Miguel Ríos (Granada, 1944) es historia del rock en español. Es más que eso: es leyenda viva. Ayer pasó por Logroño, llenó Riojafórum con ‘El último vals’ … , la gira de su último disco, y compartió con su público los éxitos de más de sesenta años en los escenarios. Aquel pionero, hoy un viejo e imbatible roquero, todavía tiene algunas cosas que decir.

– Lo primero: ¿Cómo está?

– Muy bien. Aunque, debido a una contractura terrible en el cuello, tuve que posponer el concierto anterior en Pamplona, que hemos aplazado a septiembre.

– ¿Cómo van los conciertos?

– Estoy muy satisfecho. Presentamos el último disco, ‘El último vals’, pero cantando también los grandes éxitos de mi carrera. No podía ser de otra manera. Aunque creo que es solo una excusa para volver a la carretera, que es donde me siento realizado.

– ¿Es su despedida definitiva después del ‘Bye bye, Ríos’ de hace quince años?

– No. Ya no puedo pedir el comodín de la despedida porque ya lo agoté entonces (risas). Ahora tendré que despedirme a la francesa. Un día haré mutis por el foro tranquilamente. Pero, mientras el cuerpo aguante, mientras no haya señales de agotamiento de materiales, seguiré cantando.

– ¿Qué sensación está teniendo?

– Muy placentera. Cantar tiene algo adictivo. Escuchar a la gente cantar tus canciones te da carta de naturaleza. Para eso es la música, para transmitir y compartir emociones.

– Inevitablemente ‘El último vals’ nos hace remontar a The Band. ¿Es nostalgia de los viejos buenos tiempos del rock?

– La nostalgia es un sentimiento inútil en el que te quedas enganchado y te impide seguir creciendo. Es un tentación teniendo tantos éxitos a lo largo de tantos años… Por ejemplo, recuerdo perfectamente el concierto en Las Gaunas en el 83 (‘El rock de una noche de verano’, acompañado de Leño y Luz Casal, con 12.000 espectadores en el viejo estadio). Pero en mi naturaleza no entra eso de ‘cualquier tiempo pasado fue mejor’. La memoria, en cambio, es una conciencia positiva que explica quién has sido en la vida. A mí me gusta seguir haciendo discos que tengan que ver con lo que soy ahora y con el mundo que me rodea.

– Haciendo memoria, son ¡sesenta y cinco años de carrera!

– Solo sesenta y cuatro (risas). Entré por primera vez en los estudios Philips (luego PolyGram) el 2 de enero de 1962. Yo iba con mis versiones de Elvis, de Chuck Berry, de los pioneros… Pero me dijeron que el rock había muerto y que el nuevo ritmo de moda era el twist. Así que me hicieron grabar al estilo Chubby Checker.

– ‘Mike Ríos, el rey del twist’… ¿Cómo lo ve hoy?

– Sin reparo, con una sensación de agradecimiento. Yo me tiré al oficio sin tener ni idea. Tenía una voz agradable, sí, había cantado en el colegio y a mis compañeros les gustaba cómo lo hacía. Para mí eso bastaba, esa conexión emocional con la gente. Todo lo demás fue aprender a base de prueba-error, prueba-error…

– ¿Algo de lo que arrepentirse?

– No. He tenido altibajos en mi carrera porque he probado muchas cosas. Y no solo en cuestión musical, también en cuanto a sonido, que había que inventar, puesta en escena, giras cuando no existía una industria para eso… Fue divertido, fue estupendo, pero no siempre me fue bien. ‘Rock de una noche de verano’ fue un gran éxito, en cambio ‘Rock en el ruedo’ fue un fracaso económico, una inversión imposible de amortizar aunque llenásemos las plazas. Se nos fue de las manos. Pero, ¿arrepentirme? No, para qué. Mi balance es hoy: sigo en la carretera, que es lo que me gusta, y satisfago mi necesidad de comunicar.

