Todo un profesional. A sus 59 años, Juanma Bajo Ulloa destila una frescura e inquietud artística que se resiste a desaparecer. Director outsider como ningún otro, formó parte de una generación de jóvenes vascos iconoclastas que adaptaron el cine español de los años 90 a los nuevos tiempos. Tras escribir historias sobre dramas familiares truculentos desde la más absoluta independencia económica, y que luego se convirtieron en obras maestras (Alas de mariposa y La madre muerta), revolucionó la taquilla y el canon del cine comercial con Airbag (1997), asentando una fórmula de comedia gamberra que luego sería desarrollada por otros hasta la saciedad.
Ahora, tras haber pasado por largos períodos de silencio alternados con obras puntuales (desde un documental sobre el Festival Azkena Rock de su Vitoria natal hasta un drama familiar de corte experimental sin diálogos), vuelve a la gran pantalla con El mal, una película en la que regresa al Bajo Ulloa de los inicios. Perfecta para aquellos que buscan a ese artífice de atmósferas oscuras, giros argumentales escabrosos y finales de alto impacto visual. Como en sus anteriores producciones, estamos ante un cine de alto calado humano que desafía al espectador, haciéndole reflexionar sin renunciar a una acción que mantiene la atención desde el primer minuto.
La premisa es bastante simple: una escritora decide ponerse en contacto con una asesina en serie sin remordimientos para escribir su próximo libro. A partir de ahí, Bajo Ulloa desarrolla una historia que nos hace pensar por qué se nos da tan bien ver la maldad en los demás, pero no en nosotros mismos. O por qué todos albergamos un monstruo y un ángel en nuestro interior. Pocos días antes de su estreno, quedamos con él en una cafetería del centro de Madrid para charlar sobre su película. Su tono de voz desprende buen rollo y simpatía; suponemos que se encuentra más que satisfecho de volver a presentar una obra después de tanto trabajo.
PREGUNTA. ¿Cómo surgió la historia de El mal?
RESPUESTA. Yo creo en lo visceral de la creación artística. El autor tiene que dejar salir lo que tiene dentro. Veo a muchos que intentan copiar o emular aquello que ya han visto. Es algo que puedes hacer muy bien si eres un tipo listo, pero hasta que no sacas lo que llevas dentro no sabes quién eres y tampoco estás ofreciendo algo original o especial al mundo. Muchas veces la creación se basa en un sentimiento que tienes y que necesitas expresar. Por ello, lo veo como un proceso terapéutico. Luego, se pone en marcha la racionalidad, que es la herramienta para hacer que todo eche a andar. Pero, en un primer momento, siempre debe haber algo sincero e irracional que no sabes de dónde sale.
«La verdad da miedo. La gente no reconoce que desea que a su vecino le parta un rayo»
En El mal ocurre algo así. A mí me interesa mucho el comportamiento humano y observarlo. Quiero entenderlo sin juzgarlo. Yo no juzgo en mis películas, solo muestro. En el mundo actual, siempre vemos el mal fuera, en el otro. El envidioso, el malvado, el fascista es el otro. Y mientras tú lo señalas es imposible ser consciente de tu parte oscura. Hasta que no iluminas tu propia sombra, no eres consciente. Y creo que es importante ver que todos tenemos esa parte miserable y nefasta, y que solo podemos sanarla si la reconocemos con humildad y responsabilidad.
Bajo Ulloa: En el mundo actual, siempre vemos el mal fuera, en el otro. (S. B.)
P. El mal es la historia de Elvira, una escritora a la que contacta Martin, una asesina en serie, para que escriba un libro sobre ella y sus crímenes. Visto así, recuerda al caso de la vida real de Luisgé Martín y su libro El odio, sobre José Bretón. ¿No es mucha casualidad que ambas obras, la tuya y la de Luisgé, tengan títulos parecidos?
R. Me ha pasado dos veces en mi vida algo así. Ocurrió con Rey gitano (2015), que trata de que el Rey abdica y hay un gitano que es el heredero. Cuando estábamos montando la película, me empezaron a llegar mensajes sin parar contándome la noticia de que había abdicado el Rey. Y aquí pasó igual: estábamos montando la película, justo la escena en la que una muchedumbre se manifiesta contra la publicación del libro de Elvira, y justo nos enteramos de que hay un libro sobre algo terrible, como es el caso de José Bretón, que va a dejar de imprimirse por la presión popular. En la vida real, el libro no se publica y en nuestra película sí.
«Queremos que el Estado nos diga lo que debemos opinar o hacer. La corrección política es la religión del siglo XXI»
Pero hay algo llamativo, y es que Martin, el personaje sobre el que va la novela de Elvira, no es un ser movido por el odio, el rencor o la rabia contra el mundo. Simplemente lo ve como un don: es la maldad en estado puro. En este caso, la ejerce contra las personas vulnerables, simplemente porque puede. Pero no tiene ningún prejuicio a la hora de hacerlo, no hay una reacción contra nada ni nadie en particular. No odia a las personas a las que mata, le dan absolutamente igual.
