, al usar una doble vara de medir en lo que respecta al físico o su valía laboral. Además, critica la expectativa cultural de que la edad limite la relevancia intelectual, la autoridad o la presencia pública.
En paralelo, su ficción dialoga directamente con estas ideas. Baste el ejemplo de cómo la narradora entrada en años de El asesino ciego (2000) hace frente a los prejuicios sociales que minimizan o tergiversan su experiencia vivida. Y cómo en Los testamentos (2019), la secuela de El cuento de la criada (1985), se otorga a una ya anciana tía Lydia un papel central de poder, agencia y subversión del orden misógino y totalitario de la República de Gilead.
Quemar a una generación
Mención aparte merece el relato “A la hoguera con los carcamales” (Nueve cuentos malvados, 2014). En él, una organización internacional llamada “Nuestro turno” se dedica a quemar residencias de la tercera edad con sus ocupantes dentro. Los jóvenes les culpan, sin hacer distinciones, de las desigualdades y la crisis climática que han heredado.
A Wilma, la protagonista, apenas le queda visión y padece el síndrome de Charles Bonnet: ve liliputienses bailando allá donde va. Para colmo, cientos de activistas desaforados asedian su residencia –llamada con sorna “Ambrosia Manor”, como el alimento que da inmortalidad y brío divino a los dioses griegos–. En un desenlace propio de un capítulo final de temporada de The Walking Dead, Wilma y su añoso noviete Tobias logran huir del edificio antes de que lo consuman las llamas.
Vista la deriva distópica del mundo actual y la capacidad de Atwood para anticipar acontecimientos, quizás debiéramos preocuparnos. Por supuesto se trata de una sátira grotesca pero, como ella apunta, la historia no está exenta de coloridos precedentes. Los necropolíticos deciden, por acción u omisión, quién vive y quién muere en sus estados. Y lo personal es político, como Atwood no se ha cansado de repetir desde que publicara su poemario Juegos de poder (1973). La ética, como la envidia, puede ser sana o no. Considerar a los ancianos como prescindibles en momentos de crisis obviamente no lo es (como por desgracia ocurrió durante la pandemia).

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Tampoco es ético sacar provecho de preocupaciones legítimas sobre el acceso a la vivienda, el empleo, las pensiones, la educación y una atención sanitaria digna para enfrentar a grupos sociales. La realidad acaso supera a la ficción, pero esta nos ayuda a entender ‘la fricción’. Y no es solo un juego de palabras. Tanto la injusticia social como los prejuicios entre generaciones pueden ir a más.
Desde la última vuelta del camino: Atwood y el arte de no dejarse engañar
Ahí es donde Atwood desentumece nuestros sentidos, apela a nuestra inteligencia y desarma estos discursos de confrontación. Sobre todo porque desoír o quitar hierro a la sabiduría de la edad es osado.
La protagonista de El cuento de la criada (1985) y la serie homónima subestima las advertencias de su madre, feminista de la segunda ola, quien alerta sobre la pérdida de libertades y derechos ganados a pulso por millones de mujeres. Craso error. Sus temores se confirman con la instauración de una lúgubre dictadura teocrática y la desaparición de Estados Unidos, país que parece acercarse a pasos agigantados a esta realidad que dibuja la Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2008.
Elizabeth Moss y Cherry Jones interpretan a June y a su madre en la serie basada en El cuento de la criada.
Hulu
En efecto, en sus ensayos, entrevistas y obras de ficción la vejez ocupa un espacio de lucidez crítica y resistencia. Desde aquí, Atwood examina las tensiones que acompañan el paso del tiempo. Observar y escuchar no implica credulidad ni sumisión. Y fiel a su habitual elocuencia e ingenio, nos deja una perla para que tomemos nota: “Soy toda oídos, pero a mí no me timan”.

