Lunes, 19 de enero 2026, 22:52

Juan Martínez Lax lleva toda una vida dando forma a la Ɵtierra. En la exposición ‘Nacida de la tierra’, Juan se centra en la figura humana; la textura alcanzada asoma la huella de sus dedos, la marca de la maza, los arañazos de la herramienta que ha utilizado. La superficie rugosa, con cicatrices, con historia, recuerdo y memoria: no casual sino filosófica, transcendental.

En la obra de Martínez Lax, la materia habla del esfuerzo, de la violencia que hay en el acto de crear; la verdad es el proceso. Algunas de las obras exhibidas son de tamaño natural, otras alcanzan los tres metros; éstas te hacen sentir vulnerable, pequeño ante ellas. La verticalidad rotunda parece anclarlas a la tierra con una fuerza tremenda. Son colosales, tectónicas. Son pesadas en su origen, en su materia, pero ligeras en su aspiración.

En su alma conectan lo terrenal y lo trascendente, como columnas humanas que sostienen el cielo y que los materiales ayudan a crear. Modeladas con refractario y, en proceso, fundidas con sílice y caolín, evocan una fuerte riqueza ecológica. Es la tierra misma tomando forma y alzándose.

En ‘Nacida de la tierra’, pasamos de lo que vemos a lo que sentiƟmos. Su hilo conductor, su hacedor, Juan Martínez Lax, más que artesano o artista, es un gurú o chamán que danza y se recrea en ellas como deleite personal y fortaleza espiritual, abriendo portales hacia lo eterno, acompañado en el viaje sin regreso.

Las esculturas adquieren una fuerza totémica. No son retratos, son tótems, símbolos que nos conectan con la tierra, con el ciclo de la vida, la muerte y la eternidad; una espiritualidad ancestral. Y otra, más filosófica, que mira hacia el interior de la propia escultura y se centra en aquello que no se representa, como el eco en una catedral.

La majestuosidad no está solo en las paredes de piedra, grandes y sólidos sillares, sino en el vacío que hace resonar. La liberación de masas y búsqueda del vacío. En el fondo, para Juan Martínez Lax predomina la idea de que la verdadera fuerza de estas esculturas no está sólo en la materia, sino en la energía que ellas mismas proyectan: no es lo que son, sino lo que generan y lo que se expande.

Esa danza silenciosa y tribal es la culminación de todo lo ancestral, lo corpóreo, fusión de lo espiritual y ritual

Y, como dice Pedro González, en el poema ‘Presencia’: «No estás aquí para ser mirada, sino para sostener la mirada». Aclara que no es un sujeto pasivo; es una presencia activa que nos devuelve la mirada, que nos interpela y remata con esta frase: estas mujeres no representan. Existen. NO es un símbolo; es existencia pura. Y dice el poema: «La luz no las embellece, las define». ‘Nacida de la tierra’ no está aquí para ser bonita ni para agradar. Las obras están ahí para ser: «Son cuerpos, son exceso. Forma sin coartada»; «su belleza no consiste en agradar, sino en mantenerse fiel a una presencia que no se explica».

Progreso 80. Juan Martínez Lax en su lugar de trabajo, en el barrio del Progreso.

Progreso 80. Juan Martínez Lax en su lugar de trabajo, en el barrio del Progreso.

Ros Caval/ aGM

Como espectador, no Ɵtienes que entender la obra, sólo tienes que acompañarla, sentirla. Estar frente a ella es una invitación a dejar de analizar y empezar a experimentar. Y toda esta obra, tan visceral, tan auténtica, es el trabajo de un hombre que cumple ochenta años. Con un tono personal muy cálido, llamo a Juan Martínez Lax, maestro, y lo felicito.

Considero esta exposición, ‘Nacida de la tierra’, un hito. Se presenta como obra de su plena madurez y afirma que su carga poética y garra espiritual ya son signos visibles de su identidad: un regreso al origen, como un círculo que se cierra. Juan Martínez Lax vuelve a la génesis creativa, al barro, y vuelve a la figura femenina como matriz de la vida.

Como el origen de todo, es un regreso a la fuente, se define como figuración al servicio de lo eterno, no de lo fugaz; es tan humilde y terrenal como la arcilla. Juan Martínez Lax no busca capturar un momento, sino tocar la eternidad. Esa es la gran paradoja y el gran logro. ¿Cómo se consigue esa sensación de eternidad con materiales tan terrenales?

En la habilidad del artista, la tierra como origen, el cuerpo como vehículo y una dimensión espiritual casi atemporal como destino. Ritmo casi coreográfico que nos invita a imitar esa danza silenciosa y tribal. El artista ha creado un entorno, una instalación que genera una atmósfera. No es sólo un acto visual, es casi una performance. Esa danza silenciosa y tribal es la culminación de todo lo ancestral, lo corpóreo, fusión de lo espiritual y ritual.

Como ejercicio de síntesis, breve y conciso, expongo que, al adentrarme en ‘Nacida de la tierra’, me adentro en un espacio sagrado habitado por figuras colosales que nacen de la misma tierra sobre la que camino; esculturas marcadas por la mano de su hacedor, pesadas como roca y ligeras como espíritus. Ancestrales e inmediatas, sobre todo. No son representaciones, son presencias que existen por sí mismas en el tiempo y en el espacio, que nos obligan a mirar nuestro interior y reflexionar sobre nuestra conexión con lo material, con nuestro origen y con esa dimensión más trascendente que a menudo olvidamos.

La obra de Lax te hace aseverar que volveremos a nacer. Mientras que estamos frente a estas figuras mágicas, tribales, nos sobreviene la certeza de lo que vivimos: es aquí y ahora. Es pura inmanencia. Promesa de futuro frente a presencia radical.

Y esta tensión frente a ‘Nacida de la tierra’ me lleva a una última reflexión: quizás lo más perdurable de una persona, su verdadero legado, no sea una historia, ni un recuerdo, ni una promesa de futuro, sino simplemente una presencia; una huella física y silenciosa en el mundo, como la huella del dedo del artista en la arcilla.

Un pensamiento para meditar: ‘Nacida de la tierra’.

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