La operación militar de EE.UU. que el pasado 3 de enero se saldó con la captura del hasta entonces presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y de su esposa, Cilia Flores, no es solo una historia de poder, supuesto narcotráfico o petróleo. También lo es de oro, materias primas y, sobre todo, de mantener un monopolio, el que ejerce el dólar estadounidense en el sistema monetario global.

Un dominio frente al que se resisten países como Brasil, Rusia, India o China, socios fundadores de los llamados BRICS, un club de economías emergentes que se ha convertido en el principal instrumento con el que cuentan los grandes países del Sur Global para ejercer de contrapeso al dólar y a Occidente, abogando por un mundo más multipolar.

Un club al que también quiso unirse el país que hoy posee la quinta parte de las reservas mundiales de petróleo, Venezuela, tal y como anunció en 2023 Nicolás Maduro, el mismo que acaba de ser capturado y puesto bajo custodia de las autoridades norteamericanas.

El mismo Maduro que anunció, allá por 2018, que su gobierno intentaría vender petróleo en monedas distintas al dólar como parte de una estrategia de «desdolarización» y como fórmula para hacer frente a las sanciones financieras impuestas por Estados Unidos. Entre esas monedas, junto a otras divisas internacionales, estaba el yuan chino. La Casa Blanca, con su actual inquilino ya como presidente, no se lo perdonó. Maduro estaba en el punto de mira de Donald Trump.

Sin embargo, economistas y expertos internacionales advierten: el uso del petrodólar estadounidense muestra signos de agotamiento tras décadas de promesas basadas en deuda y en papel de color verde. «El futuro empieza a reescribirse en algo más real y tangible: el oro, la plata, las tierras raras o el petróleo que no solo impulsan la guerra, sino también las economías más modernas», dice la analista económica Taylor Kenney, quien semanalmente desgrana temas económicos complejos en distintas plataformas digitales.

«Venezuela es precisamente uno de los países con más recursos del mundo. Caracas posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, alrededor de 303.000 millones de barriles, cerca de una quinta parte del total global», continúa. «Sin embargo, lo verdaderamente relevante no es solo el volumen, sino la moneda en la que se vende ese petróleo. Y no solo eso, además el país tiene profundos vínculos con China y Rusia, quienes precisamente están desafiando el sistema del petrodólar, con las consecuencias que esto podría tener en el futuro para el sistema monetario global regido por el dólar», explica.

El petrodólar, la gran jugada de EEUU en los 70

Pero para entender esa supremacía hay que remontarse al acuerdo sellado en 1974 entre Washington y Arabia Saudí tras la Crisis del Petróleo de 1973 y la inestabilidad regional generada por la guerra del Yom Kippur (1973) entre Israel y varios países árabes.

Según el pacto, liderado de forma hábil por el entonces Secretario de Estado de EE. UU., Henry Kissinger, para mediar en la posguerra y estabilizar el mercado energético, Estados Unidos ofrecía seguridad militar y cooperación estratégica a Arabia Saudí, que había impuesto, junto a otros países árabes productores de petróleo, un embargo petrolero contra EE.UU. en represalia por su apoyo a Israel en el conflicto. A cambio, los países árabes facturarían sus exportaciones de petróleo principalmente en dólares estadounidenses.

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Así, se consolidaba la demanda permanente de divisas norteamericanas en todo el mundo: cualquier país que quisiera energía necesitaría primero comprar dólares y el petróleo se convertiría en el anclaje material de una divisa que, desde 1971, ya no estaría respaldada por el oro (como hasta entonces), sino por los llamados petrodólares.

Un mecanismo que permitió a Estados Unidos financiar déficits crónicos, sostener su aparato militar y mantener su hegemonía económica sin las restricciones que pesan sobre otras economías. Durante décadas, el sistema funcionó con relativa estabilidad, hasta que algunos países comenzaron a desafiarlo. Entre ellos, China, Rusia, los BRICS, y aliados como Venezuela.

