Hay ideas sobre la casa que no tienen que ver con metros, ni con modas, ni siquiera con estética. Tienen que ver con cómo queremos vivirla. Por eso cuando Natalia Zubizarreta dice que: «Si tuviera 60 años, no tendría una cocina cerrada», no está hablando solo de distribución, sino de actitud.

La interiorista pone sobre la mesa una escena muy cotidiana: amigos en casa, conversaciones cruzadas, alguien cocinando mientras el resto charla… Y se pregunta qué sentido tiene quedarse aislada entre fogones cuando lo interesante está al otro lado de la pared. Su respuesta es clara: ninguno.

Más que una defensa de la cocina abierta, su reflexión es una invitación a pensar la casa como un lugar compartido, vivido y disfrutado en tiempo real. Un espacio donde cocinar no te aparta del plan, sino que te mantiene dentro de él.

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Cuando la cocina deja de ser un espacio aisladomesa adosada a isla de cocina 00560011 El Mueble

La reflexión de Natalia Zubizarreta continúa con una idea clave que muchos clientes verbalizan, pero no siempre saben traducir en decisiones de reforma: «Si está todo el mundo charlando fuera y yo encerrada en la cocina, no me parece buen plan. Preferiría una cocina abierta al salón o al comedor y enterarme de todo». Aquí no se habla de tendencias ni de modas, sino de presencia, de no quedarse fuera de la vida mientras se cocina.

Y es que la cocina no es solo tirar un tabique. Es asumir que cocinar también puede ser un acto social, que el ruido, las conversaciones cruzadas y hasta el desorden forman parte de ese momento compartido. La interiorista lo resume con una frase especialmente reveladora: «Sería consciente de que cada vez me quedan menos años y lo importante sería compartir esos pequeños momentos todos juntos, no los olores».

Esa última coletilla es clave. Durante mucho tiempo, el principal argumento en contra de las cocinas abiertas fueron los olores y el ruido. Hoy, con campanas eficientes, placas silenciosas y electrodomésticos integrados, esa preocupación ha perdido peso frente a una necesidad emocional mucho más fuerte: no perderse nada. La cocina abierta se convierte así en una elección vital, no solo funcional.

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