
Hay noches en que la moda deja de ser un oficio para convertirse en una forma de literatura. Ocurrió cuando Jennifer Lawrence apareció este domingo, madrugada del lunes para España, en la alfombra roja de los Globos de Oro como si hubiera atravesado el espejo de Alicia. El vestido de Givenchy no se llevaba puesto: flotaba.

Es transparente como una verdad dicha a medias y está cubierto por una lluvia de flores bordadas, rosas y verdes, que parecen haber caído del cielo con la misma naturalidad con la que caen los recuerdos felices. Quizá nos vuelve locos porque rompe la monotonía del negro severo que Lawrence había llevado como una armadura en los últimos meses. Nominada al Globo de Oro por la no muy buena Die My Love (salvo cuando morrea con su suegra), no parece competir con nadie. Perdió pero no en el ranking de más elegantes.

El escote pronunciado y los cortes a ambos lados de la cintura oscilan entre la elegancia, la provocación y hacen que respirar parezca una obscenidad. En un tiempo dominado por el negro monocromático, por el luto elegante y preventivo, Lawrence ha elegido el color de la carne iluminada por la primavera. El glamour suave, casi doméstico: el cabello sedoso con flequillo indisciplinado, el maquillaje rosado como una siesta larga, los tacones color champán y un bolso floral que como recogido en un jardín privado. Un collar de diamantes cerraba el conjunto con la discreción de un punto final bien puesto. Mientras avanzaba, una capa rosa pálido descansaba sobre sus antebrazos, no como abrigo, sino como confidencia.

Esa capa dice que la belleza también puede ser frágil sin dejar de ser poderosa. Ese vestido es una revelación: la elegancia consiste simplemente en atreverse a florecer.

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