– Comunicar con varias generaciones, eso es extraordinario.

– Yo siento como si me hubieran dado un extra, porque esta música se pensó que era algo juvenil. Pero a aquel tipo que me dijo que el rock había muerto no le dio tiempo a ver que fue la música que cambió el siglo XX y que a la generación que tuvimos la fortuna de vivirlo nos dio una narrativa, una ideología, una actitud, una forma de ser. Nos dio libertad para no tener que ser como nuestros padres. Fue una época privilegiada que ahora parece insostenible.

– ¿Cuál diría que ha sido su principio personal y profesional para mantenerse fiel a sí mismo en este oficio siempre en venta?

– No creas que la fidelidad es lo más valorado en un cantante…

– Dicho de otro modo, ¿cuál ha sido su secreto para sobrevivir en una industria voraz con sus estrellas, a menudo tan fugaces?

– Yo me he mantenido en esto porque me ha gustado el oficio, me ha parecido lo mejor que me podía pasar. El secreto no es otro que amar el rocanrol y sentirlo como un estilo de vida.

– Después de tantos años, ¿cómo recuerda a aquel chico de Granada fascinado por Elvis?

– Yo tuve mucha suerte. Al terminar Primaria no podía seguir estudiando por motivos económicos (era el menor de nueve hijos de una familia de clase humilde) y me puse a trabajar. Tuve la suerte de entrar en unos grandes almacenes como aprendiz y ser destinado a la sección de discos, que era una cosa en expansión, porque era el que más sabía de música en la tienda. A mí la música me emocionaba desde el colegio y conocía lo más moderno, que solo se escuchaba en aquellos jukebox de los billares cuando todavía no sonaba ni en la radio. Me di cuenta de que aquellos cantantes tenían más o menos mi edad: Elvis tenía ocho años más, pero El Dúo Dinámico tenían solo dos o tres más, Enrique Guzmán, de Los Teen Tops, tenía uno más… Así que pensé, ¿por qué no yo?

– Y no tuvo duda, el rock fue su única opción.

– Claro, la ideología musical me la dio escuchar todo aquello en aquel momento de mi vida. Y, sin tener ni idea de lo que decían las canciones de Fats Dominó, por ejemplo, a mí aquella música me llegaba. Era un entendimiento emocional de arriba abajo.

– Pero el rock and roll entonces era solo una moda juvenil.

– Eso dijeron, que era un movimiento oportunista, un baile más que pasaría cuando llegase otro baile nuevo. Yo mismo tardé en comprender qué estaba sucediendo. No lo entendí hasta que viajé con el ‘Himno a la alegría’ y en Los Ángeles coincidí con músicos como Leon Rusell, Chris Stainton, Scott McKenzie, los Mamas & the Papas… Ahí sí sentí que aquello era un movimiento político imparable claramente posicionado contra el ‘stablishment’ de una sociedad, como la norteamericana, muy pacata y conservadora.

– ¿Y en España?

– Yo tenía que pelearme para meter rocanrol en mis canciones. La industria no lo veía. Afortunadamente salieron los Beatles y pudimos hacer versiones comercialmente más asequibles que la triada de los grandes Chuck Berry, Little Richard y Elvis Presley.

– Pero aquellas Matinales del Circo Price fueron muy populares.

– Aquello fue una primavera de permisividad hasta que el régimen se asustó de ver tanta gente joven bailando y dio el carpetazo.

Despedida

«Un día haré mutis por el foro, pero, mientras el cuerpo aguante, seguiré cantando»

Rock Actitud

«El rock nos dio libertad. Fue una época privilegiada que ahora parece insostenible»

– El rock ha terminado siendo una manifestación de la cultura popular a nivel mundial. ¿Qué significa para usted?

– Eso mismo: es mi cultura, es mi identidad. La pena es que ahora la Meca del rock se haya prostituido tanto en cuanto al mensaje político de aquella libertad.

