Nunca se dedicó a la fotografía de forma profesional, pero la cámara fue siempre su compañera de vida. A los 93 años, con más problemas de movilidad de los que le gustaría, pero la mente ágil, la cambió por el móvil, donde sigue acumulando miradas propias que intercambia con su hijo. «Él sí es buen fotógrafo, aficionado también», dice, restándose importancia. Pero el begontés Félix Corredoyra tiene el tiempo capturado en más de 4.000 imágenes, un enorme archivo personal que cuenta la historia de mucha gente, también de muchos lugares, sobre todo de sus raíces, a donde volvió hace 25 años tras jubilarse.

«Begonte es mi recuerdo, mi vida, el sitio donde nací», dice Félix, frente a un café en el bar Cereixo. Su pequeña patria, el lugar donde arrancan todos los días. Habla despacio, cierra los ojos para retroceder al pasado. Su cerebro está entrenado para pensar en imágenes. Casi pueden verse pasando por detrás de sus párpados. 

Nació en 1933 en Begonte aunque su DNI pone A Coruña. Vivían en la ciudad herculina pero la partera, su abuela, estaba en Riocaldo. Su padre era mienbro del Cuerpo de Asalto, la policía de la República, y su trabajo los llevó de un lado a otro, pero nunca olvidaron Begonte. «Veníamos todos los años, nunca me fui del todo y siempre supe que iba a volver», dice. 

Y habla del niño que vivió el inicio de la guerra en Pontevedra —»cuando estalló se empezaron a cerrar puertas y ventanas y pasaban aviones»—, del que pasó los años más oscuros del país en Bilbao y del que se instaló en Barcelona cuando acabó la contienda. Allí, estudió en la Escuela de Altos Estudios Mercantiles, empezó a trabajar en el Banco de Aragón y comenzó su amor por la cámara.

Trayectoria: una empresa de decoración y un restaurante 

Nunca se planteó seguir los pasos de sus padre —»él tampoco quería», dice— pero sí trató de volver, como él, que fue durante años jefe de la Policía en Lugo, «cuando estaba en Obispo Aguirre, frente al Círculo de las Artes«, y concejal en Begonte.

Pero aunque cambió al Banco Hispanoamericano para tratar de lograrlo, no lo consiguió. La vida laboral lo llevó por otros caminos, no de vuelta. «No me trasladaban y una empresa de artes y decoración me ofreció trabajo y me fui», dice, y habla de un periplo que lo llevó a crear su propia empresa, de importación y exportación de materiales de decoración con cinco empleados, y a abrir un restaurante, Antoxo.  

Los inicios de la fotografía

Las mallas. FÉLIX CORREDOYRA
Las mallas. FÉLIX CORREDOYRA

«En Barcelona tenía un amigo, José Ríos, que hacía fotografía y me aficionó», dice. Desde aquel momento la cámara se convirtió en una prolongación de su cuerpo, igual que su coleta. «Empecé con 18 años y he tenido todo tipo de máquinas, mi favorita fue una Hasselblad, pero nunca revelé», explica mientras habla del paso del mundo analógico al digital

«La fotografía empezó como una distracción y es una memoria», dice, y repasa las mallas de Begonte, la instalación del caneiro en el club fluvial, las lagunas de Pozo do Ollo, las obras del medidor de los caudales, la restauración de la casa de la cultura, la cámara agraria, en la que su padre llegó a ser presidente, un Carnaval con los Reyes en carro o la documentación de obras con otro begontés: un molino de Taramundi, el castillo de Moeche… Podría estar horas así. 

La construcción de la cámara agraria. FÉLIX CORREDOYRA
La construcción de la cámara agraria. FÉLIX CORREDOYRA

«Tengo un aparato que me regaló mi hijo para escanear las fotos, para pasar los clichés, que hay sacos, a digital. Son muchas, miles y miles», dice. No tiene pretensiones: ni exposición, ni publicar. «Serán todas para mi hijo». Su mirada, una memoria de todos.

Los Reyes Magos en carro en Begonte. FÉLIX CORREDOYRA
Los Reyes Magos en carro en Begonte. FÉLIX CORREDOYRA