¿Repliegue táctico? La Estrategia Nacional de Seguridad de EE.UU.

La publicación de la nueva Estrategia Nacional de Seguridad de Estados Unidos ha sido leída, según el énfasis de cada interpretación, como una reafirmación de su liderazgo global o como un reconocimiento implícito de los límites que hoy enfrenta su proyección de poder. Este texto propone que la estrategia puede entenderse como un repliegue táctico, coherente con una declinación relativa de las capacidades materiales estadounidenses y con un sistema internacional más fragmentado que el de la Guerra Fría. No se trata de una retirada estratégica ni de un abandono de objetivos hegemónicos, sino de un ajuste en los medios disponibles para perseguirlos.

La tesis central es sencilla: Estados Unidos sigue siendo la principal potencia del sistema internacional, pero ya no concentra una proporción del poder material global comparable a la que sostuvo durante gran parte del siglo XX. Esta brecha creciente entre ambiciones estratégicas y capacidades relativas obliga a redefinir prioridades, seleccionar compromisos y administrar con mayor cuidado los costos de la competencia global.

Los datos históricos sobre capacidades materiales permiten situar empíricamente esta discusión. Indicadores comparables de largo plazo, como el Composite Index of National Capability (CINC), miden la proporción del poder material global que concentra cada Estado a partir de variables como gasto militar, personal militar, producción industrial, consumo energético y población. Lejos de ser una fotografía coyuntural, el CINC permite observar tendencias estructurales de largo plazo.

Como muestra la Figura 1, Estados Unidos alcanzó su mayor concentración relativa de poder material a mediados del siglo XX, en el contexto excepcional de la posguerra. Desde entonces, su participación en el total mundial de capacidades materiales disminuye de manera sostenida. No se trata de un colapso ni de una pérdida abrupta, sino de una declinación relativa gradual, consistente con la expansión de nuevas economías industriales y tecnológicas.

Un punto central es que esta trayectoria no depende exclusivamente de factores demográficos. Incluso cuando el índice se recalcula excluyendo los componentes de población, el patrón general se mantiene. Esto sugiere que la declinación responde a transformaciones estructurales más profundas en la distribución global de la capacidad productiva y tecnológica. El entorno estratégico actual es, por tanto, menos favorable a la concentración excepcional de poder que caracterizó a Estados Unidos durante la posguerra.

La declinación relativa estadounidense adquiere mayor claridad cuando se la observa en perspectiva comparada. La Figura 2 muestra la evolución del poder material de Estados Unidos y China. Mientras la participación relativa de Estados Unidos desciende desde mediados del siglo XX, China inicia un ascenso prolongado desde finales del siglo XX, asociado a su integración plena a la economía global y a la expansión sostenida de sus capacidades productivas.

Sin embargo, el gráfico también permite evitar una lectura simplista. El ascenso chino no reproduce los niveles de concentración relativa que Estados Unidos alcanzó en la posguerra. Más que una transición hegemónica lineal, los datos sugieren una redistribución más amplia del poder, en la que ninguna potencia logra concentrar capacidades suficientes para dominar el sistema en su conjunto.

Este punto es clave para interpretar la Estrategia Nacional de Seguridad. El desafío estratégico no es el de una potencia declinante frente a un sucesor inminente, sino el de una potencia establecida que debe competir en un entorno más denso, con más actores relevantes y con márgenes de superioridad material más acotados.

La transformación del entorno estratégico no se explica solo por el ascenso chino. La Figura 3, que presenta el índice de concentración sistémica de Singer, muestra que el sistema internacional actual es menos concentrado que el de la Guerra Fría. Durante el período bipolar, Estados Unidos y la Unión Soviética concentraban una proporción excepcional del poder material global. Hoy, esa concentración es significativamente menor.

Este dato tiene implicancias estratégicas profundas. En un sistema más fragmentado, los costos de la hegemonía aumentan y los retornos de la proyección directa del poder disminuyen. Ninguna potencia —incluidos Estados Unidos y China— dispone hoy de capacidades suficientes para reproducir los patrones de dominación sistémica del siglo XX. La competencia se vuelve necesariamente prolongada, costosa y estructuralmente limitada.

Este diagnóstico dialoga con el realismo ofensivo de John Mearsheimer, según el cual las grandes potencias buscan maximizar su poder, hegemonizar su región e impedir que otras potencias hagan lo propio. En un contexto de fragmentación sistémica, este objetivo no desaparece, pero se vuelve más difícil de alcanzar y más costoso de sostener.

Leída a la luz de esta evidencia, la Estrategia Nacional de Seguridad no implica una retirada ni una renuncia al liderazgo global. Estados Unidos no redefine sus fines últimos; ajusta los medios. La priorización geográfica, la selectividad en los compromisos y la mayor centralidad de las alianzas responden a una lógica de optimización del poder en un contexto de recursos relativamente más escasos.

Esta lógica se refleja también en decisiones concretas de política exterior. Recientemente, Estados Unidos anunció su retiro o suspensión de financiamiento de decenas de organismos internacionales, incluidos múltiples programas y agencias vinculados a las Naciones Unidas, bajo el argumento de que ya no sirven adecuadamente a sus intereses nacionales. Dado que Washington aporta cerca de una quinta parte del presupuesto ordinario de la ONU, esta decisión constituye un golpe significativo al multilateralismo institucional, pero también una señal clara de priorización estratégica. Este tipo de medidas no expresa un aislamiento completo ni una renuncia al liderazgo, sino una redefinición de los espacios en los que Estados Unidos está dispuesto a asumir costos financieros, políticos y estratégicos.

Sin embargo, la declinación relativa tiene un efecto desestabilizador. A medida que se reducen los márgenes de superioridad material, las grandes potencias pueden enfrentar incentivos para adoptar conductas más riesgosas con el fin de preservar posiciones estratégicas clave. El repliegue táctico puede coexistir, paradójicamente, con episodios de mayor asertividad en situaciones consideradas como vitales.

El mundo que describe la Estrategia Nacional de Seguridad no es el de la hegemonía indiscutida, pero tampoco el de una retirada generalizada. Es un mundo menos unipolar, más competitivo y estructuralmente más fragmentado, en el que Estados Unidos sigue siendo un actor central, aunque ya no único. En ese contexto, el repliegue táctico no es señal de debilidad, sino un intento de administrar racionalmente una brecha creciente entre ambiciones estratégicas y capacidades materiales relativas.