Hace una década Javier Castro vivía en una ciudad de casi ocho millones de habitantes, viajaba sin parar y apreciaba ese trasiego, no pensaba nunca en la muerte ni enfermaba jamás. Casi por casualidad se abrió un perfil en Linkedin. Así fue como Entrepinares —el mayor fabricante de quesos de España— dio con este ingeniero de alimentos colombiano con amplia experiencia.
La empresa con sede en Vilalba le hizo una oferta que se materializó en el traslado de Castro desde Bogotá a la capital chairega en 2018, que aceptó buscando «una vida tranquila europea», especialmente para su entonces único hijo, Matías, que tenía año y medio. El niño y su mujer, Xiomara Velandia, tardarían aún un año en venir definitivamente.
«A los seis meses decidí renunciar. Había mucha tranquilidad, pero un frío…», admite. No solo el mal tiempo le estaba disuadiendo. Llevaba años viajando por medio mundo, asesorando a grandes empresas para desarrollar nuevos productos y sentía que en Vilalba no estaba aprovechando su potencial. Habló con la empresa porque tenía la ilusión de asumir nuevos proyectos, hacer un trabajo más ambicioso. La firma le ofreció los retos que buscaba y Javier y su familia empezaron a disfrutar del hecho de no tener un trayecto de horas al trabajo cada mañana. «En Vilalba descubrí el sonido del silencio», reconoce.
Pasaron cinco años y decidieron tener otro hijo. Antes de que naciera su niña, Sofía, se compraron un piso en Vilalba. «Entonces decidimos quedarnos, porque hasta ese momento nuestra vida no estaba acá, estaba parcialmente acá», dice. «Mi objetivo principal era sacar un producto de valor en Entrepinares, porque yo ya había sacado algunos importantes en Colombia y quería hacerlo también aquí», dice.
Lo logró con algo que tiene mucho sentido que sea obra de un colombiano. El café con leche en cápsulas de Mercadona es obra suya. Con ese producto ya en el mercado, la pandemia superada y su hija menor con dos años, la familia se planteó la posibilidad de cambiar de aires. Javier reactivó el Linkedin y su empresa lo promocionó en mayo de 2025 a manager de desarrollo de negocio. «Tengo que viajar mucho por España y por Europa para buscar oportunidades, que es lo que me gusta y lo que estaba haciendo en Colombia», explica
«Fui varias veces al médico, me decían que era estrés»
Solo un mes después, en junio, empezó a tener estreñimiento y un dolor pélvico bajo que lo llevó al centro de salud. «Me dijeron que no era peritonitis, que era un dolor estomacal que no era grave, que era estrés», señala. Javier tenía entonces solo 34 años, unos padres sanos, era un técnico de alimentos que seguía una dieta equilibrada, hacía ejercicio y se cuidaba pero tenía un trabajo exigente, así que cuando comenzó a ver sangre cada vez que iba al baño y volvió al centro le dijeron que eran «hemorroides, fisuras, estrés».
«A la segunda semana ya yo veía que seguía y seguía y no podía ser una fisura. Como tengo seguro privado en Sanitas pedí una cita», señala. Le hicieron una ecografía que reveló inflamación en el hígado. Se le programó un TAC. «El digestólogo me dijo: No abras el informe hasta que yo lo abra», cuenta. Dejó pasar un fin de semana, pero el lunes, en cuanto llegó a la oficina, fue directo. «Ahí salió el resultado: carcinoma en el sigma del colon, con metástasis en el hígado y varios ganglios afectados. Cáncer en etapa 4, con metástasis en el hígado y peritoneo», dice.
«El cáncer me ha enseñado a aceptar la muerte como parte de la vida. Ahora duermo como un bebé porque ya no pienso en ella»
Imprimió el informe y fue a mostrárselo a la médica que había atribuido sus sangrados al estrés. «Le dije: Mira el estrés, explícamelo. Y me contestó:Qué quieres que te explique si ya lo sabes. Ella misma me derivó al Hula, donde ya me cogió todo el equipo oncológico. Me hicieron colonoscopias, resonancias, PET-scan, TAC…El 28 de julio me detectaron el cáncer y el 11 de agosto ya estaba iniciando quimioterapia», cuenta.
«El cáncer fue algo totalmente ilógico en mi vida»
Define el día del diagnóstico como «totalmente abrumador». «Me dieron de 1 a 3 años de vida. Es terrible enfrentarse a esa noticia a los 34 años. Les dije: Pero si tengo 34 años, ¿no me quedan 10 años, 15? Me dijeron que ni 10, ni 15. Que era muy poco probable», cuenta.