P. ¿Crees en esa idea manida de que en esta vida solo triunfa quien pisa a otros o hace daño a los demás?
R. El éxito no necesariamente está fundamentado en ser buena persona o actuar éticamente. Hay gente muy malvada que ha tenido mucho éxito, sí. La gente confunde un poco las cosas: si los nazis hubieran conseguido lo que querían, ahora igual nos parecerían maravillosos a todos y hablaríamos alemán. Pensamos: menos mal que triunfaron los buenos. Les salió mal y ahora todos podemos odiarles sin remordimientos. Yo creo que todo el mundo tiene un lado oscuro que le cuesta aceptar. El epígrafe de la película es: «Dentro de cada ser humano hay un monstruo, y dentro de cada monstruo hay un ser humano». Y creo que es eso lo que nos cuesta asumir.
«La industria del cine de hoy en día sufre una pandemia de hipocresía»
La película habla, por tanto, de la extraordinaria necesidad que tiene el malvado de ser reconocido, apreciado, valorado, amado o querer estar en el centro de atención. Y, a su vez, también habla de la extraordinaria capacidad que tenemos para no mirar esa parte oscura. Nadie dice: «Siento envidia de mi vecino». La verdad da miedo. La gente no suele reconocer que quiere que a su vecino le parta un rayo.
P. Una de las constantes de tus películas son las relaciones maternofiliales. ¿No podemos huir de la herencia genética que nos dejan nuestros padres?
R. Si, la herencia está ahí. Pero tenemos libre albedrío, lo que hacemos con lo que heredamos es decisión nuestra. Con tus herramientas, grandes o pequeñas, puedes hacer cosas. Lo que sucede es que la mayoría de las veces culpamos a los demás de nuestro fracaso, o al universo de lo que hacemos mal, a nuestros padres… Y muchas veces huimos de la responsabilidad de haber obrado mal. Si con 20 años te vas de fiesta todos los días hasta los 30, luego cuando llegas a los 30 serás un desastre, nadie te querrá. Aunque te lo pases de puta madre, surgen una serie de consecuencias: es probable que las chicas no te quieran, tus amigos no te hablen o tus padres se avergüencen de ti.
La sociedad se ha vuelto infantil, la gente no quiere asumir su propia responsabilidad. Queremos que nos diga el Estado lo que debemos opinar o hacer. O las propias redes sociales. La corrección política, que es la religión del siglo XXI, es el mecanismo que tiene el Estado para acabar con la religión cristiana e instaurarla en su lugar. Compramos una identidad en vez de hacerla nosotros.
Foto: S. B.
P. ¿Cómo ha sido el trabajo con los actores?
R. La selección fue muy importante. Tengo la obligación de acertar porque, si no acierto con el casting, el trabajo queda arruinado. Me ha costado mucho encontrar a los intérpretes. Por ejemplo, a María Swimming, que hace de Sandra, la hija de Elvira Nous, di con ella tras meses viendo posibles candidatas. Tiene una gran facilidad para conectar con el drama y con lo profundo. No hay superficialidad en ella, todo es sincero. Tony Dalton también fue un gran hallazgo, quería dar con un actor con pinta de galán, algo torturado, un hombre de mundo. El papel de Belén fue dificílisimo de encontrar, el de Elvira Nous. Y con respecto a Natalia Tena, es imposible dar con alguien que no sea ella para su papel. Nadie podía hacerlo. La forma en la que habla, cómo camina, su infantilidad, la voz… es como salvaje y a la vez infantil. Da como susto. Yo les hago que pongan toda su confianza en mi. Cuando eres actor, no te queda más remedio que confiar en el director, aunque sea malo.
«Los exhibidores no quieren proyectar esta película. No encontramos salas»
P. Vuelves a escoger Vitoria como centro de tu historia.
R. Sí, he rodado todas mis películas en Vitoria, menos una, y me conozco cada centímetro de la ciudad. Voy por la calle y hago fotos. Cada rincón me sugiere algo. Me interesa mucho la estética, la atmósfera, el clima de las películas. Eso es fundamental. Tú ves una película y tiene que ser distinta a otra. Aspiro a eso, a que cada película mía tenga una estética concreta. Luego me apoyo en mi equipo, en mi directora de arte, Azegiñe Urigoitia, en Urioldo Uriarte para la música, en Diego Trenas para la fotografía, que es un chico muy joven y con mucho talento. Yo dibujo y él pinta. Mi padre era fotógrafo, entonces para mí la fotografía de una película es muy importante.
