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Al cerebro le gusta un mundo lógico y coherente. Cuando detecta una acción, espera una reacción basada en la experiencia, aunque se detecte por sentidos distintos. Por ejemplo, cuando vemos a una persona golpeando un gigantesco gong, esperamos que inmediatamente nos envuelva un sonido ensordecedor, o cuando finalmente (tras mucho pelear) logramos abrir el envoltorio plástico de una cuña de queso, esperamos que nuestras fosas nasales se inunden del olor del producto lácteo. Incluso aunque a los estímulos los separen varios segundos, como el tiempo que pasa entre el relámpago y el trueno, a nuestro cerebro le relaja escucharlo, puesto que está avanzándose a lo que va a suceder.

Este hecho se denomina integración sensorial y permite reducir la incertidumbre del mundo que nos rodea. Sin embargo, nuestro cerebro no está constantemente integrando todas las señales que recibimos, sino que durante millones de años de evolución se ha especializado en separar cuáles deben integrarse y cuáles separarse.

Pongamos un ejemplo de un humano primigenio. Si este humano integrase todas las señales, como el rumor de un arroyo, el piar de cada una de las especies de pájaros, las cosquillas de una brizna de hierba, Etc. Etc.… es más probable que no se centrase en el crujido de una rama que se ha roto bajo el peso de una garra, ni el olor que ha envuelto el ambiente y por lo que el enorme oso de las cavernas podría volverse a casa con la panza llena.

Por eso nuestro cerebro, en una fracción de segundo, se queda con lo más importante e integra señales sensoriales que lo más probable es que provengan de un mismo objeto y separa aquellas que no. Así, si el crujido y el olor ocurren en lo que se denomina la ‘ventana de unión temporal’, el cerebro se pondrá alerta, porque si todo ha ocurrido en el mismo momento, es posible que haya un el oso, y eso sería más urgente que escuchar los pajarillos.

Cuando los estímulos provienen de dentro

Pero claro, cuando los estímulos provienen de nuestro propio cuerpo, este problema se complica. Desde hace relativamente poco, los neurocientíficos saben que nuestro cerebro está constantemente integrando y discriminando estímulos para saber qué forma parte de nuestro cuerpo y qué no. Para ello, combina tanto información visual, como táctil, como la de nuestro ‘sexto sentido’: la propiocepción. Pero ha sido al engañar a estos sentidos cuando un equipo del Instituto Karoliska ha podido indagar en cómo funcionan estos procesos cerebrales claves.

Axolotl

Concretamente han estudiado cómo reaccionaban 106 personas al ‘truco de la mano falsa’ mientras les medían las ondas cerebrales. Para realizar este truco, se le pide a la persona que ponga sus brazos sobre la mesa. Después, se tapa uno de los brazos y se cambia con los de un maniquí. Posteriormente, se estimula el brazo real mientras se toca el del maniquí, y así la persona comienza a tener la sensación de que el brazo del maniquí es suyo. En ese momento, el investigador (o mago, o ambas cosas a la vez) golpea la mano falsa con un martillo y la persona, normalmente, tratará de retirar la mano o incluso puede llegar a sentir dolor.

Pero algunas personas son mucho más susceptibles a caer en este truco, así que por ello los sujetos de esta investigación llevaban los instrumentos de medición de ondas. Estas ondas, que están divididas en 5 tipos (alfa, beta, gamma, delta y theta) son el resultado de la frecuencia de activación de las neuronas, y para cada persona son diferentes. Algunas producen ondas más rápidas y otras más lentas.

Más revoluciones para que el cuerpo no te engañe

Los investigadores pudieron detectar que aquellas personas con ondas alfa más rápidas eran más difíciles de engañar. Es decir, para que dichas personas detectaran las manos como suyas, los investigadores debían estimular con una brocha ambas manos a la vez y ser muy precisos con los movimientos, si no, la ilusión se rompía. En aquellos con ondas alfa más lentas, los movimientos podían ser mucho más inexactos.

 

Engañar cerebro truco de la mano Nature communications

Configuración y procedimiento experimental de la estimulación transcraneal con corriente alterna (tACS). D’Angelo, M., Lanfranco, R.C., Chancel, M. et al. Parietal alpha frequency shapes own-body perception by modulating the temporal integration of bodily signals. Nat Commun 17, 53 (2026). https://doi.org/10.1038/s41467-025-67657-w

Para añadirle robustez a la hipótesis, los investigadores realizaron un segundo experimento en el que estimularon mediante un procedimiento no invasivo los cerebros de aquellas personas más fáciles de engañar. Para ello, emplearon una cinta con electrodos capaces de emitir pulsos de electricidad. Así, aumentaron la frecuencia de las ondas de los participantes y, de pronto, estos se volvieron mucho más difíciles de engañar.

Una mujer con insomnio

Con este segundo experimento, los investigadores demostraron que, efectivamente, las ondas cerebrales están relacionadas con cómo nuestro cerebro entiende nuestro cuerpo y dibuja los límites del ‘yo’. Un ritmo cerebral capaz de dibujar dónde empieza el cuerpo y dónde acaba.