Sabe que su cáncer ni es genético ni puede estar relacionado con sus hábitos. «Soy deportista, juego al fútbol, monto bicicleta, no fumo, no tomo, comía muy sano… Fue algo totalmente ilógico en mi vida porque sé mucho de alimentos y de nutrición y es como ver que todo tu pasado profesional se ha ido a la mierda. Me sentía totalmente inútil. Siempre promocioné las fibras prebióticas y probióticos para una salud digestiva en el colon y me cae un cáncer de colon», explica.
El tratamiento disponible para su caso era muy limitado. «En ese momento no se podía operar, ni hacer inmunoterapia, ni radioterapia, ni terapia dirigida, solo existía la posibilidad de la quimioterapia. El hígado tenía muchas metástasis. Se divide en nueve partes y las nueve partes estaban afectadas», explica.
Le propusieron dos tipos de quimioterapia: una con cuatro fármacos y otra con tres. «La de cuatro medicamentos era la más cañera que había, la más fuerte», explica sobre la elegida. «Jamás pensé que mi cuerpo pudiera soportar tanto dolor. Tuve náuseas, mareos, vómitos, cansancio extremo, hormigueo en las manos, visión borrosa, sabores alterados, se me cayó el pelo, no podía abrir los ojos cuando me despertaba porque los párpados estaban muy secos, ni llorar porque sentía que me explotaban los ojos…Era realmente terrible. Y soporté, de esas quimios, seis», señala.
«Lo que yo quiero es que cuando me muera quede un recuerdo de que Javier Castro luchó hasta el final, que por más diagnósticos que le dieron, lo intentó y lo intentó»
La tuvo que dejar porque estaba resultando demasiado tóxica para el hígado y continuó con la de tres fármacos. Este mes empieza su décimoprimer ciclo. Paralelamente, empezó un régimen de autocuidado global. A nivel físico, incrementó el ejercicio de fuerza, se impuso determinada suplementación, come aún más sano y subió las calorías, consciente de que el tratamiento suele reducir el apetito y eso le debilitaría. Para sorpresa de los médicos ha conseguido llegar aquí sin bajar ni un solo kilo. «Me dicen: Lo que seas que estás haciendo, sigue haciéndolo», explica.
Dice que la fortaleza mental viene de su familia, mujer e hijos, pero también de sus padres, que lo visitan a menudo. «Buscamos ayuda psicológica en la Aecc. Estamos inmensamente agradecidos a Rosa [la psicóloga de la asociación], que ha sido un pilar fundamental», dice. Para él, un católico muy practicante, la religión también está siendo una gran ayuda.
«El cáncer me ha enseñado a aceptar la muerte como parte de la vida. Ahora duermo como un bebé porque ya no pienso en ella. En esos primeros tres meses era imposible porque siempre se me venían mis hijos, mi esposa, mi madre, que solo tendría un año, dos, tres… Ya te imaginas tu funeral. Es muy fuerte», dice.
«Me sentía muy importante. Al final la vida te pone un freno»
«Yo me la pasaba de hotel en hotel, de feria en feria, viajando, muy ocupado…Me sentía muy importante y al final la vida te pone un freno de mano y te dice que eres mortal. Ves que hay prioridades, que tienes que olerle el pelo a tu hijo, dormir a tu hija, estar con tu esposa, que eso es mucho más importante que un viaje a París», dice y añade que, aunque «suene irónico» le está «agradecido a la enfermedad» porque le ha hecho «más humano, más comprensivo». Mira a su mujer,a la que conoció en el colegio, y ambos asienten, como confirmando que se ha producido esa transformación.
Explica que le ha motivado a contar su caso la posibilidad de ayudar a otros pacientes y visibilizar que se puede ser joven, llevar una vida sana y tener cáncer.
Las últimas pruebas han cambiado sustancialmente con respecto a las iniciales. «Ya no hay nada en el peritoneo, el hígado pasó de 9 partes incontables a 7 partes contables. Y el tumor del colon, de 6 centímetros a 1,2″, explica.
Su caso también ha sido estudiado por el equipo de la doctora Elena Élez, oncóloga del Vall D’Hebron especializada en tumores gastrointestinales en personas jóvenes [fue quien trató a Pau Donés, el cantante de Jarabe de Palo]. «Ahora se están planteando tanto en Barcelona como acá la cirugía, pero tienen que esperar a que el hígado desinflame», dice.
No se plantea el próximo paso de su proceso hasta que llega a él y tiene claro su objetivo. «Lo que yo quiero es que cuando me muera quede un recuerdo de que Javier Castro luchó hasta el final, que por más diagnósticos que le dieron, lo intentó y lo intentó», dice.