Jorge Urruchi aprendió a caminar entre botes de pintura por el trabajo de su padre y pasó miles de horas jugando con las maquetas que … éste le hacía, auténticas obras de arte en miniatura con material reciclado. De su progenitor ha heredado la profesión de la brocha gorda con la que ambos se ganan la vida y un talento descomunal, que en el menor de la familia acaba de despertar del letargo en el que le sumergió durante muchos años.
Aquel niño que asombraba a los profesores por su capacidad para dibujar, hizo pagar los platos rotos de su rebeldía juvenil a la que era su gran pasión, hasta que en la pandemia decidió reconciliarse con el pincel. En su caso con el boli Pilot, porque muchas de sus obras están hechas en blanco y negro con un trazo tan natural como preciso.
Aunque la experiencia le ha dado más herramientas y técnicas para canalizar su creatividad, Jorge no ha perdido la esencia de cuando llenaba decenas de cuadernos en su etapa colegial. «Daba igual la asignatura que tocara en clase, para mí siempre era la de dibujo porque me la pasaba haciendo garabatos en los libros», asegura entre risas este mirandés, ya treintañero, que prefiere los viejos rotuladores a las acuarelas, el folio al óleo y la tinta china antes que un caballete. En definitiva, sus armas como artista son todo lo que puede encontrarse en el estuche de cualquier alumno del instituto. Y es que Jorge conserva en sus ojos el brillo de quien regalaba a sus amigos de clase bocetos de Goku.
Una lámina hecha hace muy poco, con Hulk, Spiderman y el Capitán América como protagonistas, son el mejor ejemplo de que los años le han dado poso pero no le han hecho perder el gusto por la fantasía ni cambiar de estilo, siempre a caballo entre el dibujo y la pintura. «No me llama mucho el arte realista», confiesa, quizá porque precisamente entre las cuartillas encuentra su forma de evadirse totalmente del mundo cotidiano.
Alguien que trabaja como pintor de obra, debería querer desconectar cuando acaba su jornada. Pero Jorge es feliz con las manos embadurnadas, ya sea dando forma a su última idea en papel o dejando que fluya su creatividad en el techo de casa. «Mi padre también se la pasaba dibujando y decorando las paredes del piso», asegura este artista que tiene claro quién es su referente. Cada poco tiempo, sale a relucir su nombre, porque mientras otros buscan ejemplos a los que seguir en los museos más famosos del mundo, Jorge admira a Ángel, su padre, capaz de construir un poblado del Oeste con palillos o recrear en una botella la cara de una mascota. «Es un genio y siempre me he fijado mucho en lo que hace, pero me falta su paciencia para algunos trabajos más finos. Tampoco he tenido nunca la constancia de ir a cursos que me hubieran ayudado a perfeccionar la técnica. Mil veces me dijeron que estudiara Bellas Artes, pero todo lo que he aprendido ha sido por mi cuenta», confiesa.
En una ciudad en la que hay personas con un enorme talento pero que carece de circuito, los artistas están condenados a exponer en bares. Jorge ha encontrado en El Esperpento la oportunidad de que mucha gente que le conoce pero que ignora su cara oculta, pueda ver de lo que son capaces sus manos. Hasta ahora han sido los cómics su principal fuente de inspiración pero en su inquieta mente ya afloran otros desafíos. Una colección de planetas hecha con spray ha irrumpìdo con fuerza mientras intenta sacarse una espinita artística, aprender a mejorar la tipografía. «Últimamente miro mucho los grafitis, pero no con la intención de pasarme a ese mundo, sino porque me llama mucho la atención las letras que usan», asegura. A largo plazo, un sueño que en su momento parecía irrealizable y al que cada vez se acerca más, es ilustrar un cómic, como esos que durante tantos años han marcado su vida. Seguro que lo logra.