EEUU imprime dólares y el resto del mundo los paga

«El sistema actual del dólar como moneda de reserva mundial representa una de las distorsiones económicas más grotescas de la historia moderna», explica el prestigioso economista norteamericano Robert D. Wolff en uno de sus exitosos podcast semanales. «Es un sistema que le permite a Estados Unidos, un país que representa menos del 5% de la población mundial, consumir casi el 25% de todos los recursos del planeta. ¿Y cómo es esto posible?, se preguntarán. Pues porque Estados Unidos puede financiar déficits comerciales masivos década tras década, simplemente imprimiendo dólares cuando necesita, endeudándose más y más, pagando guerras en Irak o Afganistán, para después venderle esa misma deuda a otros países que necesitan esos mismos dólares para comprar y vender en el mercado internacional. Es decir, ellos se endeudan y el mundo paga», añade.

Uno de los mejores ejemplos de esa dinámica es China, país que tradicionalmente ha sido uno de los mayores compradores de bonos del Tesoro estadounidense, si bien lleva años intentando deshacerse de ellos, pasando de los 1,32 billones de dólares que tenía en 2013, su máximo histórico, a los 688.700 millones de dólares que atesoraba en octubre de 2025, según cifras oficiales.

China le estaba prestando a Estados Unidos cantidades astronómicas de dinero y Estados Unidos usaba ese dinero prestado para financiar su aparato militar, para financiar guerras en Irak y Afganistán, para financiar recortes de impuestos a los ricos, para subsidios a corporaciones gigantes.

Entonces, surge la pregunta obvia, ¿por qué China haría esto? ¿Por qué financiaría a su principal rival geopolítico? Aquí es donde todos los análisis convencionales se equivocan. Los expertos les dirán que era una relación simbiótica perfecta, que ambos lados se beneficiaban. Estados Unidos obtenía financiamiento barato para su déficit. China obtenía acceso a un mercado masivo para sus exportaciones. Los trabajadores chinos producían bienes que los consumidores estadounidenses compraban con dinero prestado y ese dinero fluía de regreso a China en forma de dólares que el gobierno chino invertía en bonos del tesoro. Un círculo virtuoso perfecto te dicen, todos ganan. Pero esa narrativa oculta una dinámica de poder fundamental. China realmente no tenía muchas opciones. Cuando un país acumula superhábits comerciales enormes con Estados Unidos, automáticamente acumula cantidades gigantescas de dólares y esos dólares tienen que ir a algún lugar. No puedes apilarlos en una bóveda. Necesitas invertir ese dinero en algo. Y durante décadas, la única opción grande, suficientemente líquida y aparentemente segura, eran los bonos del tesoro estadounidense. Era la única piscina financiera suficientemente profunda para absorber los océanos de dólares que China generaba. Pero había una trampa mortal en este sistema. Al acumular todas esas reservas astronómicas en bonos del tesoro estadounidense, China se hacía increíblemente vulnerable al poder financiero de Estados Unidos. Si Washington decidía congelar esos activos, China perdería el acceso a más de un trillón de dólares de su riqueza nacional. Si Washington decidía imprimir trillones de dólares nuevos, diluiría el valor de las tenencias chinas. Si Washington decidía usar el sistema financiero como arma geopolítica, algo que ha hecho contra Irán, Venezuela, Rusia, Afganistán, China quedaría expuesta. Y aquí llegamos al punto crucial.

China observa y aprende del caso ruso

La guerra de Ucrania y el embargo a Rusia: otro detonante

El dominio del dólar permitió a Estados Unidos vivir durante décadas por encima de sus posibilidades productivas. Mientras otras economías debían equilibrar exportaciones e importaciones, Washington pudo acumular déficits comerciales y presupuestarios sostenidos sin sufrir crisis de balanza de pagos.

Ese desequilibrio fue financiado por el resto del mundo. Bancos centrales y gobiernos acumularon dólares y deuda estadounidense como activo refugio. China se convirtió en uno de los pilares de ese sistema: en su punto máximo llegó a acumular más de 1,3 billones de dólares en bonos del Tesoro.

