Sobria, sencilla y ciertamente desapegada de los bienes materiales desde al altura de su visión espiritual de la vida, Irene de Grecia se ha marchado como vivió, sin ruido, sin molestar, sin protagonismo. Pero no por eso será menos recordada por sus deudos, y en particular por la reina Sofía para quien ha sido hermana, amiga, confidente y apoyo inquebrantable a lo largo de toda una vida salpicada de difíciles avatares.
Rara avis en el mundo de la realeza, en cuyo corazón neurálgico se insertó su existencia, doña Irene nació en 1942 en los difíciles días del exilio de sus padres en Sudáfrica y fue, a decir de su hermana, el resultado de una educación en la que había cariño y exigencias, caricias y disciplinas. La hija de una familia unida e integrada que giraba en torno a dos padres admirados, el refinado rey Pablo y la potente y seductora reina Federica; dos grandes iconos que acaso terminaron opacándola con su propio brillo.
Irene de Grecia junto a sus hermanos. (Getty)
Trasplantada al sol de Grecia en 1947, fue testigo de la guerra civil en la que su madre mostró tanto temple y valentía, recorrió con sus padres todos los parajes de la Hélade y, desde una edad muy temprana, participó con ellos en el fortalecimiento de los fundamentos de la monarquía y en sus trabajos para abrir y mostrar el país al mundo.
Educada con sus hermanos, Sofia y Constantino, en las escuelas Arsakion, fundadas por la reina Federica, su paso por el prestigioso colegio de Salem, dirigido por su tío el príncipe Jorge Guillermo de Hannover, contribuyó a curtir y formar su carácter y a asomarla a una cierta espiritualidad anclada en la naturaleza y en su críptico lenguaje. Apasionada por la arqueología, fue, sin embargo, en la música donde desarrolló un particular talento y encontró la vía para desarrollar una identidad propia y diferenciada de la de las más homogéneas princesas de su tiempo, en el seno de una gran red social de príncipes de Hannover, Hesse, Hohenlohe-Langenburg, Orleans y un largo etcétera
Lanzada al marcado matrimonial de la realeza en tiempos de gran inflación de princesas casaderas, en 1965 se habló de su romance con el divorciado y brillante abogado ateniense Stavros Strastigis, al que puso fin la reina Federica, por entonces ya viuda. Se esperaba un matrimonio regio y hubo rumores, con poco fundamento, de noviazgo con su primo el príncipe Miguel de Grecia y de su otro primo el príncipe Enrique de Hesse.
Nada significativo cuando la caída de la monarquía griega, en 1967, golpeó fuertemente a la familia que tuvo que buscar refugio en Roma en casa de los primos Hesse y con el apoyo del príncipe Álvaro de Orleans-Borbón. Fue entonces cuando, animada por su madre y tras haberse formado con la compositora, pianista y organista francesa Nadia Boulanger, se entregó al piano apoyada en su carrera por su mentora la pianista clásica griega Gina Bachauer y por ese amigo de la familia que era el director de orquesta Yehudi Menuhin. Tanto que, en entrevista a la revista francesa ‘Point de Vue’, en 1969, declaró: «Mi vida de pianista pasa por delante de mi vida sentimental. Me gustan todos los compositores, excepto los de vanguardia. No los comprendo bien.
Debutó en Londres en presencia del príncipe de Gales, realizó una gira por distintas ciudades de los Estados Unidos (en su sobriedad sólo llevó consigo tres vestidos y tres pares de zapatos) y cedió aquellos ingresos a sus bolsas para estudiantes de música y de teología en Grecia. Ya afloraba en ella un interés, tomado de su familia y de sus tíos los príncipes Jorge Guillermo y Sofía de Hannover, por la vida espiritual desde una visión sincrética de la experiencia religiosa.
Irene de Grecia en una imagen de archivo. (Getty)
Una inclinación compartida por su madre que las llevó a instalarse, a comienzos de los años 70, en una villa en la ciudad india de Chennai. Versada en filosofía y en el estudio de las religiones comparadas, siguió enseñanzas del profesor M.T. P. Mahadevan, experto en Brahmanismo hindú, se formó en el linaje de los Kanchi, conoció numerosos ashrams y se especializó en el estudio de la relación existente entre la Patrística de la iglesia ortodoxa griega y el Vedanta oriental.
Años de profunda transformación personal y de compromiso con una cultura que, desde entonces, impregnó su vida alejada de los intereses propios de su grupo social de pertenencia en el que, sin embargo, siempre fue altamente respetada aunque, quizá, no suficientemente comprendida salvo por unos pocos. Desde la restauración de la monarquía en España participó íntimamente de la vida de la familia real, sin olvidar su entrada directa en las cortes de Londres, Copenhague y Estocolmo y, tras el inesperado fallecimiento de su madre en 1981, se instaló definitivamente en el palacio de la Zarzuela.
En 1986 creó su fundación Mundo en Armonía, a la que se entregó en cuerpo y alma, llevando apoyo material a numerosos países del mundo y en particular a la India, donde conoció y trató a Indira Gandhi y mantuvo una buena relación con la Madre Teresa de Calcuta.
Se habló de una estrecha amistad con el embajador alemán en España, Guido Brunner, pero su vida ya giraba en torno a su fundación, y a la promoción del micro crédito en el tercer mundo a través del Grameen Bank de Bangladesh de Muhammad Yunnus. Contribuyó a financiar proyectos de la Cruz Roja, colaboró con la Fundación Nelson Mandela para niños y con el Philani Nutritional Project de Sudáfrica y perteneció a numerosas instituciones y fundaciones de carácter asistencial, como la African Cultural Organization, por citar solo algunos de sus muchos aportes en favor de la erradicación de la pobreza. Sirva como resumen decir que, en 2003, cedió a su fundación los 900.000 dólares que le correspondieron de la indemnización que el gobierno griego dio a su familia como compensación por los bienes de la familia real griega incautados en 1974.
Irene de Grecia en una imagen de archivo. (Gtres)
Una vida, en suma, que partiendo de las ventajas del alto nacimiento y del privilegio, y alejada de todo signo de ostentación, se consagró a la verdadera reparación en esta princesa singular y elevadamente espiritual, siempre leal a los suyos y capaz de moverse sin molestar pero sin perder su altura regia. Una severa pérdida para doña Sofía y para toda la familia real española de la que, en realidad, ha formado parte esencial durante las últimas cuatro décadas.
Sobria, sencilla y ciertamente desapegada de los bienes materiales desde al altura de su visión espiritual de la vida, Irene de Grecia se ha marchado como vivió, sin ruido, sin molestar, sin protagonismo. Pero no por eso será menos recordada por sus deudos, y en particular por la reina Sofía para quien ha sido hermana, amiga, confidente y apoyo inquebrantable a lo largo de toda una vida salpicada de difíciles avatares.