MUSOC presenta este sábado “Eloy de la Iglesia, adicto al cine”, documental dirigido por Gaizka Urresti, ganador de un Goya por “Labordeta, un hombre sin más”. La Caja de Músicos, el FICX y la Fundación Juan Muñiz Zapico, de CCOO de Asturies, apadrinan la proyección en Gijón Sur, con la presencia del actor Ángel Pardo.

La cinta propone un recorrido íntimo y sin filtros por la vida y obra del director vasco Eloy de la Iglesia (Zarautz, 1944–Madrid, 2006), figura clave para entender el cine y la sociedad de la España tardofranquista y de la Transición democrática.

Nacido en el País Vasco, pero criado en Madrid, estudió cine en París y a su regreso a España comenzó a dirigir, siendo su primera película, “Fantasía 3”, de 1966. Posteriormente llegarían dramas, terror, thrillers y hasta una curiosa película de ciencia ficción, “Una gota de sangre para morir amando”, de 1973, conocida en su época, sarcásticamente, como La mandarina mecánica, por sus evidentes referencias a “La naranja mecánica” de Stanley Kubrick.

Su gran momento, llegaría no obstante con el final de la censura y la recuperación de las libertades democráticas por las que él mismo había luchado como militante del PCE. Referente del llamado cine quinqui, todo un género entre finales de los 70 y principios de los años 80, en los últimos tiempos ha sido valorado como un autor pionero, en la estela de Fassbinder, Pasolini o el primer Almodovar.

Creador pegado a su tiempo, De la Iglesia abordó en un cine abiertamente comercial, y sin ninguna vocación de minorías selectas, temáticas tan rompedoras para el cine de la época, como la marginalidad urbana, la delincuencia juvenil, las drogas, la homosexualidad, la prostitución, el conflicto vasco, la represión sexual, o las relaciones entre las izquierdas y la moral tradicional. Autor de taquillazos como El pico, Navajeros o La estanquera de Vallecas, su cine, crudo, directo y provocador, cuenta con títulos tan singulares como “El diputado”, donde narra la historia de un diputado comunista, aspirante a secretario general del partido, amante de un chapero, y chantajeado por la ultraderecha por su bisexualidad clandestina. Poca broma.

En “El Pico” cuenta la historia de dos yonkis en el Bilbao de 1983, uno hijo de un Guardia Civil y el otro de un dirigente de la izquierda abertzale. La crisis económica, el paro juvenil, ETA, el auge del caballo, y la represión policial son el telón de fondo de uno de los grandes éxitos de su director, que en esa época iniciaba su adicción a la heroina. La película está protagonizada por José Luis Manzano, actor en varias películas de Eloy de la Iglesia, y apodado el James Dean del cine quinqui. Ambos se habían conocido en 1978, a la salida de los billares Victoria, en Madrid, donde Manzano, como otros chavales de origen proletario, ejercía la prostitución para ganarse la vida. A partir de este encuentro el cineasta se convertiría para el joven en una mezcla de amante, amigo y mentor, llegando a vivir juntos durante ocho años, tiempo en el que ambos también se sumergirían a la par en el mundo de las drogas. De la Iglesia lograría desengancharse y salir de él, pero Manzano, devenido en delincuente callejero, fallecería a los 29 años en circunstancias un tanto oscuras. En febrero de 1992 su cuerpo aparecía sin vida en el domicilio del director. Tan solo tenía 29 años.

“Una gota de sangre para seguir amando”

“El Diputado”

“El Pico”

Eloy de la Iglesia con el elenco de “Colegas”, los hermanos Flores y José Luis Manzano.

El documental de Urresti —con guion compartido con Moisés Garrido y Juan Barrero— reúne testimonios de actores, críticos y colaboradores que conocieron de cerca a De la Iglesia, como José Sacristán, Fernando Guillén Cuervo o Carlos Aguilar. A través de ellos, se traza el retrato de un creador obsesionado con el cine, un medio que él mismo definió como la única “adicción” que nunca le falló y que representa el corazón de la película.

Además de su aportación cinematográfica, la película se adentra en su vida personal, no menos interesante: su militancia política, su homosexualidad abierta en tiempos de represión, su fascinación por los ambientes marginales, y su adicción, una situación que le llevó a la ruina física y económica, y que le apartó durante una década de su trabajo y pasión.

Recuperado físicamente y reivindicado por una parte de la crítica más allá de la etiqueta de cineasta quinqui, un tanto sensacionalista y cutre, en 2003 filmó su última película, “Los novios búlgaros”, basada en una novela del escritor Eduardo Mendicutti. Tres años después fallecía por complicaciones posteriores a una operación quirúrgica.