2020, el año maldito que lo interrumpió todo, detuvo en el peor momento las clases en las que Mateo García Menéndez (Oviedo, 2002) era el único alumno de “Arte y Diseño”. Nadie más que él había escogido la asignatura en el bachillerato de “la quinta del covid” y allí, con el aula entera para él y un profesor “que me estimulaba muchísimo”, “el friki al que siempre le había gustado pintar” ordenaba sus ideas y daba forma al amor al arte, recalculando la ruta que va de la contemplación a “la motivación por crear e investigar, a la búsqueda de referentes y técnicas y al hallazgo de un estilo y un sentido para las obras…”
El mundo se paró “justo cuando estaba más motivado y más a tope con la abstracción”, pero de alguna manera, en aquellas clases del Colegio Inglés de Asturias empezó a germinar la semilla de un artista que después se graduó en Magisterio en la Universidad de Oviedo, estudió un curso en Carolina del Norte y reconectó con su vocación en Madrid, cursando un máster en “Mercado del arte y empresas relacionadas” en la Universidad Nebrija. Madrileño de residencia desde el otoño de 2024, acaba de empezar a enseñar Inglés y Plástica en un colegio concertado del barrio de Vallecas y este 24 de enero, casi recién cumplidos los 23 años, inaugura su primera exposición institucional individual, “Las formas del hábito”, en el Auditorio Joaquín Rodrigo de Las Rozas. Estará abierta hasta el 26 de febrero.
Este bautismo se presenta con docena y media de obras en las que la espátula toma el relevo del pincel, apenas hay más colores que el blanco y negro y el hilo que las engarza es el que conecta también el arte con la calle. El arte abstracto, porque la calle y lo cotidiano, de ahí parte García Menéndez, “pueden parecer muy realistas, pero en el día a día hay mucha abstracción y no nos damos cuenta”. Desde ese punto de origen, el joven pintor ovetense plantea un recorrido muy personal por lo aparentemente intrascendente, por la realidad invisible en la que “no reparamos” y por la búsqueda de “lo abstracto en lo cotidiano”, quizá para darle sentido. Cada cuadro lleva un título que remite a un “agente social” de los que acompañan el discurrir de las masas por la calle –“el que repone en el supermercado, el obrero, el conductor del autobús, los niños o simplemente la multitud”– e invita a “ver en ellos un método de reflexión, de pensamiento”, un paréntesis para meditar…

«El billete que no cambia de manos». / M. G. M.
“El gesto de cargar sin pausa”, “La sombra que se mezcla con otras”, “El billete que no cambia de manos”, “La prisa que no tiene destino”… Los títulos dan pistas para encontrar en cada obra “una pausa para reflexionar”, acaso un espejo o una ventana –tienden a la verticalidad– por donde cabe esperar que emerja el pensamiento, da igual uno banal o profundo, una divagación o una meditación sesuda, una gran preocupación mundial o un problema personal. Aquí la espátula sustituye al pincel porque “se arrastra y crea formas muy abstractas, muy expresivas”, y la paleta de colores se restringe casi exclusivamente al blanco, el negro y el gris para “reducir el lenguaje visual” y evitar una guía de sensaciones dirigida para que el espectador identifique el rojo con la agresividad, el azul con la calma, y así sucesivamente…

«El gesto de cargar sin pausa». / M. G. M.
Este artista viene de las clases de arte del Colegio Inglés, pero también del contacto directo con el “sistema educativo mucho más creativo” que conoció en Estados Unidos y de la decisión que tomó allí de retomar la vocación artística sin dejar la de la enseñanza. En el máster de “Mercado del arte y empresas relacionadas” había sobre todo aspirantes a galeristas o alumnos interesados en trabajar en casas de subastas. Por eso a Carlos Delgado Mayordomo, profesor del máster, crítico en “ABC” y comisario de exposiciones, le sorprendió que Mateo García le pidiese contactos de artistas “para preguntarles si les importaría que fuese su asistente de estudio”. ¿Por qué?, quiso saber. “Porque pinto, soy artista, estoy empezando…” Le gustaron tanto las obras que le pidió que el resultado es la muestra que el ovetense tiene a la vuelta de la esquina en Las Rozas, donde Delgado Mayordomo ejerce como responsable de exposiciones.
Para Mateo García es la segunda, después de la que auspició el Grupo Reverso el pasado noviembre, y la primera institucional. Un paso esencial en una carrera incipiente que tiene al pintor expectante, muy interesado en quedarse a ver cómo termina todo esto. Quiere comprobar que “se puede vivir del arte”, pero sobre todo demostrar que el arte “es un recurso precioso que tenemos ahí, que nos hace conectar con el pasado, el presente y el futuro”. Que en estos tiempos inciertos conviene arrullar con “un poco más de amor al arte, porque yo creo que se nos está olvidando”, remata el pintor.
En el rabillo del ojo hay, claro que sí, algunos referentes estéticos. Menciona a Manuel Romero o a Santiago Sierra, dice que “cojo pinceladas de algunos pintores”, pero en la formación de su mirada la clave está en la sensación de que “me gusta mucho la exploración para encontrar mi lenguaje. Si me baso en un cuadro o una técnica que he visto antes siento que no puedo aprender qué estoy diciendo. Me gusta el ensayo-error y ver por qué hice las cosas. Ahí es donde me sale el significado de las obras”.