– ¿Qué siente al ver a Estados Unidos persiguiendo la multiculturalidad que levantó aquel país, una cultura mestiza de la cual el rock es parte fundamental?

– Es el fascismo. Es muy distópico lo que está sucediendo, cuando lo que perseguíamos era alcanzar la utopía de la libertad del ser humano. Pero en Estados Unidos también reside la supervivencia del rock como contestación. Es emocionante ver a Bruce o a gente como Green Day que mantienen una lucha beligerante contra el sistema impuesto por este hombre nefasto que es el sherif Trump. Lo malo es que no sucede nada, que no estalla la revolución de la gente contra ese régimen que recuerda al auge del nazismo y del fascismo hace un siglo.

– Usted, que siempre ha sido puente con el rock de América Latina, ¿qué opina de que el reguetón eclipse todo lo demás?

– Es contradictorio, porque Latinoamérica tiene una riqueza musical infinita. Pienso en viejos grupos brasileños como Paralamas do Sucesso o músicos como Ney Matogrosso, gente con estilo propio teñido por el rock. Me recuerdan al ‘Omega’ de Enrique Morente y Lagartija Nick. El mestizaje era algo de lo que hablaba mucho con Jesús de la Rosa; aquellos discos de Triana suenan todavía como Rob Flynn. No ha pasado ni un minuto por esa música. Pero ahora, no diré que hay un abaratamiento, pero sí un mensaje de usar y tirar que viene muy bien a la industria. Aunque admito que hay grandes músicos, como Bad Bunny y gente como Fania All-Stars que han mantenido su identidad. Respeto todos los géneros, sobre todo cuando emocionan a la gente.

– ¿Qué le emociona a usted?

– A mí, los tres acordes básicos del rock. Pero puedo escuchar sin ningún rubor a Rosalía. La música hay que mirarla sin orejeras.

– Cantautor de rock es una etiqueta rara, ¿no?

– Bueno, sirve para Dylan, Bruce, Jackson Browne o para Sabina, por ejemplo. Precisamente, lo que distingue el rock del rocanrol es llegar a la emocionalidad, no solo de cintura para abajo, sino también a las neuronas. La palabra cantautor está injustamente denostada porque se cree que los cantautores son aburridos, pero escucha a James Taylor o a Serrat, son monumentales… En cuanto a mí, prefiero una buena canción de otro que una mala mía. Yo soy cantante de rock, a secas.

– Aún compone temas social y políticamente comprometidos.

– Del último disco, estoy muy orgulloso de ‘La buena orilla’, por ejemplo, que habla sobre el fascismo que rechaza a los migrantes; o de ‘¡No es la Tierra, estúpido, eres tú!, que describe una preocupación ecologista sobre las consecuencias del capitalismo salvaje para el planeta y para el ser humano. Es lo que está pasando.

Su secreto

«El secreto no es otro que amar el rocanrol y sentirlo como un estilo de vida»

Militancia

«Sigo teniendo conciencia de clase. Mi militancia es ser sensible a las desigualdades»

– ¿Eso no es militancia?

– Eso es que sigo teniendo conciencia de clase. Hay una clase dominante con una ambición desmedida y yo honestamente me siento obligado a cantar contra eso. Nunca he tenido otro carnet que el de identidad, pero esa es mi militancia, ser sensible a las desigualdades. Se decía que contra Franco se cantaba mejor (risas)… Lamentablemente, ahora el mundo vuelve a ser muy cantable.

– ¿Es pesimista sobre el futuro?

– No, soy viejo. Y eso es cojonudo para poder decir lo que piensas.

– ¿Cree que la música puede cambiar el mundo?

– No el mundo, aunque quizás sí a las personas. Solo las personas pueden cambiarlo votando.

– ¿Dónde debería sonar hoy el ‘Himno a la alegría’?

– Desde Logroño a cualquier otra ciudad, el ‘Himno a la alegría’ es también oda a la libertad y hoy es más necesario que nunca. Vuelve a ser una canción revolucionaria.