En una tragedia como la brutal colisión de dos trenes de alta velocidad a última hora de la tarde de ayer en Córdoba, los fallecidos … no son sólo un número: tienen nombres y apellidos. Y algunos de ellos, una larga vida por delante. Como Pablo B, el maquinista del Alvia, de tan sólo 27 años, que salió despedido decenas de metros desde la cabina en el momento del impacto a más de 200 kilómetros por hora a la altura de la localidad de Adamuz. Su muerte ha causado un hondo pesar entre sus compañeros que no han dudado en calificarla de «desgracia».
Y es que, a pesar de su juventud, Pablo era ya un experimentado conductor de trenes tras su formación en Cetren, primer centro privado homologado por la Agencia Estatal de Seguridad Ferroviaria (AESF) del Ministerio de Transportes. Este vecino de Alcorcón, que comenzó a trabajar alejado de la capital, llevaba meses haciendo la ruta Atocha-Chamartín-Córdoba tras sustituir a otros compañeros que pidieron plaza en los trayectos de media distancia.
Pedro Gómez, secretario ferroviario de UGT en Andalucía, apenas pudo confirmar que su compañero se encontraba en la lista de 40 víctimas mortales. «Son muchas emociones», confesaba con un hilo de voz al mismo tiempo que insistía en que el tren «es un medio seguro». «No estamos acostumbrados a vivir situaciones así», justificaba.
Su madre, de vacaciones en Egipto
Sobre su familia, se da la cruel circunstancia de que su madre, Romi, se encontraba de vacaciones en Egipto cuando ocurrió el brutal choque del Alvia que conducía Pablo contra el Iryo descarrilado. Profesora jubilada, dio clases hasta este pasado mes de julio en el colegio público del citado municipio madrileño donde también estudió su hijo.
Ambos eran muy conocidos en el barrio de Ondarreta donde residían y el Ayuntamiento madrileño ha trasladado su pésame a la familia del maquinista, al mismo tiempo que declaraba dos días de luto oficial por su muerte. «Las banderas ondearán a media hasta y suspendemos la agenda pública», informó la alcaldesa del PSOE, Candelaria Testa.
Además de los trenes, su otra gran pasión era la fotografía, una afición que practicaba desde la infancia. De hecho, compartía en las redes sociales sus instantáneas captadas con su inseparable cámara compacta. En definitiva, toda una vida por delante, llena de sueños aún por cumplir, truncada para siempre por el primer accidente ferroviario de la alta velocidad en España.