La neolengua de Orwell ha llegado a la educación. En el universo de ‘1984’ la palabra malo ha sido sustituida por ‘no-bueno’ y terrible por ‘doblemente-no-bueno’ dentro de un régimen totalitario que trata de manipular al ciudadano y ocultar la verdad tras … el eufemismo. Hoy el maestro ha dejado de poner notas, que últimamente son «descriptores operativos» y ya no castiga ni sanciona sino que imparte «justicia restaurativa que actúa sobre las emociones o pensamientos». Pero el listado es infinito, casi inabarcable: los contenidos son «saberes básicos»; el fracaso escolar es «abandono educativo temprano»; el alumno, «capital humano»; los libros de texto, «recursos de la programación en el aula»; las asignaturas, «áreas, materias, ámbitos o módulos» —según el nivel— y las aulas de castigo son hoy «aulas de convivencia».

A Fernando Villalba, del sindicato educativo STEs-i, le gusta hablar de «contorsiones lingüísticas» y advierte de que aunque todas estas modificaciones puedan parecer ridículas, en el fondo no tienen nada de ingenuas. «Nos toman por imbéciles», dice a este periódico. Con cada nueva ley orgánica, protocolo o normativa cambia la jerga dificultando la comprensión por parte del profesorado de sus funciones y también complicándole el papeleo. «Algunos cambios son evitables y otros no, pero la realidad es que las tareas burocráticas se nos acumulan porque hay que adaptarlo todo», resume Ramón Izquierdo, secretario de ANPE (Asociación Nacional de Profesionales de Enseñanza).

«El neopuritanismo prohíbe aquellas palabras que considera agresivas y las sustituye por eufemismos»

Darío Villanueva

Exdirector de la RAE

Pero más allá de la carga de trabajo que puedan padecer los maestros, hay causas más profundas que explican la nueva nomenclatura educativa oficial. Darío Villanueva, exdirector de la RAE (Real Academia Española), habla de un neopuritanismo que prohíbe aquellas palabras que considera «agresivas» y las sustituye por todo un universo eufemístico, que no es más que una forma de censura. Así, las palabras más duras, más contundentes, dejan de emplearse, como también está mal visto corregir un examen con bolígrafo rojo, color agresivo donde los haya. Son teorías que defienden que el alumno es el vértice fundamental del proceso educativo, de forma que el docente queda relegado a una especie de acompañante, a un «señor de los recados», cuya autoridad ha quedado completamente diluida.

El antecedente de esta terminología ‘light’, «cursi», en palabras de Villanueva, está en las nuevas pedagogías que se empezaron a aplicar en Suecia en los años sesenta y que insisten en un mantra: el estudiante está en el centro. «Lo más sangrante del asunto es que está demostrado hasta qué punto estas corrientes traen unos resultados nefastos», lamenta el académico. La investigadora y pedagoga sueca Inger Enkvist, que es una de los voces más reputadas en el mundo de la educación, ha aportado abundante evidencia al respecto y advierte del peligro de este tipo de teorías donde la disciplina pasa a un segundo lugar.

«Ya no nos entendemos»

Esa voluntad del nuevo lenguaje de «huir del autoritarismo» también la percibe Francisco Esteban Bara, que es catedrático de Filosofía de la Educación. Sin embargo, lo que más le llama la atención es la contaminación económica, «neoliberal», de la jerga educativa con el uso de palabras como crédito, competencia, carga docente… «Los conceptos de siempre están empezando a desdibujarse. Ya no nos entendemos. Dejamos de decir lo que queríamos decir y esto genera una gran confusión», asegura. Es llamativo, dice, cómo en la LOSU (Ley Orgánica del Sistema Universitario) no aparece ni una sola vez la palabra «estudiar». «Esto va por modas. Ahora nos gusta hablar de competencias, del modelo competencial, aunque todo el mundo entendía lo que eran los contenidos. ¿Dónde estarán las competencias dentro de unos años?», se pregunta Esteban Bara. Por no hablar, termina, de las incorrecciones lingüísticas que se van asimilando: «¿Cómo que progresa adecuadamente? ¿Acaso tendría algún sentido progresar inadecuadamente?».

«Si en Europa hablan de ‘skills’ nosotros hablamos de competencias. Estamos supeditados a estamentos superiores»

En cualquier caso, no todas estas modas son nacionales. O, más bien, casi ninguna. Desde el sindicato educativo ANPE recuerdan que la mayoría de cambios en la nomenclatura vienen dados por la Unión Europea. «Si en Europa hablan de ‘skills’ nosotros hablamos de competencias. Estamos supeditados a estamentos superiores», afirma Ramón Izquierdo, su secretario. No somos los únicos con neolengua en las aulas, pero donde no se habla es en aquellos países del ‘milagro educativo’. «En Japón, en Corea… en los países asiáticos que hoy dominan, es algo que les hace reír, que les suena a chiste», refiere el teórico, filólogo y catedrático Darío Villanueva.

Pero no todo es catastrofismo. Ramón Izquierdo puntualiza que también hay muchos conceptos que nacen porque sustituyen a otros que se quedan obsoletos, que son insuficientes. «Hay palabras que cambian porque cambian las realidades, el propio paradigma», explica. Ahí está la evolución de lo que en el pasado era la «integración», que luego fue «atención a la diversidad» y ahora se empieza a llamar «interculturalidad», al entrar los estudiantes inmigrantes en la ecuación. Pero Villanueva cree, más bien, que no es más que otra derivada de la corrección política que arrancó en los campus norteamericanos y hoy lo inunda casi todo. También en las universidades de Estados Unidos se han instalado los denominados ‘safe spaces’ (espacios seguros) donde el profesor no puede emitir ninguna noción o idea que desequilibre emocionalmente a los alumnos, con lo cual la libertad de cátedra va desapareciendo.

Por último, este académico señala lo que, a su juicio, es un planteamiento de lo más absurdo y que consiste en atribuirles a las palabras responsabilidades que no tienen. Las palabras no crean realidades, sino que es exactamente al revés: las realidades existen y las palabras son epifenómenos de ellas. «Sería muy fácil arreglar el mundo, ¿no? ¿Si retiramos la palabra cáncer el cáncer desparece?», plantea. No por exterminar de los documentos oficiales las palabras «agresivas», la agresividad desaparecerá. O con la claridad quirúrgica de Villanueva: «La palabra no es responsable del mal».