Pero ese esquema escondía una vulnerabilidad estructural: esos activos quedaban bajo jurisdicción estadounidense.

China observa y aprende del caso ruso

El punto de inflexión llegó en 2022. Tras la invasión rusa de Ucrania, Estados Unidos y sus aliados congelaron cerca de 300.000 millones de dólares en reservas del Banco Central ruso. Por primera vez quedó claro que incluso los activos soberanos denominados en dólares podían ser inmovilizados por decisión política.

En Pekín, la señal fue inequívoca. China comprendió que su enorme exposición al dólar no era una garantía de estabilidad, sino una debilidad estratégica. Desde entonces, ha acelerado la reducción de sus tenencias de deuda estadounidense —hoy en torno a los 800.000 millones de dólares— y ha incrementado de forma sostenida sus reservas de oro físico, además de invertir en materias primas estratégicas e infraestructuras.

Ese aprendizaje explica el interés chino en socios energéticos que puedan operar fuera del circuito del dólar.

Los BRICS se alejan

En ese contexto, Venezuela dio un paso que tocaba el nervio central del poder estadounidense. A partir de 2018, anunció su intención de reducir su dependencia del dólar: comenzó a vender crudo en yuanes, euros y rublos; solicitó su ingreso en los BRICS; estableció mecanismos de pago directo con China al margen del sistema SWIFT; y planteó una estrategia de desdolarización respaldada por décadas de ingresos petroleros.

No era un movimiento aislado. Rusia vende hoy su petróleo en rublos y yuanes. Irán lleva años comerciando fuera del dólar. Arabia Saudí explora liquidaciones en moneda china. China ha desarrollado CIPS como alternativa a SWIFT, con miles de bancos integrados en casi 200 países. Los BRICS trabajan en sistemas de pago propios y en proyectos como mBridge, que permiten liquidaciones directas entre bancos centrales en monedas locales.

La eventual adhesión de Venezuela a ese bloque, con su peso energético, habría acelerado de forma exponencial ese proceso.

Un patrón que ya no será el dólar

Existe además un patrón histórico difícil de ignorar.

En el año 2000, Saddam Hussein anunció que Irak vendería su petróleo en euros. Tres años después, el país fue invadido y el crudo iraquí volvió a cotizarse en dólares.

En 2009, Muamar Gadafi propuso una moneda panafricana respaldada por oro para el comercio energético. En 2011, la OTAN intervino y el proyecto desapareció con él.

Venezuela representa hoy un desafío aún mayor: más reservas que Irak y Libia juntas, ventas activas en monedas alternativas y alianzas con China, Rusia e Irán.

Desde Washington, el discurso oficial habla de narcotráfico y autoritarismo. Sin embargo, Venezuela representa menos del 1 % de la cocaína consumida en Estados Unidos. No existen pruebas de que el Gobierno de Maduro dirija una organización terrorista. Y el argumento democrático pierde fuerza cuando se observa el respaldo estadounidense a monarquías sin elecciones.

El propio Stephen Miller, asesor de Seguridad Nacional, lo expresó sin rodeos al afirmar que la industria petrolera venezolana fue construida con el esfuerzo estadounidense y que su nacionalización constituye “el mayor robo de propiedad estadounidense de la historia”.

A este marco se suma un factor energético clave: aunque Estados Unidos es el mayor productor mundial de petróleo, produce sobre todo crudo ligero, mientras que sus refinerías —adaptadas desde los años setenta— necesitan crudo pesado, un recurso escaso concentrado esencialmente en Canadá y Venezuela.

Por eso, la intervención no es solo un mensaje a Caracas. Es una advertencia global: desafiar al dólar tiene un coste. Pero también puede provocar el efecto contrario: acelerar la huida de un sistema que empieza a percibirse como coercitivo.

Si una moneda necesita la fuerza para sostenerse, deja de competir. Agoniza.

Venezuela no es el inicio de un nuevo orden. Puede ser el último intento de salvar uno que se está resquebrajando.