Durante años, en España poca gente sabía muy bien quién era Neil Diamond. Y, sin embargo, todo el mundo había tarareado sus canciones: Sweet Caroline, Song Sung Blue, I Am… I Said, Holly Holy, Cracklin’ Rosie Sonaban en la radio, en anuncios, en bodas, en bares de carretera y más tarde en estadios y karaokes, pero su nombre no estaba en la conversación. No era Dylan, no era Lennon, no era Springsteen. Era ese tipo al que siempre habías escuchado sin haberte preguntado quién demonios era. Un artista omnipresente y, al mismo tiempo, invisible.

Neil Diamond nunca ha sido cool. Ni siquiera en los años en los que vendía millones de discos. No tenía el aura maldita del rock, ni la intelectualidad del cantautor de prestigio, ni la pose de estrella. Es un tipo judío de Brooklyn, voz rota y camiseta ceñida, que ha escrito infinidad de canciones memorables sin preocuparse demasiado de si eso le haría entrar en los libros de historia de la música. Y durante mucho tiempo, eso fue casi un problema.

La canción que mejor resume todo eso es Sweet Caroline. Todo el mundo la conoce. Todo el mundo sabe cuándo llega el estribillo y cuándo hay que gritar el “bom, bom, bom”. Lo que mucha menos gente sabe es que nunca fue pensada para eso. Neil Diamond la escribió en 1969 después de ver una foto de Caroline Kennedy cuando era una niña, tomada años antes, cuando su padre John F. Kennedy aún vivía. La imagen le provocó una mezcla rara de nostalgia, ternura y melancolía, y de ahí salió una canción íntima, casi privada, que no tenía nada de himno colectivo y que hasta fue versionada por Elvis Presley.

Con los años, Sweet Caroline se convirtió en otra cosa. No ocurrió de golpe ni por una decisión consciente, sino por una cadena de casualidades. Todo empezó en 1997, en Fenway Park, durante un partido de los Boston Red Sox. La canción sonó por los altavoces porque Amy Tobey, una de las empleadas encargadas de la música del estadio, quiso rendir un pequeño homenaje privado a una amiga que acababa de tener una hija a la que llamó Caroline. No era un himno ni una tradición, solo una canción colocada en un momento muerto del partido, entre entradas. Pero el estadio respondió. La gente empezó a cantar sin que nadie lo pidiera, añadió el estribillo colectivo —el famoso “so good, so good, so good”— y convirtió un tema pop de 1969 en un clamor. Durante años, Tobey repitió la fórmula solo en partidos que iban bien, casi como un amuleto improvisado. Sweet Caroline empezó a asociarse a victoria y a celebración antes incluso de que alguien entendiera qué estaba ocurriendo.

El salto definitivo llegó en 2002, cuando Charles Steinberg, vicepresidente de los Red Sox, decidió institucionalizar algo que hasta entonces había sido espontáneo. La canción empezó a sonar en todos los partidos, siempre en la octava entrada, ganara o perdiera el equipo. Steinberg lo explicó después con una frase casi reveladora: “no era el club pidiendo al público que cantara, era el público cantando antes de que la canción empezara a sonar”. En ese punto, Sweet Caroline dejó de pertenecer al equipo y pasó a pertenecer al momento. No era un himno en sentido clásico, no hablaba de la ciudad ni del escudo, pero funcionaba mejor que cualquier consigna identitaria. Otros equipos estadounidenses lo entendieron rápido. Los Carolina Panthers empezaron a usarla tras las victorias y, poco a poco, la canción se convirtió en un recurso universal del deporte americano: una celebración sin dueño, sin contexto específico y sin necesidad de explicación.

Durante mucho tiempo, ese fenómeno fue casi exclusivo de Estados Unidos. Pero el cruce definitivo llegó en Europa en 2021, durante la Eurocopa. Tras la victoria de Inglaterra contra Alemania en Wembley, el DJ del estadio, Tony Perry, decidió poner Sweet Caroline al terminar el partido. No era la opción lógica porque existían himnos mucho más futbolísticos, pero el estadio explotó. En cuestión de minutos, la canción dejó de ser una curiosidad importada y pasó a formar parte del ritual de celebración inglés. Se repitió en ese mismo torneo, saltó a la selección femenina en la Eurocopa de 2022 y se extendió por estadios, fan zones y pubs de toda Europa.

Ese fue el momento en el que Sweet Caroline dejó definitivamente de pertenecer a Neil Diamond y pasó a ser del público. Él tardó en asumirlo, pero lo resumió mejor que nadie: “Cuando el público decide que una canción es suya, ya no hay vuelta atrás”.

Esa apropiación no siempre se vive con entusiasmo. En Song Sung Blue, la película estrenada ahora sobre una pareja de imitadores de Neil Diamond, Sweet Caroline aparece casi como un estorbo. Los protagonistas dudan en cantarla y repiten una idea que el propio Diamond arrastró durante años: que él es mucho más que Sweet Caroline. Que reducirlo a esa canción es perderse todo lo demás.

Ese ha sido el destino no solo de Sweet Caroline, sino de muchas otras de sus canciones. Temas que otros interpretaban o versionaban para volver a ponerlos en órbita. I’m a Believer fue un número uno histórico en 1966 en la voz de The Monkees y, décadas más tarde, volvió a colarse en la cultura popular a través de Shrek, sin que hiciera falta recordar quién la había escrito. Girl, You’ll Be a Woman Soon también volvió a la vida gracias al cine, y a Quentin Tarantino, que la inmortalizó en Pulp Fiction en la versión de Urge Overkill, y no en la original de Neil Diamond.

Todo esto ayuda a entender por qué ahora existe una película como Song Sung Blue. Una historia sobre gente corriente que encuentra sentido cantando canciones de otro. No imitando a Neil Diamond, sino apropiándose de él. Usando ese repertorio como una forma de decir cosas que no saben expresar de otra manera. La película no retrata a Neil Diamond como estrella, sino como herramienta emocional. Y eso es mucho más coherente con su legado que cualquier biopic canónico.

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Durante años, en España tarareábamos a Neil Diamond sin saber quién era Neil Diamond. Y puede que ese haya sido siempre su mayor triunfo. Porque no todos los artistas consiguen desaparecer dentro de sus propias canciones. Pocos pueden decir que su obra dejó de necesitarles hace tiempo. Sweet Caroline ya no necesita a Neil Diamond. Y eso, aunque suene extraño, es exactamente lo que cualquier compositor sueña… y teme conseguir alguna vez.

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