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El colibrí de Ana (Calypte anna) es una de las especies más emblemáticas de la costa oeste de los Estados Unidos. Fundamentalmente, por la belleza que le confieren los tonos rojizos y violetas de su cabeza, lo que ha llevado a muchas personas a instalar bebederos en sus jardines con soluciones de agua y azúcar. El objetivo es que se alimenten de ellos y den un toque más natural, bello y colorido a las inmediaciones de las viviendas. Una acción de buena fe que puede parecer un quid pro quo, pero que no está planteando una problemática inesperada.

Así lo asegura un estudio científico publicado en la revista Global Change Biologyy llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Berkeley. En él se afirma que la morfología de los colibríes de Ana o de cabeza roja está viéndose modificada de forma rápida y drástica por culpa de la interacción humana. De hecho, han identificado cambios tangibles en apenas unas décadas.

La especie que el ornitólogo René Lesson describió fascinado en el siglo XIX hoy muestra un aspecto muy distinto. Como decíamos, la causa principal de esta metamorfosis reside en un objeto cotidiano presente en miles de jardines californianos: los bebederos de agua azucarada. Un recurso alimentario constante y de fácil acceso que ha alterado las reglas de la selección natural, permitiendo que las aves con rasgos específicos prosperen sobre las demás. Algo que no tiene por qué ser bueno.

Los científicos han analizado la expansión poblacional y las variaciones en el pico de estos animales, descubriendo que tienen una correlación directa con el uso de estos aparatos. De hecho, la disponibilidad de alimento de forma artificial está permitiendo al colibrí de Ana colonizar nuevos territorios en los que antes no podía sobrevivir por sí mismo.

La transformación del pico

En el pico del colibrí de cabeza roja se aprecian las modificaciones más importantes. Como apuntan los investigadores, se ha vuelto más largo y afilado. El incremento en la longitud se debería a las características propias de los dispensadores plásticos, mientras que la forma puntiaguda respondería a una creciente agresividad por la defensa de estos puntos de comida.

Obviamente, no es la primera vez que los seres humanos han influido en la evolución de una especie. A lo largo de la historia, lo han hecho con los perros, gatos, conejos y, más recientemente, con los mapaches. Sin embargo, lo que realmente ha llamado la atención de los investigadores es la celeridad de este caso. Y es que los cambios en el pico de los colibríes se han consolidado en solo 10 generaciones. Un período de tiempo que, en términos evolutivos, es asombrosamente breve.

Un arma de doble filo

A priori, el florecimiento del colibrí de Ana puede parecer una buena noticia. Sin embargo, su auge está vinculado al declive poblacional de otras especies de la misma familia, las cuales no han sabido adaptarse tan bien (ni tan rápido) a la influencia del ser humano en sus hábitats.

La documentada transformación del colibrí de cabeza roja es la mejor prueba del papel del ser humano como motor principal de cambio en el planeta Tierra. Una evolución a la que estamos pudiendo asistir en tiempo real y que, tal vez, demuestras que nos encontramos definitivamente inmersos en el polémico Antropoceno.