P. Se te conoce por ser un autor independiente que asume grandes riesgos haciendo películas. ¿Cómo ves el cine de hoy en día, crees que no se arriesga tanto como en tu época?
R. La industria de hoy en día sufre una pandemia de hipocresía. Tú ves la cartelera española y hay dos posibilidades: cine familiar para ir con tu hijo al centro comercial a que no te moleste y que vea comedias familiares blancas o superhéroes y, por otro lado, cine institucional propagandístico, ideológico y político, que nos dice lo que tenemos que pensar. Parece que vas a ver una película de una comunidad minoritaria y cuando sales eres mejor persona. No vas a ayudar al país en el que está ambientada la película ni tampoco vas a comportarte mejor en tu día a día, pero le das un like y descubres tu lado humanista. Ese es el cine subvencionado, el que te vende un discurso rebelde pero, en realidad, no hace más que repetir consignas que salen en el telediario todos los días por parte de los políticos. Ya no hay más cine al margen de esos bloques. Antes también sucedía eso, pero no era tan extremo, había muchas películas en medio de todo tipo.
Bajo Ulloa en el JW Marriott Madrid. (S. B.)
P. ¿Ha desaparecido el cine de autor entonces?
R. De vez en cuando sí que se estrena alguna. Pero yo ahora miro la cartelera y englobo todas las películas en esos dos bloques. De hecho, uno de los problemas que estamos encontrando con El mal es que los exhibidores no quieren proyectar esta película. No encontramos salas. No encaja en ninguno de estos bloques. Es una película sin más, de suspense, un thriller, y no hay sitio para ella. En el Festival Mar de Plata de Argentina, durante la primera entrevista que me hicieron, los periodistas ya me preguntaban por la causa a la que daba voz sin haber visto todavía la película. Tú vas a un festival y revisas la sección oficial y todas las películas tienen doctrina. Estamos siempre dentro del dogma woke.
P. Ahora se habla mucho de la rivalidad entre Sirât y Los domingos.
R. Sirât habla de minorías, ya que aparecen protagonistas sin brazos ni piernas. Y Los domingos… que no la he visto, pero creo que tiene trasfondo feminista. Siempre hay alguien que sufre o un colectivo oprimido en el argumento. Incluso si la película va de policías, hay uno que es chino, otro negro… ¿Es corrección política? Vete a Estados Unidos y mira quiénes son policías. Al margen de que no sea así en la vida real, tienes que caer bien al sistema. A mí me da exactamente igual la raza de quien ha hecho la película.
P. ¿Crees que tu película no contiene ideología?
R. Es una película que habla del ser humano. El único contenido político que puede tener es que la moral y la ética la dicta el más fuerte. Así nacen las leyes. Pero realmente no pretendo adoctrinar ni decir a la gente lo que debe pensar. Es diferente hacer una película en la que las mujeres salen dando patadas en los huevos a los hombres. ¿Qué estás diciendo ahí? Que eso sucede en la vida real, pero no es así. No vas a encontrar una sola película de superhéroes en la que las mujeres no salgan dando una patada en los huevos a un hombre. En las series policiales, las comisarias todo son mujeres. Ahora, vamos a una comisaría en España: ni una mujer. Te están lavando el cerebro y diciendo que algo debe ser como no es. Nos han convencido de que es muy importante saber qué es lo que hay entre tus piernas. Y a mi me da igual. En los festivales de cine me preguntan si soy hombre, mujer o trans. Hay una agenda, sea la que sea, que nos conduce en esa dirección.
Bajo Ulloa: Estamos siempre dentro del dogma woke. (S. B.)
P. Es muy difícil sobrevivir tantos años en la industria. ¿Cuál es tu secreto o razón para seguir haciendo películas?
R. Yo creo que la rebeldía. A nadie le importa que haga cine y está bien así: cuando haces algo, solo debe importarte a ti. La industria está muy condicionada, todo es un producto, no hay obras. Y dependes mucho de las ayudas. Hay una frase del filósofo Antonio Escohotado que dice: «La verdad se abre camino; solo la mentira necesita subvención». Al margen de ello, soy una persona que tiene una pulsión de contar cosas casi a modo terapéutico, soy una persona extrovertida en un cuerpo tímido. Mi forma de expresarme es el cine. Me permite durante muchos meses trabajar en silencio y en privado, y al final cuando ya lo tengo todo acabado, dejo que el público lo vea. A veces pierdes amigos, pierdes familia… pero otras veces sale bien.
P. ¿Qué es lo mejor que te ha dado el cine?
R. La conexión con la gente. Cuando ves que lo que tú has pensado a oscuras en tu casa, en silencio, en soledad… Ahí solo es una idea, no existe nada todavía. Pasa el tiempo, hay alguien que hace una música… Y cuando todo eso ha terminado y el público recibe la película y ves que se ríe, llora, te habla de algo, le emocionas… eso es mágico.